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Los días empezaron a parecerse.
Y, curiosamente, eso dejó de asustarme.
Siempre pensé que la rutina era el principio del final.
Ahora entendía que, cuando era con la persona correcta, podía sentirse como un lugar seguro.
Las semanas siguieron pasando.
Cada una dejaba una anécdota nueva.
Un domingo terminamos viendo el amanecer desde la playa porque nos quedamos hablando hasta las cinco de la mañana.
Otro sábado conocimos un mercado artesanal donde Dylan insistió en probar un café rarísimo que, según él, era espectacular.
Era horrible.
Todavía se lo recuerdo.
Poco antes de Navidad fue el cumpleaños de Jazmín.
No podía viajar hasta la costa.
Nosotros tampoco podíamos volver.
Así que improvisamos una videollamada con todo el grupo.
Mateo apareció con un gorro de Papá Noel puesto dos semanas antes de tiempo.
Tayler se burló durante veinte minutos.
Lucas decía que estaba cocinando mientras, claramente, había pedido comida.
Jazmín no dejaba de reírse.
—Extraño juntarnos.
admitió en un momento.
—Nosotros también.
respondí.
—Pero ya van a volver.
dijo ella.
Y, por primera vez desde que habíamos llegado, sentí que la palabra "volver" ya no sonaba tan simple.
La ciudad empezó a llenarse de luces.
Las vidrieras cambiaron.
Los restaurantes sacaron mesas a las veredas.
Cada noche había música en algún rincón distinto.
Nos acostumbramos a salir sin plan.
A caminar.
A descubrir calles nuevas.
A terminar siempre donde hubiera algo para comer.
Una tarde discutimos.
Por una tontería.
Dylan seguía contestando correos del trabajo incluso cuando salíamos.
Yo me cansé.
—¿Podés dejar el celular cinco minutos?
Él levantó la vista.
—Es trabajo.
—Siempre es trabajo.
No levantamos la voz.
Pero ninguno habló durante el resto del camino.
Al llegar al departamento, cada uno hizo la suya.
Media hora después, Dylan apareció en el balcón.
Traía el mate y el termo bajo el brazo.
Se sentó a mi lado.
No dijo nada.
Solo cebo uno y me lo alcanzó.
Lo miré.
—¿Eso significa que venís en son de paz?
Él sonrió.
—Significa que tenías razón.
Parpadeé.
—¿Así de fácil?
—No.
Me costó bastante admitirlo.
No pude evitar reírme.
Él también.
—Perdón.
dijo.
—Yo también exageré.
Nos quedamos un rato en silencio.
Compartiendo el mate.
Mirando el mar.
Antes una discusión nos alejaba.
Ahora nos enseñaba a volver.
Los días siguieron pasando.
Llegó la Navidad.
No hubo un gran festejo.
Solo una cena para dos.
Una mesa en el balcón.
Luces colgadas alrededor de la baranda.
Y una ciudad entera celebrando a lo lejos.
Brindamos cuando el reloj marcó las doce.
—Feliz Navidad.
dijo Dylan.
—Feliz Navidad.
Le sonreí.
Nunca imaginé pasar una fecha así lejos de casa.
Y, sin embargo...
hacía mucho que un lugar no se sentía tanto como un hogar.
Esa noche, antes de dormir, Dylan apagó la luz del living.
Yo ya estaba entrando al dormitorio cuando lo escuché decir, casi para él mismo:
—Qué rápido pasa el tiempo...
Me di vuelta.
—¿Qué dijiste?
Él sonrió.
—Nada.
Que mañana ya falta un día menos para volver.
Lo miré unos segundos.
No supe por qué.
Pero por primera vez...
la idea de volver ya no me hacía tanta ilusión como antes.
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Editado: 20.10.2026