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Pasé dos días pensando qué era eso que Dylan no había querido decirme.
Dos días.
No parecía mucho.
Hasta que intentás no pensar en una frase que quedó a la mitad.
"Necesito que pienses algo."
Desde entonces, cada vez que sonaba el celular esperaba un mensaje suyo.
No llegaba.
Y eso era lo raro.
Porque Dylan nunca desaparecía.
Si estaba ocupado, avisaba.
Si llegaba tarde, avisaba.
Si no podía hablar, también.
Esta vez...
simplemente esperaba.
Y eso hacía que mi curiosidad creciera sola.
El viernes por la tarde recibí un mensaje.
Dylan:
"¿Tenés planes esta noche?"
Sonreí sin darme cuenta.
Ali:
"Depende."
La respuesta llegó enseguida.
Dylan:
"Dejá de hacerte la interesante y bajá. Estoy abajo."
Corrí hasta la ventana.
Ahí estaba.
Apoyado contra el auto, con las manos en los bolsillos, como si no tuviera ninguna prisa.
No pude evitar reírme.
Cinco minutos después estaba sentándome en el asiento del acompañante.
—¿A dónde vamos?
—A comer.
—¿Nada más?
—Por ahora.
Lo miré de reojo.
—Estás sospechosamente tranquilo.
Él sonrió sin apartar la vista del camino.
—Puede ser.
Terminaron en un restaurante pequeño, lejos del centro.
No era un lugar elegante.
Era de esos donde el mozo ya conocía a la mitad de los clientes por el nombre.
Pidieron pizza.
Hablaron de cualquier cosa.
Se rieron.
Por momentos parecía una noche cualquiera.
Hasta que Dylan dejó el vaso sobre la mesa.
Respiró hondo.
Y la miró.
—¿Te acordás de lo que te dije el otro día?
Asentí.
—Me dijiste que querías preguntarme algo.
Él apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Sí.
Hubo un silencio corto.
No incómodo.
Solo necesario.
—Voy a aceptar el trabajo.
Sonreí.
—Me alegra.
En serio.
Se nota que te hace ilusión.
Él bajó la vista un segundo.
Después volvió a mirarme.
—Hay una parte que todavía no te conté.
Esperé.
—El departamento donde voy a vivir...
es bastante grande para una sola persona.
No entendí hacia dónde iba.
—Ajá...
Él soltó una risa bajita.
—Ali...
¿Te acordás cuando dijiste que era una pena que quedara vacío mi departamento?
Asentí otra vez.
—Sí.
—Creo que encontré una solución.
Fruncí el ceño.
—¿Cuál?
Dylan respiró profundo.
No parecía nervioso.
Parecía decidido.
—Quiero que vengas conmigo.
Lo miré sin reaccionar.
Él continuó, despacio.
—No para ayudarme.
No para hacerme compañía.
Y tampoco porque sienta que me debés algo.
Quiero que vengas porque...
creo que los dos merecemos una oportunidad distinta.
Sentí que el corazón empezaba a latirme más rápido.
Él siguió hablando.
Con la misma calma.
—No quiero volver a hacer las cosas como antes.
No quiero que sintamos que volvimos exactamente al mismo lugar.
Quiero que empecemos de nuevo.
En una ciudad donde ninguno de los dos tenga recuerdos.
Donde no exista el departamento del que te fuiste.
Ni la mesa donde discutimos.
Ni donde nos reconciliamos.
Solo nosotros.
Y tres meses para descubrir si aprendimos algo.
Me quedé completamente callada.
Él sonrió apenas.
—No te estoy proponiendo que volvamos a vivir juntos para siempre.
Te estoy proponiendo una prueba.
Tres meses.
Después decidimos.
Nada más.
Lo miré durante varios segundos.
No encontraba una respuesta.
Porque, por primera vez...
la idea no me daba miedo.
Me daba vértigo.
Que era distinto.
Muy distinto.
—¿Y si sale mal?
Pregunté en voz baja.
Dylan no respondió enseguida.
Se tomó un momento.
—Entonces volvemos.
Y sabremos que lo intentamos de verdad.
Bajé la vista hacia mis manos.
Él nunca me había puesto contra la pared.
Ni esa vez.
No había ultimátums.
No había promesas.
Solo una invitación.
Y, justamente por eso...
era imposible responder a la ligera.
Levanté la vista otra vez.
Sonreí apenas.
—Necesito pensarlo.
Él también sonrió.
Como si esa hubiera sido exactamente la respuesta que esperaba.
—Lo sé.
Pagaron la cuenta.
Salieron a la calle.
El aire era tibio.
Caminaron unas cuadras sin hablar.
Antes de despedirse, Dylan abrió la puerta del auto para que subiera.
Cuando ya estaba sentada, él apoyó un brazo en el marco de la puerta.
—Ali.
Lo miré.
—Pensalo sin pensar en mí.
Pensá en vos.
En cómo te imaginás viviendo esos tres meses.
Porque si aceptás...
quiero que sea porque realmente querés estar ahí.
No porque querés hacerme feliz.
Asentí despacio.
No dije nada.
No hacía falta.
Durante todo el camino de regreso miré las luces de la ciudad pasar por la ventanilla.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
no imaginé mi vida en ese departamento.
La imaginé frente al mar.
Y esa fue, quizás...
la respuesta que más miedo me dio encontrar.
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Editado: 20.10.2026