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El departamento era mucho más lindo de lo que los dos habían imaginado.
No era enorme.
Ni lujoso.
Pero tenía algo que ninguno esperaba.
Desde el balcón se veía el mar.
No completo.
Solo una franja azul entre otros edificios.
Lo suficiente para recordar, cada vez que abrían la ventana, que estaba ahí.
Esperándolos.
Ali dejó la mochila en el piso.
Caminó directo hacia el ventanal.
Lo abrió.
Una brisa tibia entró de golpe, moviendo las cortinas.
Cerró los ojos un segundo.
Respiró hondo.
—Huele distinto.
Dylan se acercó.
—¿A qué?
Ella sonrió.
—No sé.
A vacaciones.
Él soltó una risa.
—Vamos a tener que acostumbrarnos.
Ella lo miró de reojo.
—Qué sacrificio.
Desarmar las cajas llevó casi toda la tarde.
Cada cosa encontraba un lugar nuevo.
Los libros.
Las tazas.
La cafetera.
La planta que, contra todo pronóstico, había sobrevivido al viaje.
Dylan la miró sorprendido.
—No puedo creer que siga viva.
Ali cruzó los brazos, orgullosa.
—Te dije que confiaras.
Él levantó las manos.
—Tenías razón.
Ella sonrió con esa satisfacción infantil que aparecía cada vez que lograba demostrarle algo.
—Podrías decirlo más seguido.
—No abuses.
Al caer la tarde salieron a caminar.
Sin rumbo.
Solo siguieron el sonido de las olas.
La costa estaba llena de gente.
Familias.
Chicos jugando con una pelota.
Parejas sentadas sobre la arena.
Corredores.
Vendedores de helados.
Músicos callejeros.
Todo parecía moverse al mismo ritmo.
Más lento.
Más liviano.
Caminaron varios minutos sin hablar.
No porque faltaran temas.
Sino porque el mar ocupaba todo el espacio.
Ali se sacó las zapatillas.
—¿Qué hacés?
preguntó Dylan.
—No pienso venir hasta acá sin tocar el agua.
Él negó con la cabeza.
—Está fría.
Ella ya estaba entrando.
Cuando la primera ola le mojó los tobillos, dio un pequeño salto.
—¡Está helada!
Dylan empezó a reírse.
—Te avisé.
Ella lo señaló.
—Ni se te ocurra reírte.
Él se acercó despacio.
—¿Y si hago esto?
Con un movimiento rápido, salpicó agua hacia ella.
Ali abrió los ojos.
—No...
Otra salpicadura.
Esta vez más grande.
—¡Dylan!
Él ya estaba riéndose.
Ella no tardó ni dos segundos en devolverle el ataque.
La "guerra" duró apenas un minuto.
Los dos terminaron completamente mojados hasta las rodillas.
Una señora que pasaba con su nieto los miró divertida.
—Parecen dos chicos.
Ali se encogió de hombros.
—Capaz hoy sí.
Cuando el sol terminó de esconderse, compraron dos helados y siguieron caminando por la costanera.
Las luces empezaban a encenderse una por una.
Había música saliendo de algunos bares.
El aire seguía siendo cálido.
Ali miró alrededor.
—¿Sabés qué me gusta de este lugar?
—¿Qué cosa?
—Que nadie nos conoce.
Dylan asintió.
Había pensado exactamente lo mismo.
Acá no existían las historias que los demás recordaban.
No había vecinos que supieran que un día dejaron de vivir juntos.
Ni amigos preguntando si habían vuelto.
Ni miradas.
Ni explicaciones.
Solo ellos.
Y un lugar completamente nuevo.
Antes de regresar al departamento pasaron por un pequeño paseo de artesanos.
Ali se detuvo frente a un puesto lleno de pulseras hechas a mano.
Las observó una por una.
Después tomó una muy sencilla.
Un hilo color arena con una pequeña pieza de plata en forma de ola.
—Es linda.
dijo.
Dylan también la miró.
—Sí.
Ella la dejó otra vez en su lugar.
—Después vuelvo.
Siguieron caminando.
Ali nunca notó que, unos metros más atrás, Dylan se detuvo apenas unos segundos.
Volvió sobre sus pasos.
Habló en voz baja con la artesana.
Ella sonrió y asintió.
Dylan siguió caminando como si nada hubiera pasado.
Al alcanzarla, ella ya estaba mirando otro puesto.
—¿Qué hacías?
preguntó.
—Nada.
Mentía fatal.
Pero Ali no insistió.
Esa noche cenaron en el balcón.
La ciudad ya estaba casi en silencio.
Desde algún lugar lejano llegaba el ruido constante del mar.
Ali apoyó los codos sobre la mesa.
—Gracias.
Dylan levantó la vista.
—¿Por qué?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Por invitarme.
Creo que necesitaba empezar de nuevo en algún lado.
Él sonrió apenas.
—Yo también.
Se quedaron un rato más mirando las luces.
Sin hablar.
No hacía falta.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, el silencio entre ellos no escondía dudas.
Escondía tranquilidad.
Y, mientras Ali entraba para preparar un café, Dylan volvió a mirar disimuladamente hacia el paseo de artesanos que alcanzaba a verse a lo lejos desde el balcón.
No estaba pensando en una pulsera.
Ni en un recuerdo.
Estaba intentando imaginar otra cosa.
Algo mucho más importante.
Algo que todavía parecía demasiado lejano.
Pero que, en el fondo, había empezado a construirse esa misma noche.
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Editado: 20.10.2026