Así pasaron los meses, entre despedidas y regresos llenos de amor.
Los meses pasaron y la nueva rutina se instaló en sus vidas. Yuki cumplía su tiempo en cada lugar con exactitud. Veinte días en el prado, ayudando a su madre, conviviendo con las demás hadas que ahora la miraban con respeto y silencio. Veinte días en el bosque, caminando junto a su padre, viéndolo recuperar poco a poco sus fuerzas, observando juntos la flor dorada que seguía floreciendo entre la nieve, hermosa y fuerte como siempre.
Nadie más sabía la verdad. El secreto seguía guardado. Pero ya no pesaba como antes. Ya no era una carga de miedo. Era un tesoro que compartían, un lazo que los unía más allá de cualquier distancia.
Una tarde, sentados junto a la flor, Milori le dijo mirándola con orgullo:
—Hemos aprendido algo importante. No necesitamos vivir en el mismo lugar para estar unidos. Lo que nos une no se rompe por una línea ni por el tiempo. Lo llevas aquí —señaló su pecho—. Y yo lo llevo en el mío. Eso… nadie podrá separarlo jamás.
Yuki miró la flor y luego a su padre. Comprendió que aquel tiempo de separación, aunque doloroso, los había fortalecido. Habían aprendido a valorar cada instante juntos. A confiar en la promesa del regreso. A saber que el amor verdadero no necesita verse siempre para estar vivo… solo necesita ser fiel a sí mismo.
—Algún día —susurró ella mirando hacia la frontera—, ya no habrá líneas. Ya no habrá esperas. Caminaremos juntos por donde queramos. Y nadie nos dirá qué podemos amar y qué no.
Milori la miró y asintió despacio.
—Algún día. Mientras tanto… seguiremos esperando. Y amando. Y floreciendo. Igual que ella.
Y aprendieron que lo que los une no se rompe por ninguna línea.