Aquel día, por primera vez, estuvieron los tres sin ocultarse.
Llegó el primer día en que pudieron encontrarse sin sombras, sin miedo, sin ocultarse. Se acordó al mediodía, justo en la línea que separaba los mundos, donde el sol caía parejo sobre el pasto verde y la nieve blanca. Allí estaban los tres: Milori, del lado del invierno; Clarion, del lado cálido; y entre ambos, Yuki, que los tomó de las manos y los unió.
Nadie les prohibió estar juntos. Nadie los vigilaba con desconfianza. Algunos miraban desde lejos, sí, pero no con ira ni con temor. Lo hacían con asombro, como si empezaran a comprender que aquello que tanto tiempo prohibieron no era peligroso, sino hermoso.
Caminaron juntos unos pasos, justo donde ambos mundos se tocaban. Milori sintió el calor del sol sin debilitarse. Clarion tocó la nieve sin que le hiciera daño. Y Yuki, entre ellos, sintió por fin que su corazón descansaba. Que no tenía que elegir. Que no tenía que separarse de ninguno. Que por primera vez… eran familia de verdad.
—Jamás creí que vería este día —dijo Milori en voz baja, mirando a Clarion y luego a Yuki, con los ojos brillantes de emoción—. Jamás creí que podríamos estar así, sin miedo a que nos separen.
—Lo hemos logrado juntos —respondió Clarion apretando su mano—. Gracias a ella. Gracias a su paciencia, a su valentía, a su amor. Ella ha abierto el camino que nosotros no nos atrevimos a recorrer.
Yuki los miró a ambos y sintió que la alegría le llenaba el pecho hasta casi doler. No era la libertad completa que algún día soñó, sí. Pero era un comienzo. Era luz tras la larga oscuridad. Era la prueba de que el amor, cuando es verdadero y se mantiene firme, termina por abrir incluso las puertas más cerradas.
—Aún no podemos caminar por donde queramos —dijo ella suavemente—. Pero ya podemos caminar juntos. Y eso… es más de lo que teníamos. Y algún día… cruzaremos juntos. Sin fronteras que nos detengan.
Y sintieron que por fin, su corazón descansaba en paz.