El Consejo volvió a llamarlos, esta vez con mirada reflexiva.
Pasaron tres días y el Consejo volvió a reunirse. Esta vez no convocaron a Yuki sola. Mandaron a buscar también a Milori, aunque apenas podía caminar. Cuando entró apoyado en el brazo de su hija, el silencio se apoderó del salón. Su semblante estaba pálido, sus alas perdían brillo y fuerza. Se veía claramente que alejado de su mundo se consumía poco a poco.
Se sentaron frente a las ancianas, y esta vez no hubo preguntas ni reproches al principio. La voz más anciana habló con tono distinto, más reflexivo:
—Hemos visto lo que nuestra sentencia ha causado. Lo que creímos justo ha resultado cruel. Lejos de su mundo, él se apaga. Y con él, se apaga también la alegría de quienes lo aman. ¿Es esto lo que las leyes buscaban? ¿Destruir en lugar de proteger?
Milori intentó incorporarse y habló con voz débil pero firme:
—No pido que cambiéis las leyes de un día para otro. Solo pido que entendáis algo: la frontera no existe para separar corazones. Existe para cuidar el equilibrio de los mundos. Y yo… jamás he roto ese equilibrio. He respetado cada estación, cada límite, cada norma… hasta que el amor me llevó a conocerla. Y aun así… nunca he dañado nada.
Miró a las ancianas y añadió con serenidad:
—Si me devolvéis a mi hogar, respetaré la frontera. No la cruzaré sin permiso. Pero permitid que mi hija pueda verme. Permitid que ella sea el puente. Porque ella no rompe nada. Ella nos une.
Y escucharon que quizás las leyes no eran tan perfectas como creían.