Siempre fuiste tú

Capítulo 1. La pequeña de la casa

Capítulo 1. La pequeña de la casa

Hay personas que llegan a tu vida sin pedir permiso y, sin darte cuenta, terminan convirtiéndose en parte de tu familia. Personas que están presentes en tus cumpleaños, en tus reuniones familiares, en tus tardes aburridas y hasta en esos momentos en los que solamente necesitas que alguien te escuche.

Para Valeria, esa persona siempre había sido Mateo.

Aunque, para ser sinceros, cuando lo conoció no lo consideró alguien especial. Al menos no de la manera en que terminaría considerándolo muchos años después.

Mateo era simplemente el mejor amigo de sus hermanos, un muchacho que parecía tener las llaves de su casa, que se terminaba la comida del refrigerador sin preguntar y que tenía la desagradable costumbre de molestarla cada vez que encontraba la oportunidad.

Y, por supuesto, era el responsable de llamarla constantemente pequeña.

Pero aquella historia había comenzado mucho antes de que cualquiera de los dos imaginara que algún día sus vidas estarían unidas por algo más que una amistad.

—¡Mamá! ¡Diego se comió mi chocolate!

El grito de Valeria atravesó toda la casa.

Desde la cocina, su madre suspiró mientras continuaba preparando la comida.

—¡Diego, deja de molestar a tu hermana!

—¡Yo no fui! —respondió el aludido desde la sala.

—¡Claro que fuiste tú! ¡Era el chocolate que guardé en el refrigerador!

—Entonces debiste esconderlo mejor.

Valeria apareció en la sala con las manos en la cintura. Tenía doce años, el cabello recogido en una coleta algo despeinada y una expresión de indignación que hizo que su hermano mayor comenzara a reír.

Diego tenía veintitrés años y disfrutaba especialmente hacer enojar a su hermana menor. Andrés, de veintiún años, no se quedaba atrás. Entre los dos habían desarrollado una especie de pasatiempo: molestar a Valeria hasta conseguir que terminara persiguiéndolos por toda la casa.

—Eres un insoportable —le dijo ella a Diego.

—Y tú eres una exagerada.

—¡Mamá!

—¡Ya, los dos! —intervino su madre.

Andrés apareció desde el pasillo con una sonrisa.

—¿Qué pasó ahora?

—Tu hermano se comió mi chocolate.

—Ah, eso sí está grave.

Valeria lo señaló.

—¡Tú no te rías! ¡También tienes la culpa!

—Yo solamente soy un espectador.

—¡Los odio!

Los dos hermanos soltaron una carcajada.

En ese momento sonó el timbre.

—¡Abre, Diego! —gritó Andrés.

—¡Estoy ocupado!

—¡Estás sentado!

—¡Y muy ocupado!

Valeria puso los ojos en blanco.

—Yo voy.

Caminó hasta la entrada y abrió la puerta sin imaginar quién estaba del otro lado.

—¡Hola, princesa!

Frente a ella estaba Mateo.

Llevaba una camiseta negra, unos pantalones de mezclilla y una mochila colgada de un hombro. Su cabello estaba ligeramente despeinado y tenía aquella sonrisa que parecía acompañarlo permanentemente.

—Hola —respondió Valeria, sin demasiado entusiasmo.

Mateo inclinó la cabeza para mirarla.

—¿Qué pasó? ¿Por qué esa cara?

—Nada.

—¿Segura?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué parece que estás a punto de asesinar a alguien?

Valeria cruzó los brazos.

—Porque mis hermanos son unos insoportables.

Mateo soltó una carcajada.

—Eso ya lo sabía.

—Y Diego se comió mi chocolate.

—¿El de la envoltura roja?

Valeria abrió los ojos.

—¡Sí! ¿Tú también?

Mateo comenzó a reír.

—No, pequeña. Pero si quieres, te compro otro.

La expresión de Valeria cambió inmediatamente.

—¿De verdad?

—Claro.

—¿Del grande?

Mateo fingió pensarlo.

—Ahora que lo mencionas, creo que solamente puedo comprar el pequeño.

—¡Mateo!

Él soltó una carcajada y le revolvió el cabello.

—Está bien, está bien. El grande.

Valeria sonrió.

—Eres mi favorito.

—Qué conveniente. Hace cinco segundos estabas enojada conmigo.

—Pero me vas a comprar chocolate.

—Interesada.

—Mucho.

Mateo negó con la cabeza, divertido, y entró a la casa.

—¡Ya llegó el proveedor oficial de chocolates! —anunció Valeria mientras regresaba a la sala.

—¡Hermano! —gritó Andrés—. ¿Trajiste algo de comer?

—Buenos días para ti también.

Mateo dejó su mochila en el sillón y saludó a los dos.

—¿Qué onda?

—Aquí, sobreviviendo a tu futura cuñada —contestó Diego.

—¡No soy tu cuñada! —protestó Valeria desde el otro extremo de la sala.

Mateo se rio.

—Tranquila, pequeña. Todavía no.

Nadie prestó demasiada atención a aquel comentario.

Nadie, excepto Valeria, que frunció ligeramente el ceño sin saber muy bien por qué.

La tarde transcurrió como cualquier otra.

Diego y Andrés tenían planes de jugar videojuegos con Mateo, así que ocuparon la sala, mientras Valeria se instaló en uno de los sillones con un libro de la escuela.

No obstante, su tranquilidad duró aproximadamente quince minutos.

—¡Valeria!

Ella levantó la mirada.

—¿Qué?

—Tráenos agua —pidió Andrés.

—Levántate tú.

—Eres la más pequeña.

—¡Eso no significa que sea su sirvienta!

Mateo soltó una carcajada sin apartar los ojos de la televisión.

—Vamos, pequeña. Por favor.

Valeria lo miró.

—Tú también eres un aprovechado.

—Pero soy el más guapo.

—Eso lo dices tú.

—¿Entonces no lo soy?

Valeria fingió pensarlo.

—Más o menos.

Diego y Andrés estallaron en carcajadas.

Mateo se llevó una mano al pecho.

—Eso dolió.

—Supéralo.

—Está bien. Ahora quiero que me traigas agua.

—¡No!

Mateo sonrió y regresó a su partida.

Valeria volvió a su libro, aunque no pudo evitar sonreír.

Con Mateo todo era así. Siempre encontraba una manera de hacerla reír, incluso cuando estaba decidida a permanecer enojada.

Al cabo de unos minutos, sintió que alguien le lanzaba suavemente un cojín.




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