Al verla regresar sana y firme, hasta las más duras empezaron a dudar.
Cuando terminaron los veinte días, Yuki regresó al centro del prado. Las guardianas la siguieron en silencio, asombradas, sin saber qué decir. Las ancianas del Consejo la miraron largo rato, confundidas, sin encontrar en ella nada de lo que temían. No había caos a su alrededor. No había destrucción. Solo vida.
—Has sobrevivido —dijo la portavoz al fin, con voz que ya no era severa sino reflexiva—. Donde todo debía romperse… tú has florecido.
—No rompo el equilibrio —respondió Yuki con calma—. Soy equilibrio. Porque llevo ambos mundos en mí. Y cuando me aceptan tal como soy… no hay peligro. Hay vida.
Hubo un silencio largo. Luego, una de las ancianas más duras dio un paso atrás y asintió despacio.
—Quizás… hemos temido lo que no comprendíamos. Quizás la frontera no debe ser para siempre. Quizás… solo quizás… llegó el momento de empezar a aprender.
No hubo anuncios grandiosos ni leyes cambiadas de golpe. Pero desde aquel día, algo cambió. Las puertas se abrieron un poco. Se permitió que algunos del bosque vinieran al prado, y algunos del prado pudieran acercarse al bosque. No todos. No siempre. Pero por primera vez… la frontera dejó de ser un muro infranqueable. Se convirtió en un límite que podía cruzarse. En un paso que daba esperanza.
Yuki miró hacia donde se encontraban sus padres, uno a cada lado, viéndose por primera vez sin temor ni castigo. Y supo que el camino aún era largo. Que muchos seguían sin entender. Pero también supo que había empezado. Que la verdad había abierto una pequeña brecha. Y que con el tiempo… la luz terminaría entrando por completo.
Y una pequeña puerta se abrió donde antes había un muro.