⁴⁶
Habían pasado dos semanas.
Y lo curioso era que ya ninguno de los dos recordaba exactamente cuándo habían dejado de sentirse invitados en ese departamento.
Simplemente...
vivían ahí.
—Ali.
La voz de Dylan salió desde la cocina.
—¿Qué?
—¿Dónde guardaste el colador?
Ella apareció apoyándose en el marco de la puerta.
—¿Por qué asumís que lo guardé yo?
—Porque ayer estaba.
Hoy desapareció.
Ali abrió un cajón.
Después otro.
Y otro más.
Frunció el ceño.
—Pará...
Ahora yo tampoco sé dónde está.
Los dos se quedaron en silencio unos segundos.
Después empezaron a revisar toda la cocina.
Cinco minutos más tarde...
el colador estaba dentro de la heladera.
Ali lo miró completamente confundida.
—...
Dylan cruzó los brazos.
—Tengo muchas preguntas.
Ella se tapó la cara con las manos.
—No me juzgues.
Él ya no podía contener la risa.
—¿Cómo termina un colador en la heladera?
—¡No tengo idea!
Ella empezó a reírse también.
Tanto que terminó apoyándose en la mesada.
—Creo que estoy perdiendo la cabeza.
—Creo que sí.
—Gracias por el apoyo.
—Siempre.
Ese mismo día decidieron salir a caminar.
Sin rumbo.
Como casi todas las tardes.
Entraron a una librería.
Después a un negocio de discos viejos.
Más tarde terminaron sentados en un banco frente al mar, compartiendo un paquete de papas fritas.
Ali apoyó la cabeza sobre el hombro de Dylan sin pensarlo demasiado.
Ya era un gesto natural.
Él tampoco dijo nada.
Simplemente siguió mirando el agua.
El viento movía apenas el pelo de ella.
Dylan levantó una mano.
Con mucho cuidado le acomodó un mechón detrás de la oreja.
Ali sonrió.
—¿Qué?
preguntó él.
—Nada.
Me gusta cuando hacés eso.
Él bajó la mano.
—¿Esto?
Volvió a acomodarle otro mechón que el viento había desordenado.
Ella cerró los ojos apenas un instante.
—Sí.
Eso.
A la noche cocinaron juntos.
O, al menos, lo intentaron.
La receta decía veinte minutos.
Llevaban casi una hora.
—Esto definitivamente no era así.
dijo Dylan mirando la sartén.
Ali probó un bocado.
Hizo una mueca.
—Creo que le falta sal.
Él agregó un poco más.
Ella volvió a probar.
—Ahora creo que nos pasamos.
Los dos se miraron.
Y, sin poder evitarlo, empezaron a reírse otra vez.
—Somos un desastre.
dijo Ali.
—Pero un desastre bastante simpático.
respondió él.
Después de cenar, se quedaron en el balcón.
La ciudad estaba tranquila.
Desde algún lugar llegaba el sonido de una guitarra.
Ali tenía una manta sobre las piernas.
Dylan sostenía dos tazas de té.
—¿Sabés qué descubrí?
preguntó ella.
—¿Qué cosa?
—Hace días que no discutimos.
Él hizo memoria.
—Tenés razón.
Ali lo miró de costado.
—Eso me preocupa un poco.
Dylan soltó una risa.
—¿Te preocupa llevarnos bien?
—Me preocupa que esto sea demasiado perfecto.
Hubo un pequeño silencio.
Él dejó la taza sobre la mesa.
—No creo que sea perfecto.
Ella levantó la vista.
—¿No?
Él negó despacio.
—Creo que simplemente...
aprendimos algunas cosas.
Ali bajó la mirada.
Pensó en todas las peleas.
En las veces que creyó que ya no había vuelta atrás.
En las palabras que hubiera querido borrar.
Después volvió a mirarlo.
—¿Y si un día volvemos a discutir?
preguntó muy bajito.
Dylan tardó unos segundos en responder.
No porque no supiera qué decir.
Sino porque quería encontrar las palabras justas.
La miró con una calma que a Ali siempre conseguía desarmarla.
—Entonces...
haremos lo que antes no sabíamos hacer.
Ella esperó.
—Hablar.
Así de simple.
No levantar la voz.
No irnos.
No esperar que el otro adivine lo que sentimos.
Hablar.
Ali sonrió apenas.
—Suena fácil.
—No lo es.
Él también sonrió.
—Pero creo que ya aprendimos.
Ella bajó la vista.
Después buscó su mano sobre la mesa.
Entrelazó los dedos con los de él.
—¿Sabés?
—¿Qué?
—Antes pensaba que una relación se rompía el día que aparecía una pelea.
Dylan negó despacio.
—No.
Las relaciones se rompen cuando dos personas dejan de intentar entenderse.
Ali apoyó la cabeza sobre su hombro.
El viento seguía entrando desde el mar.
Ya no hacía calor.
Pero tampoco frío.
Era una de esas noches en las que nadie tenía ganas de entrar.
—¿En qué pensás?
preguntó ella.
Dylan sonrió para él mismo.
—En que me gusta esta versión de nosotros.
Ali levantó apenas la cabeza.
—¿Cuál?
Él la miró.
—La que ya no tiene miedo de quedarse.
Ella no respondió.
Solo volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
ninguno de los dos sintió la necesidad de decir nada más.
Porque algunas conversaciones...
terminan mucho antes de que se acaben las palabras.
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Editado: 20.10.2026