Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo cincuenta y siete ♡

⁵⁷

Una firma

Alison

Nunca imaginé que una firma pudiera cambiar tanto.

Había firmado exámenes.

Contratos.

Recibos.

Papeles sin importancia.

Pero jamás había sentido que un pedazo de tinta pudiera separar dos etapas de una vida.

El vestido blanco seguía guardado.

Ese todavía tendría que esperar.

Aquella mañana elegí algo mucho más sencillo.

Un vestido corto color marfil.

Sandalias.

El pelo suelto.

Nada exagerado.

Solo quería sentirme yo.

Cuando salí de la habitación, Dylan ya estaba esperándome.

Llevaba una camisa blanca de lino, remangada hasta los antebrazos, un pantalón beige y esos nervios que intentaba esconder cada vez que se acomodaba el reloj.

Se quedó mirándome.

Sin decir nada.

—¿Qué?

pregunté sonriendo.

Negó con la cabeza.

—Nada.

Mentía horrible.

Me acerqué.

—Dylan.

Suspiró.

—Es que...

seguís teniendo ese problema.

Fruncí el ceño.

—¿Qué problema?

Sonrió.

—Que cada vez que te veo...

me volvés a sorprender.

Sentí que el corazón se me escapaba por la sonrisa.

—Vos tampoco estás tan mal.

—¿"No tan mal"?

—Bueno...

estás bastante lindo.

—Ah, mejor.

Porque por un segundo pensé que había elegido mal la camisa.

Le acomodé apenas el cuello.

—La camisa está perfecta.

Lo que la hace especial...

es quién la está usando.

Nos quedamos mirándonos unos segundos.

Hasta que Mateo golpeó la puerta desde afuera.

—¿Piensan casarse hoy o tengo que volver la semana que viene?

Los dos nos largamos a reír.

Y, de golpe...

los nervios pesaban un poco menos.

El Registro Civil era mucho más pequeño de lo que había imaginado.

No había música.

No había flores.

No había decoraciones.

Solo un edificio tranquilo donde muchas historias empezaban todos los días.

Y, desde ese momento...

también empezaría la nuestra.

Jazmín llegó unos minutos después.

Lucas ya estaba grabándolo todo.

Tayler apareció con un café en la mano y una medialuna en la otra.

—Perdón.

No desayuné.

Mateo negó con la cabeza.

—Nunca cambies.

Nos reímos todos.

Y esa risa fue suficiente para aflojar el silencio que traíamos desde casa.

Nos llamaron por nuestros nombres.

Entramos.

La sala era sencilla.

Una mesa.

Dos sillas.

La bandera detrás de la oficial.

Y un libro enorme apoyado frente a nosotros.

La mujer nos saludó con una sonrisa amable.

Nos explicó cada paso.

Pero debo admitir algo.

No escuché casi nada.

Porque estaba demasiado ocupada mirándolo a él.

Dylan también estaba nervioso.

Lo notaba en la forma en que respiraba.

En cómo entrelazaba los dedos con los míos.

En esa mirada que cada tanto buscaba la mía para comprobar que seguía ahí.

Y yo seguía.

Más segura que nunca.

—¿Aceptan contraer matrimonio por voluntad propia?

Sentí que el tiempo se detenía.

Miré a Dylan.

Él me miró a mí.

Sonrió apenas.

Como si la respuesta hubiera existido desde hacía mucho tiempo.

—Sí.

dijimos casi al mismo tiempo.

La oficial sonrió.

Nos indicó dónde firmar.

Tomé la lapicera.

La apoyé sobre el papel.

Y durante un segundo me quedé quieta.

No por dudas.

Sino porque comprendí el peso de ese instante.

Respiré profundo.

Firmé.

Después lo hizo Dylan.

La oficial cerró el libro con suavidad.

Y pronunció las palabras que jamás iba a olvidar.

—Felicitaciones.

Desde este momento...

son marido y mujer.

Sentí que el pecho se me llenaba de algo imposible de describir.

No era euforia.

No era alivio.

Era una paz inmensa.

Como si, después de tantos años buscándonos...

por fin hubiéramos llegado al mismo lugar.

Giré apenas la cabeza.

Dylan seguía mirándome.

Con los ojos brillantes.

—Hola...

esposa.

dijo en voz bajita.

Me reí entre lágrimas.

—Hola...

esposo.

Y, por primera vez...

esas palabras dejaron de ser un sueño.

Los aplausos llenaron la sala.

Mateo fue el primero en abrazarnos.

—Bueno...

ya está.

Ahora no hay devolución.

—Callate.

respondimos Dylan y yo al mismo tiempo.

Todos estallaron en carcajadas.

Lucas seguía grabando.

Tayler juraba que había llorado "por el polvo del ambiente".

Nadie le creyó.

Jazmín esperó a que todos terminaran.

Después se acercó.

Me abrazó con fuerza.

—Te deseo toda la felicidad que alguna vez imaginaste.

Le devolví el abrazo.

—Gracias.

Cuando se acercó a Dylan, le acomodó apenas el cuello de la camisa y le sonrió.

—Hiciste las cosas bien.

Él respondió con una mirada cómplice.

No hacía falta decir nada más.

Los dos sabían exactamente a qué se refería.

Al salir del edificio, el sol nos recibió con un calor que anunciaba otro día de verano.

Nos detuvimos un momento en la vereda.

Dylan sostuvo el sobre donde guardaban nuestra libreta de matrimonio.

Lo miró unos segundos.

Después me miró a mí.

—¿Lista?

Sonreí.

—¿Para qué?

Su sonrisa creció.

—Para volver al lugar donde empezó todo de nuevo.

La playa.

Nuestro lugar.

Donde, dentro de apenas unos días...

íbamos a volver a mirarnos a los ojos.

Pero esta vez...

frente a todos los que amábamos.

Y supe, mientras entrelazaba mis dedos con los suyos, que aquella firma no había sido el final de nada.

Había sido, simplemente...

el primer paso de la vida que acabábamos de elegir para siempre.




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