Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo treinta y siete ♡

³⁷

Los días empezaron a pasar con una naturalidad que ninguno de los dos había planeado.

Ya no hacía falta buscar una excusa para verse.

A veces me esperaba a la salida del trabajo.

Otras veces era yo la que aparecía con dos cafés y un "estaba cerca", aunque hubiera caminado diez cuadras de más.

No hablábamos de volver.

No hablábamos de nosotros.

Simplemente...

nos encontrábamos.

Y alcanzaba.

—¿Qué hacés el sábado?

preguntó Dyl mientras manejaba.

Miré por la ventana.

—Nada, creo.

—Mateo quiere hacer un asado en la casa.

Lucas dijo que iba.

Tayler también.

Jaz confirmó hace un rato.

Sonreí.

—¿Asado o excusa para comer y molestar a Mateo?

—Las dos.

Me reí.

—Entonces voy.

Él sonrió de costado.

—Sabía.

La tarde llegó con ese olor a carbón que siempre anunciaba una reunión entre amigos.

Mateo ya estaba peleándose con la parrilla.

Lucas juraba que él sabía más.

Y Tayler, como buen espectador, daba consejos que nadie le había pedido.

—¡No le pongas tanta sal!

—¡Callate y alcanzame el carbón!

Las risas iban de un lado al otro del patio.

Jaz apareció con una bandeja llena de vasos.

—Ali, vení a ayudarme.

Entramos a la cocina.

Mientras acomodábamos las cosas, me miró de reojo.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Hasta cuándo van a hacerse los distraídos?

Suspiré.

—No nos estamos haciendo los distraídos.

—Ajá.

Abrí una gaseosa.

—Las cosas están bien así.

Jaz apoyó los codos sobre la mesada.

—¿Estás segura?

No respondí enseguida.

Porque la verdad...

no lo sabía.

Más tarde, cuando ya había oscurecido, el patio quedó iluminado solo por unas guirnaldas de luces amarillas.

La música sonaba bajita.

Mateo contaba una historia exagerada.

Todos se reían.

Yo me alejé unos metros para buscar un poco de aire.

Apoyé los brazos sobre el alambrado del fondo.

Escuché pasos.

No hacía falta darme vuelta.

Sabía quién era.

—¿Te escapaste?

preguntó Dyl.

—Cinco minutos.

Como siempre.

Se apoyó a mi lado.

Los dos miramos el mismo cielo.

Había pocas estrellas.

Pero las suficientes.

Pasaron varios segundos sin hablar.

Hasta que él rompió el silencio.

—Me gusta verte así.

Lo miré.

—¿Así cómo?

—Tranquila.

Sonreí apenas.

—A mí también me gusta estar tranquila.

Volví la vista al frente.

El viento movía apenas las ramas de los árboles.

No sé por qué...

pero sentí la necesidad de decir algo que nunca le había contado a nadie.

—¿Sabés qué me pasa a veces?

Él esperó.

Como siempre.

—¿Qué?

Jugué con la pulsera que me había regalado.

Girándola una y otra vez alrededor de la muñeca.

—Me da miedo acostumbrarme demasiado.

Él frunció apenas el ceño.

No entendía.

Ni yo estaba segura de entenderme.

Suspiré.

—Cuando algo me hace muy feliz...

empiezo a pensar que en algún momento se va a terminar.

Y entonces...

es como si una parte de mí quisiera salir corriendo antes de que eso pase.

Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.

No había enojo.

Ni tristeza.

Solo una sinceridad que me daba un poco de vergüenza.

Dyl tardó unos segundos en responder.

—¿Eso te pasó con nosotros?

Sentí un nudo en la garganta.

Asentí muy despacio.

—Sí.

El silencio volvió.

Esta vez más pesado.

Pensé que iba a enojarse.

O a preguntarme por qué.

Pero hizo algo completamente distinto.

Se acercó apenas.

Lo suficiente para que nuestros hombros se tocaran.

—Gracias por decírmelo.

Lo miré sorprendida.

—¿Eso es todo?

Sonrió con esa calma que a veces me desesperaba.

—¿Qué querés que haga?

¿Pelearme con un miedo?

No supe qué contestar.

Él siguió mirando hacia adelante.

—No puedo prometerte que nunca va a pasar nada malo.

Sería mentira.

Pero sí puedo hacer una cosa.

Giré apenas la cabeza.

—¿Cuál?

Me miró.

Directo a los ojos.

—Quedarme el tiempo suficiente para que un día ese miedo deje de decidir por vos.

Sentí que el pecho se me aflojaba.

No porque el miedo hubiera desaparecido.

Sino porque, por primera vez...

alguien no estaba intentando convencerme de que no lo sintiera.

Solo estaba dispuesto a caminar conmigo mientras existiera.

Sin pensar demasiado, busqué su mano.

Él entrelazó los dedos con los míos.

Esta vez no hizo falta preguntar.

Ya sabíamos cómo se sentía.

Detrás de nosotros, la voz de Mateo rompió el momento.

—¡Che! ¡Los que desaparecen tienen que lavar los platos!

Lucas levantó el vaso.

—¡Es la regla!

Me largué a reír.

Dyl negó con la cabeza.

—Nos encontraron.

—Siempre nos encuentran.

Volvimos caminando hacia el grupo.

Con las manos todavía unidas.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí ganas de soltarlas.




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