Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo cincuenta y dos ♡

⁵²

POV Alison

Nunca imaginé que un "sí" pudiera sentirse tan distinto a cualquier otra palabra.

No había cambiado mi nombre.

Ni mi forma de ser.

El mundo seguía exactamente igual.

Y, sin embargo...

todo parecía diferente.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, dejé de preguntarme qué iba a pasar con nosotros.

Ahora la pregunta era otra.

¿Cómo sería compartir el resto de mi vida con él?

Y, curiosamente...

esa idea ya no me daba miedo.

Me hacía sonreír.

Volvimos caminando hasta el departamento.

No hablamos demasiado.

No porque faltaran palabras.

Sino porque había momentos que eran demasiado grandes para intentar explicarlos.

Cada tanto bajaba la vista hacia mi mano.

El zafiro atrapaba la luz del sol con un brillo que cambiaba a cada paso.

Lo observaba una y otra vez.

No porque me importaran las joyas.

Nunca me habían importado.

Lo que realmente me emocionaba era todo lo que ese anillo significaba.

No era una piedra.

Era una decisión.

Una promesa.

La certeza de que alguien había elegido construir una vida conmigo.

Y cada vez que lo miraba...

volvía a sentir el mismo nudo en la garganta que en la playa.

Dylan se dio cuenta.

Claro que se dio cuenta.

—Lo vas a gastar de tanto mirarlo.

Solté una risa.

—No me acostumbro.

Él sonrió.

—Yo tampoco.

Lo miré divertida.

—¿Vos tampoco?

Negó con la cabeza.

—Todavía me cuesta creer que me hayas dicho que sí.

Sentí que el corazón volvía a desarmarse.

Me acerqué despacio.

Lo abracé.

—¿Y cómo pensabas que iba a responder?

Apoyó la barbilla sobre mi cabeza.

—No lo sabía.

Nunca se sabe.

Cerré los ojos.

Respiré profundo.

Todavía podía sentir el olor del mar mezclado con su perfume.

Y pensé que, si existía un lugar donde una persona podía sentirse completamente segura...

probablemente era ese abrazo.

.

El departamento seguía exactamente igual que cuando salimos.

Pero nosotros ya no.

Preparé café.

Me olvidé de ponerle azúcar.

Él se rió.

Después fue él quien se olvidó de calentar el agua.

Volvimos a reírnos.

Era extraño.

Parecía que los dos necesitábamos comprobar, cada cinco minutos, que aquello realmente había pasado.

Mientras acomodábamos la ropa para el regreso, me quedé observándolo en silencio.

Doblaba las remeras con esa concentración que siempre tenía para todo.

Sonreí sola.

Pensé en la cantidad de veces que ese mismo hombre había tenido motivos para irse.

Y, sin embargo...

siempre había encontrado una razón para quedarse.

A veces me preguntaba cómo había tenido tanta paciencia conmigo.

Cómo había seguido creyendo en nosotros incluso cuando yo había dejado de hacerlo.

Quizás nunca encontrara una respuesta.

Pero tampoco la necesitaba.

Porque estaba ahí.

Y eso era suficiente.

Su celular quedó apoyado sobre la cama.

La pantalla se iluminó apenas por una notificación.

No tenía intención de mirar.

De verdad que no.

Pero un nombre apareció frente a mis ojos.

Jazmín.

Me quedé inmóvil unos segundos.

Y, de repente...

todo empezó a acomodarse.

Las llamadas.

Las veces que salía solo.

Los mensajes.

Las respuestas distraídas.

Los momentos en los que parecía esconder algo.

Todo.

Absolutamente todo.

Las piezas empezaron a unirse una detrás de otra.

Y terminé sonriendo.

No sentí celos.

Ni enojo.

Sentí vergüenza.

Porque durante semanas imaginé cualquier explicación posible.

Y la verdadera era infinitamente más bonita que todas las historias que mi miedo había inventado.

Dylan apareció detrás de mí.

—¿Qué pasó?

Levanté apenas el celular.

Sonriendo.

—Así que era esto.

Miró la pantalla.

Después volvió a mirarme.

Y soltó una risa.

De esas que aparecen cuando alguien descubre un secreto demasiado tarde.

—Quería que fuera una sorpresa.

—Lo lograste.

Bajé la vista unos segundos.

—Llegué a pensar cualquier cosa.

Ahora me da un poco de vergüenza admitirlo.

Se acercó despacio.

Tomó mis manos.

Las mismas manos que, unas horas antes, habían recibido un anillo.

—Ali...

Esperé.

—No te pido que nunca vuelvas a tener miedo.

Porque todos lo tenemos.

Lo único que quiero...

es que, cuando aparezca...

vengas conmigo antes que con tus pensamientos.

Porque muchas veces esos pensamientos no se parecen en nada a la realidad.

Sentí que los ojos volvían a llenarse de lágrimas.

No de tristeza.

De alivio.

Porque entendí que confiar no era vivir sin dudas.

Confiar era elegir hablar antes de dejar que el miedo hablara por nosotros.

Lo abracé fuerte.

Muy fuerte.

Y sentí que, por fin...

había aprendido la diferencia.

.

Esa tarde llamamos al grupo.

Mateo apareció despeinado.

Lucas estaba comiendo.

Tayler ni siquiera saludó.

—Bueno...

¿qué hicieron ahora?

Dylan me miró de reojo.

Sonriendo.

Yo levanté lentamente la mano izquierda.

El anillo brilló apenas frente a la cámara.

Hubo dos segundos de absoluto silencio.

Y después...

—¡¡¡NOOOOOOO!!!

Mateo casi dejó caer el celular.

Lucas empezó a aplaudir.

Tayler se agarró la cabeza.

—¡Sabía que este tarado iba a hacerlo!

Nos reímos los cuatro al mismo tiempo.

Entonces apareció Jazmín.

No gritó.

No aplaudió.

Solo nos miró durante unos segundos.

Después sonrió.

Una sonrisa tranquila.




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