Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo treinta y ocho ♡

³⁸

Pasó una semana.

No hubo grandes conversaciones.

Ni promesas.

Ni preguntas incómodas.

Solo días.

De esos que, sin darte cuenta, empiezan a parecerse entre sí.

El lunes desayunamos juntos antes de ir a trabajar.

El miércoles me pasó a buscar porque "le quedaba de camino".

Mentira.

Nunca le quedaba de camino.

El viernes terminamos cenando en mi departamento porque había pedido comida de más.

Y el domingo...

el domingo apareció con una bolsa de supermercado y dijo:

—Compré helado.

Lo dijo como si fuera la cosa más normal del mundo.

Como si siempre hubiera hecho eso.

—Elegiste el gusto que odio.

Le dije apenas abrí la tapa.

—No.

Elegí el que decís que odiás y después te terminás comiendo igual.

Lo miré.

—Me conocés demasiado.

Sonrió.

—Un poco.

Terminamos sentados en el piso del living, mirando una película que ninguno estaba prestando atención.

Cada tanto comentábamos una escena.

Cada tanto discutíamos por una pavada.

Cada tanto alguno le robaba una cucharada de helado al otro.

Era ridículo.

Y, al mismo tiempo...

era increíblemente fácil.

Cuando la película terminó ya era tarde.

Dyl se puso de pie y estiró los brazos.

—Bueno...

Será mejor que me vaya.

Asentí.

Lo acompañé hasta la puerta.

Se puso la campera.

Buscó las llaves del auto en el bolsillo.

No las encontró.

Frunció el ceño.

—Pará...

Se revisó el otro bolsillo.

Después el de atrás.

Nada.

Los dos empezamos a buscar.

Entre los almohadones.

En la cocina.

Sobre la mesa.

Hasta que vi un brillo metálico al lado del sillón.

—Acá están.

Las levanté.

Él extendió la mano para agarrarlas.

Pero me quedé mirándolas un segundo más.

Era una llave.

Nada más.

Y, sin embargo...

me hizo acordar a otra.

A la que había dejado sobre la mesa el día que me fui de nuestro departamento.

La que devolví sin mirar atrás.

Sentí un nudo en el estómago.

Él notó que me había quedado quieta.

—¿Al?

Le alcancé las llaves enseguida.

—Perdón... me colgué.

No preguntó por qué.

Solo las guardó en el bolsillo.

Abrió la puerta.

El aire frío de la noche entró de golpe.

—Gracias por la cena.

—Gracias por el helado.

Sonrió.

Empezó a bajar el primer escalón.

Y, de pronto, me salió una pregunta antes de poder pensarla.

—¿Dyl?

Se dio vuelta.

—¿Sí?

Me mordí el labio.

No estaba segura de querer decirlo.

Pero ya era tarde.

—¿Nunca pensaste en... darme otra llave?

El silencio fue inmediato.

No incómodo.

Sorprendido.

Él no respondió enseguida.

Bajó la vista.

Después volvió a levantarla.

—Pensé muchas veces.

Mi corazón empezó a latir más fuerte.

—¿Y?

Sonrió apenas.

Con una mezcla rara de ilusión y prudencia.

—Pero esta vez no quería decidirlo yo solo.

Nos quedamos mirándonos.

Ninguno dio un paso.

Ninguno dijo nada.

Porque los dos entendimos que esa conversación ya no hablaba de una llave.

Hablaba de volver.

De confiar otra vez.

De animarnos.

Él dio un paso hacia atrás.

No para alejarse.

Sino para darle espacio a mi respuesta.

Y fue ahí cuando entendí algo.

La diferencia entre el Dyl de antes...

y el de ahora.

Antes habría insistido.

Habría intentado convencerme.

Hoy...

simplemente esperaba.

Esperaba porque había aprendido que algunas decisiones no nacen cuando alguien las empuja.

Nacen cuando dejan de dar miedo.

Esa noche no le respondí.

No porque no supiera qué quería.

Sino porque, por primera vez...

quería estar completamente segura antes de volver a abrir una puerta que una vez había cerrado.

Dyl sonrió con tranquilidad.

—Buenas noches, Al.

—Buenas noches.

Lo vi alejarse por el pasillo.

Entré.

Cerré la puerta.

Apoyé la espalda contra ella.

Y miré mi departamento.

Era exactamente el mismo de siempre.

Silencioso.

Ordenado.

Vacío.

Respiré hondo.

Después caminé hasta la cocina.

Abrí un cajón buscando una cucharita que había usado para el helado.

Pero encontré otra cosa.

Una llave.

La copia del departamento de Dyl.

La misma que había creído devolver meses atrás.

La había guardado sin darme cuenta...

o quizás sí.

La sostuve entre los dedos.

Y una sola pregunta empezó a dar vueltas en mi cabeza.

Si nunca dejé de tener la llave...

¿realmente alguna vez me fui?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.