Las ancianas propusieron un camino nuevo, aunque aún limitado.
Las ancianas conversaron entre sí en voz baja, debatiendo, dudando, sopesando cada palabra. Al fin se pusieron de pie y la portavoz pronunció su decisión:
—Hemos decidido revisar la sentencia. Te permitiremos regresar a tu bosque. Tu salud y tu vida pertenecen a tu mundo. Pero habrá condiciones.
Miraron a Yuki y luego a ambos padres:
—Yuki podrá ir y venir entre ambos lados respetando siempre su tiempo: veinte días en cada mundo, sin excederse. Tú, Milori, no cruzarás la frontera sin autorización. Yuki será quien lleve los mensajes, quien los una. Nadie más sabrá quién es su padre. El secreto se mantiene… hasta que el mundo esté listo para conocerlo.
Yuki sintió alivio recorrerle el cuerpo, pero también pena. Podrían verse, sí. Pero él volvería a su lado del bosque, y ella al suyo. Seguirían separados por una línea que solo ella podría cruzar. Sin embargo, era mejor que perderlo para siempre.
—Aceptamos —dijo Milori tras un instante de silencio—. Con tal de que ella pueda verme y yo pueda saber que está bien… aceptamos.
Yuki asintió con lágrimas en los ojos. No era la libertad total que soñaba, pero era esperanza. Era un camino. Y algún día… quizás… podrían recorrerlo juntos sin barreras.
Y aceptaron, porque cualquier puerta abierta era esperanza.