⁴³
El departamento de Dylan ya no parecía el mismo.
Había cajas por todos lados.
Algunas abiertas.
Otras cerradas con una prolijidad que solo él podía tener.
Ali estaba sentada en el piso, rodeada de libros.
—¿En serio vas a llevar todos estos?
Dylan levantó la vista desde otra caja.
—Obvio.
—¿Los tres meses?
—Sí.
Ella tomó uno al azar.
—Nunca te vi leer este.
—Porque todavía no lo leí.
Ali soltó una risa.
—Entonces también llevás libros pendientes.
—Todos tenemos algún pendiente.
Ella lo miró apenas un segundo.
Sintió que esa frase hablaba de mucho más que de libros.
El resto de la tarde transcurrió entre cajas, cintas adhesivas y discusiones completamente inútiles.
—Eso pesa demasiado.
—No pesa tanto.
—Dylan.
—¿Qué?
—Se rompió la caja.
Él miró el fondo abierto.
Después la miró a ella.
—No digas nada.
Ali cruzó los brazos.
—Te dije.
—Todavía no digas nada.
Los dos terminaron riéndose.
Dos días después emprendieron el viaje.
El auto iba cargado hasta donde parecía posible.
Valijas.
Mochilas.
Una planta que Ali insistió en llevar.
—Se va a morir.
Dijo Dylan.
—No.
—Es un viaje de ocho horas.
—Confiá.
—Estoy confiando en vos.
No en la planta.
Ella hizo un gesto de indignación.
—Qué poca fe me tenés.
—La planta opina igual que yo.
Ali soltó una carcajada.
—¿Ahora hablás con los ficus?
—Cuando hace falta.
La ciudad fue quedando atrás.
Los edificios dieron paso a rutas largas.
Campos.
Estaciones de servicio perdidas en medio de la nada.
Cada tanto cambiaban la música.
Cantaban.
Inventaban letras cuando no se sabían una canción.
Discutían sobre cuál era la mejor parada para tomar café.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
no parecía que estuvieran intentando arreglar algo.
Solo estaban viviendo.
Al mediodía frenaron en una estación de servicio.
Mientras Dylan cargaba combustible, Ali entró a comprar agua.
Volvió con una bolsa llena de golosinas.
Él levantó una ceja.
—¿Todo eso?
—Es para el viaje.
—Somos dos.
—Exacto.
Él negó con la cabeza.
—Después decís que yo exagero con los libros.
—Mis gomitas son mucho más importantes.
—¿Ah, sí?
—Claro.
Los libros entretienen.
Las gomitas dan felicidad.
Dylan cerró la tapa del tanque.
—Difícil discutir semejante argumento.
Las horas siguieron pasando.
El sol empezó a bajar lentamente.
El cielo se tiñó de tonos anaranjados.
Ali apoyó la cabeza contra la ventanilla.
Miraba el paisaje pasar.
—¿En qué pensás?
Preguntó Dylan.
Ella tardó un momento en responder.
—En que hace unos meses no imaginaba estar haciendo esto.
Él sonrió sin dejar de mirar la ruta.
—Yo tampoco.
Silencio.
—¿Y sabés qué es lo más raro?
Continuó ella.
—¿Qué?
—Que ya no siento que me estoy escapando de algo.
Siento que...
estoy yendo hacia algún lugar.
Dylan no respondió.
Solo estiró una mano.
La dejó sobre la consola central.
Entre los dos.
No buscó la de ella.
No quiso forzar el momento.
Unos segundos después...
Ali deslizó la suya despacio.
Hasta apoyar los dedos sobre los de él.
Sin mirarlo.
Como si fuera el gesto más natural del mundo.
Dylan entrelazó los dedos con los suyos.
Y siguió manejando.
Con una pequeña sonrisa que apenas se notaba.
Cuando el GPS anunció que faltaban menos de veinte kilómetros, el aire empezó a cambiar.
La ventana estaba apenas abierta.
Entró una brisa distinta.
Más húmeda.
Más tibia.
Ali frunció apenas el ceño.
Respiró hondo.
Volvió a hacerlo.
Después sonrió.
—¿Qué pasa?
Preguntó Dylan.
Ella miró hacia adelante.
Todavía no podía verse el mar.
Pero podía sentirse.
—Nada...
dijo en voz baja.
Creo que ya llegamos.
Dylan no contestó.
Porque él también lo había notado.
No hacía falta ver el océano para saber que estaba cerca.
A veces...
las cosas importantes se anuncian mucho antes de aparecer.
Y ninguno de los dos imaginaba que, escondido entre esos tres meses que acababan de empezar...
había un amanecer capaz de cambiarles la vida para siempre.
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Editado: 20.10.2026