Milori le recordó entonces que las flores no piden permiso para nacer.
Esa noche, Yuki se quedó en el bosque junto a su padre. Le contó lo ocurrido en la frontera, las palabras de las guardianas, el miedo que parecía renacer en los corazones de quienes no comprendían lo que ella era. Milori la escuchó en silencio, mirando el pequeño jardín que habían creado juntos. Cuando ella terminó, él se inclinó y acarició suavemente los pétalos de una flor que había nacido del prado y florecía ahora entre la nieve.
—Mira ella —le dijo con voz serena—. Nadie creyó que podría vivir aquí. Nadie le dio permiso ni le explicó cómo hacerlo. Simplemente… echó raíces. Y floreció. Sin pedir perdón por ser distinta. Sin avergonzarse de crecer donde todos decían que no debía.
Se volvió hacia ella y le tomó ambas manos entre las suyas.
—No intentes convencer a quienes tienen miedo. El miedo no escucha razones. El miedo necesita tiempo para entender. Tú… sigue floreciendo. Sigue siendo tú. Y con el tiempo, quizás… algunos empezarán a ver que lo que temían no era peligro, sino algo que aún no conocían.
Yuki miró las flores y luego miró a su padre. Sintió que sus palabras eran como el agua fresca que calmaba la sed. No necesitaba que todos la entendieran. Solo necesitaba mantenerse fiel a sí misma. Seguir su camino. Cuidar lo que amaba. Y confiar en que la verdad, como aquellas flores, se abriría paso aunque nadie se lo facilitara.
—Floreceré —prometió ella en voz baja—. Donde me pongan. Aunque digan que no debo. Aunque miren con desconfianza. Floreceré. Porque soy vida. Y la vida… siempre encuentra su camino.
Y ella entendió que solo debía seguir siendo fiel a sí misma.