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Siempre pensé que tres meses eran muchísimo tiempo.
Hasta que dejé de mirar el calendario.
De un momento a otro ya no importaba qué día era.
Importaba con quién lo estaba viviendo.
Y fue así...
como los días empezaron a mezclarse entre sí.
El primer sábado de diciembre hubo un festival en la playa.
Desde temprano se escuchaba música.
Había puestos de comida, luces colgadas entre las palmeras y un escenario donde distintas bandas iban tocando mientras caía el sol.
Cuando llegó la noche, la playa se llenó de jóvenes.
Algunos bailaban.
Otros simplemente se sentaban sobre mantas mirando el mar.
Dylan y yo caminábamos sin rumbo, disfrutando el ambiente.
—¿Seguimos?
preguntó él.
Asentí.
Un poco más adelante vimos una fogata enorme.
Había unas diez personas alrededor.
Reían como si se conocieran de toda la vida.
Uno de los chicos levantó un vaso al vernos.
—¡Eh! ¿Se suman?
Nos miramos.
Después nos reímos.
¿Por qué no?
Nos sentamos con ellos sobre la arena.
Alguien repartía vasos de daiquiri decorados con golosinas de colores.
Otro contaba una anécdota tan exagerada que todos terminamos riéndonos.
Las horas pasaron sin que nadie las notara.
Descubrimos que algunos también estaban viviendo temporalmente en la ciudad.
Otros eran de ahí.
Y, sin saber muy bien cómo, al despedirnos ya teníamos un grupo nuevo con quien volver a encontrarnos cualquier fin de semana.
*
Los domingos empezaron a tener otro ritmo.
Desayunos largos.
Playa.
Helados.
Partidos improvisados de vóley.
Caminatas descalzos por la orilla cuando el calor ya aflojaba.
A veces hablábamos durante horas.
Otras veces caminábamos en silencio.
Y, curiosamente...
ese silencio ya no incomodaba.
*
Una semana después llegó el cumpleaños de Dylan.
Le dije que saldríamos a cenar.
Nada más.
Él aceptó sin sospechar absolutamente nada.
Cuando entró al patio del complejo donde nos habíamos conocido con los chicos de la fogata...
Las luces se encendieron de golpe.
—¡Sorpresa!
Dylan se quedó completamente inmóvil.
Mateo y Tayler habían viajado solamente por el fin de semana.
Lucas apareció con una torta.
Los chicos de la fogata levantaban vasos desde el fondo.
Hasta el encargado del complejo salió riéndose porque ya conocía el plan.
—No puede ser...
murmuró Dylan.
Lo miré sonriendo.
—Feliz cumpleaños.
Antes de que pudiera decir algo, dos de los chicos lo levantaron entre risas.
—¡No, pará...!
Fue demasiado tarde.
Terminó dentro de la pileta con ropa y todo.
Las carcajadas se escucharon en todo el lugar.
Cuando salió empapado, me miró fingiendo indignación.
—Vos organizaste esto.
—Puede ser.
—Sos terrible.
—¿La pasaste mal?
Él negó enseguida.
—Fue el mejor cumpleaños que tuve.
No hizo falta decir nada más.
Más tarde, cuando ya quedábamos solo unos pocos alrededor de la mesa, le alcancé una caja envuelta con papel azul.
Él me miró sorprendido.
—Ali...
—Abrilo.
La abrió con cuidado.
Dentro había un reloj de pulsera de acero, sencillo y elegante.
En la parte de atrás tenía una inscripción grabada.
"Para que cada minuto valga la pena."
Dylan pasó el pulgar sobre esas palabras.
No habló durante varios segundos.
Después levantó la vista.
—Gracias.
Negué despacio.
—No.
Gracias a vos.
Él sonrió de esa manera tan suya.
Sin exagerar.
Pero con los ojos.
Y entendí que había acertado.
No porque el regalo fuera caro.
Sino porque era él.
Esa noche volvimos caminando hasta el departamento.
Yo llevaba sus zapatillas en una mano porque seguían mojadas.
Él caminaba descalzo.
—¿Sabés una cosa?
dijo de repente.
—¿Qué?
—Creo que hacía años que no era tan feliz.
Lo miré.
No respondí enseguida.
Solo busqué su mano.
Y entrelacé mis dedos con los suyos.
Seguimos caminando así.
Como si hubiera sido el gesto más natural del mundo.
Y quizá...
ya lo era.
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Editado: 20.10.2026