⁴⁵
Habían pasado apenas diez días.
Y, sin darse cuenta, ya tenían una rutina.
Dylan era el primero en levantarse.
Siempre.
Ponía agua para el café antes incluso de estar completamente despierto.
Ali aparecía unos minutos después, todavía despeinada, usando una remera que claramente era de él.
Nunca admitía que la elegía a propósito.
Él tampoco preguntaba.
Simplemente sonreía cada vez que la veía entrar a la cocina.
—Buen día.
murmuraba ella.
—Buen día.
Dylan le alcanzaba una taza.
—¿Azúcar?
—La mitad de siempre.
—Ya lo sé.
Ali tomó un sorbo y apoyó la taza sobre la mesada.
—Me da un poco de bronca.
Él levantó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Que ya sepas cómo me gusta el café.
Dylan sonrió.
—¿Eso te molesta?
—Un poquito.
—¿Por?
Ella se quedó pensando.
Después bajó la mirada.
—Porque significa que ya me conocés demasiado.
Dylan la observó unos segundos.
—Todavía me falta bastante.
Ali sonrió.
—No te agrandes.
Las tardes eran distintas.
Mientras Dylan trabajaba, Ali recorría la ciudad.
Descubrió una librería escondida en una calle pequeña.
Un café donde el dueño ya la saludaba por su nombre.
Una playa menos concurrida donde podía sentarse durante horas mirando el mar.
Cada vez que volvía, tenía una historia nueva.
Y Dylan siempre escuchaba.
Como si cada pequeño descubrimiento de ella también fuera importante para él.
El sábado hicieron las compras juntos.
Una actividad completamente normal.
Pero, de alguna forma, terminaba siendo divertida.
Discutieron cinco minutos porque Dylan quería comprar un café más barato y Ali insistía en que era horrible.
—No sabés diferenciar un buen café de uno cualquiera.
dijo ella.
—Eso es una acusación grave.
—Es la verdad.
Él dejó el paquete en el carrito.
—Algún día voy a ganar una discusión.
Ali lo miró.
—¿Cuándo?
Dylan pensó.
—No sé.
Ella sonrió.
—Exacto.
Esa noche salieron a cenar a un bar frente al mar.
Había música en vivo.
No demasiado fuerte.
Lo suficiente para acompañar la conversación.
Pidieron pizza y se quedaron hablando durante horas.
En un momento, el cantante empezó una canción conocida.
Ali sonrió.
—Esta me gusta.
—Lo sé.
Ella levantó la vista.
—¿Cómo que lo sabés?
Dylan se encogió de hombros.
—La escuchaste como cinco veces durante el viaje.
Ali soltó una risa.
—Qué vergüenza.
—No era tan grave.
—Sí lo era.
—Era una buena canción.
Ella sonrió.
—¿La escuchaste conmigo?
—Sí.
—¿Y te gustó?
Dylan la miró.
—Me gustaba verte feliz.
Ali no respondió.
Porque a veces Dylan decía cosas simples que terminaban significando mucho más.
Al volver al departamento caminaron despacio.
No tenían prisa.
El aire de la noche era cálido.
Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el agua.
Cuando llegaron, Ali dejó las llaves sobre la mesa.
Miró alrededor.
El lugar todavía era nuevo.
Pero ya había pequeñas señales de ellos.
Una taza fuera de lugar.
Un libro sobre el sillón.
Una manta doblada de cualquier manera.
Cosas pequeñas.
Cosas normales.
Cosas que antes parecían insignificantes.
Ahora parecían importantes.
—¿Sabés qué es raro?
preguntó Ali.
Dylan dejó la campera sobre una silla.
—¿Qué?
Ella miró el departamento.
—Que pensé que volver a vivir juntos iba a sentirse extraño.
Él esperó.
—Y no se siente así.
Dylan sonrió apenas.
—¿Eso es bueno?
Ali lo miró.
—Sí.
Mucho.
Hubo un silencio cómodo.
De esos que antes no tenían.
Antes, el silencio siempre parecía una amenaza.
Ahora simplemente era silencio.
Dylan se acercó.
Le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja.
Un gesto pequeño.
Casi automático.
—Me alegra.
Ella lo miró.
—¿Qué cosa?
—Que estés bien acá.
Ali sonrió.
—Yo también.
Después caminó hacia la cocina.
—Voy a preparar algo de tomar.
Dylan la observó alejarse.
Y por primera vez en mucho tiempo no pensó en lo que podía salir mal.
No pensó en las discusiones.
Ni en las veces que habían estado a punto de perderse.
Solo pensó en algo mucho más sencillo.
En que una casa no se convertía en hogar por las paredes.
Sino por las personas que estaban dentro.
Y, poco a poco...
ellos estaban volviendo a encontrar el suyo.
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Editado: 20.10.2026