Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 56 — Las semillas que viajan

Yuki empezó a llevar de un lado a otro algo más que palabras.

Con el paso de las estaciones, Yuki encontró una forma de llevar un mundo al otro. Cada vez que cruzaba la frontera, llevaba consigo pequeñas semillas del prado cálido, escondidas con cuidado entre sus manos, y las plantaba junto al arroyo donde crecía la flor dorada. Al regresar al lado cálido, traía semillas del bosque de invierno, de aquellas que florecían bajo la escarcha y resistían los vientos más fríos.

Al principio temió que no sobrevivieran. Que cada semilla pertenecía a un lugar y no podía vivir en otro. Pero sucedió algo maravilloso. Las semillas del prado brotaron en la tierra nevada con tallos más fuertes y pétalos más gruesos, como si hubieran aprendido a protegerse sin perder su belleza. Y las del invierno, en el prado, florecieron con colores más vivos y brillantes, agradecidas por la luz que no siempre llegaba al bosque.

—Mira, papá —le dijo una tarde señalando aquel pequeño jardín que crecía junto al refugio—. Ninguna ha muerto. Ninguna se ha marchitado. Han aprendido a vivir donde nadie creía que podrían.

Milori las observaba con asombro y una sonrisa suave.

—Porque llevan en sí la vida, no solo el lugar —respondió él sentándose a su lado—. El lugar solo ayuda. Pero lo que una cosa es de verdad… eso nadie lo cambia. Estas semillas no han dejado de ser lo que eran. Simplemente… han crecido más fuertes. Igual que tú. Igual que nosotros.

Yuki miró las flores y comprendió. Su existencia no era un error ni algo prohibido. Era algo nuevo. Algo que llevaba lo mejor de cada mundo y aprendía a florecer donde fuera. Y si las flores podían hacerlo… ¿por qué no podían ellos también?

Y demostró que lo diferente también puede florecer en tierra ajena.




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