Llevó a sus padres al lugar donde todo había comenzado.
Una tarde, Yuki llevó a su padre y a su madre hasta aquel rincón escondido donde todo había comenzado. Allí, junto al arroyo, crecía la pequeña flor dorada que habían plantado juntos. Brillaba con luz más intensa que nunca, rodeada de otras flores que habían brotado a su alrededor, cada una distinta, cada una hermosa, viviendo donde decían que no podían vivir.
Milori la miró y luego miró a su hija, con los ojos llenos de una emoción que apenas lograba contener.
—Ella ha florecido —dijo él señalando el jardín—. Y nosotros… nosotros también. Aunque nos costó lágrimas y esperas. Aunque tuvimos que ocultarnos y callar. Al final… también hemos florecido.
Clarion le tomó la mano y la apretó con suavidad.
—Gracias a ella —dijo mirando a Yuki—. Gracias a su valentía, a su paciencia, a su amor. Ella ha hecho lo que nosotros no pudimos. Ha unido lo que parecía imposible.
Yuki miró a sus padres, uno a cada lado, y luego miró la flor. Comprendió entonces que aquella pequeña semilla había sido algo más que una planta. Había sido su promesa. Su señal. La prueba de que el amor, cuando es verdadero y puro, encuentra la forma de echar raíces incluso donde todos dicen que no puede haber vida. Y mientras aquella flor siguiera abriendo sus pétalos entre la nieve… su amor, su familia, su verdad… seguirían vivos.
—No he hecho nada extraordinario —respondió ella con voz tranquila—. Solo he sido yo. Solo he amado. Y eso… cualquiera puede hacerlo. Si se atreve.
Y vieron juntos que el amor verdadero siempre echa raíces.