"Pasaron los años y el mundo entero empezó a cambiar."
Pasaron los años. Las leyes antiguas se transformaron poco a poco, no por fuerza ni por imposición, sino porque el corazón de las hadas empezó a cambiar. La frontera, aquella línea que durante tanto tiempo pareció infranqueable, se convirtió al final en un camino amplio y abierto. Nadie lo prohibió. Nadie lo ordenó. Simplemente… dejaron de tener miedo.
Yuki vivió libre, caminando entre ambos mundos sin límites ni tiempos. Se convirtió en la guardiana de aquel lugar donde el calor y el frío se abrazaban, enseñando a las nuevas generaciones que lo diferente no es peligroso, sino hermoso. Que amar no rompe el orden. Que unir no destruye.
Y en aquel rincón escondido donde todo comenzó, junto al arroyo que siempre corría libre, creció un jardín inmenso y maravilloso. Flores de todos los colores y formas, de ambos mundos, floreciendo juntas, mezcladas, sin separación. Y en el centro de todo, brillando más que ninguna, estaba ella: la pequeña flor dorada, primera de todas, símbolo de que el amor verdadero siempre encuentra la forma de florecer.
Allí, junto a ella, se reunían siempre los tres. Milori, que había regresado a su lado para no separarse jamás. Clarion, que gobernó con sabiduría y amor hasta que el mundo entero aprendió a unirse. Y Yuki… su hija, su puente, su milagro. Aquella que había nacido de dos mundos y que al final… había logrado que fueran uno solo.
Y así, la historia de amor que empezó en secreto terminó siendo la luz que guió a muchos. Porque demostró que ninguna ley, ninguna barrera, ningún miedo… puede detener lo que está destinado a ser. Que el amor, cuando es verdadero y valiente… siempre florece. Para siempre.
«Y así, el amor que nació en secreto se convirtió en luz para todos. Porque el amor verdadero, cuando es valiente y puro… siempre florece. Para siempre.»
FIN
Frase final del libro:
«Donde el amor pone su huella, nace la vida más bella; y donde hay amor verdadero, florece siempre lo eterno.»