Siempre has sido tú

No puedo más

A mis casi diecinueve años me di cuenta de que no había experimentado lo que un adolescente promedio vivía a esas alturas de su vida. No había ido a fiestas, no había tenido novio y mucho menos había perdido mi virginidad. Nunca había probado el cigarrillo, tampoco el alcohol y jamás se me habría ocurrido faltar a una clase para escaparme a otro lugar con mis amigos. Me había privado de esas y otras muchas experiencias —ya fueran buenas o malas— por miedo. Y no me refiero al miedo a sufrir algún accidente o consecuencia, sino a decepcionar a mi madre. Tenía ya la mayoría de edad y ni siquiera había dado mi primer beso, ¿y todo por qué?

Miedo.

No me atreví a tener ninguna relación en mi adolescencia por temor a que mi madre me mirara con desaprobación, porque sabía —lo sentía debajo de mi piel— que para ella ningún chico sería lo suficientemente bueno. Casi dos décadas de mi vida desperdiciadas y no me di cuenta hasta que mi amiga Vick preguntó qué pensaba hacer una vez que egresara[1] del bachillerato.

¿Qué iba a ser de mí en el futuro?

No sabía qué estudiar, ni a qué quería dedicarme… No sabía qué hacer con mi vida. O, mejor dicho, lo sabía, pero tenía miedo de hacerlo. Mi madre era una mujer muy especial. Era trabajadora, organizada, inteligente y graciosa —cuando quería serlo—, pero también era muy exigente y perfeccionista. Era controladora. Ella te empujaba hasta el límite, te pedía más y más, lo quería todo a su manera, y cuando creías que lo habías dado todo, que te habías esforzado lo más posible y que al fin habías alcanzado y superado sus estándares, ella venía y te decía que no.

No, no había bastado.

No, no había sido suficiente.

A mis casi diecinueve años, estaba cansada de sentirme siempre tan pequeña en su presencia, bajo su cuidado y ojo avizor. No fue hasta que mi amiga hizo aquella simple pregunta, que lo supe.

—¿Entonces? ¿Qué piensas hacer, Ette? —insistió Vick.

Yo miré las manos entrelazadas sobre mi regazo, tomé una profunda respiración y me armé de valor para decir en voz alta:

—Voy a mudarme. No puedo… No puedo estar más aquí —admití.

Así fue como empezó todo. Vick me ayudó a conseguir un lugar, un piso compartido con un amigo suyo que buscaba un compañero. Al principio me sentí recelosa de compartir espacio con un hombre, pero mi amiga me contó maravillas acerca de él. Un chico alegre, respetuoso, estudioso y sin vicios, aunque algo fiestero y ligón. Creo que fue eso —la suma de sus cualidades y mi desesperación por salir de casa— lo que me impulsó a aceptar. Poco más de un mes después, ya me encontraba mudándome al que sería mi nuevo hogar.

Cogí la pesada maleta que llevaba cargando y con un resoplido la dejé caer dentro del departamento que sería mi hogar por los próximos años. Eso si tenía suerte. El sudor me adhería el cabello a las sienes y mejillas, las cuales sentía calientes, pero me encontraba feliz.

Me sentía liberada.

—Buscaré a Levi —dijo Vick tras de mí.

Incliné la cabeza en un asentimiento y ella se perdió dentro del estrecho pasillo. Aproveché ese momento a solas para estudiar con calma el interior del departamento y me agradó ver que todo estaba en orden. Para ser el lugar de un chico soltero no lucía como había imaginado, sino que todo parecía estar impecable. Los pisos estaban limpios, no se veían envolturas ni cajas de comida rápida en cada esquina ni latas de cerveza… Tal vez lo había encajonado dentro de un estereotipo, pero sin duda no era lo que había esperado.

Me sentí más relajada al saber que estaría conviviendo con un buen tipo, o por lo menos uno ordenado. Lo único a lo que iba a tener que acostumbrarme era a sus constantes entradas y salidas a altas horas de la noche. Cuando Vick me había contado esto, me dije que no sería un problema. Iba a mantenerme encerrada dentro de mi habitación el mayor tiempo posible y no me metería en su camino. Era lo menos que podía hacer para agradecerle que me diera asilo cuando más lo necesitaba. Sería como Casper, un fantasmita amigable.

Escuché murmullos y pasos acercándose de vuelta, así que me preparé para conocer al que sería mi compañero de cuarto. Las manos comenzaron a sudarme por los nervios. ¿Qué tal si cambiaba de opinión? ¿Si yo no le agradaba? ¿Y si decidía que mejor no necesitaba una compañera?

Planté una sonrisa en mi rostro a pesar de mis repentinas inseguridades, pero muy pronto mi gesto vaciló. Observé a mi amiga caminar hacia mí con alguien siguiéndola muy de cerca. Era un chico, y uno muy apuesto, lo cual en lugar de agradarme casi me hizo entrar en un ataque de pánico.

Observé su gesto cuando nuestros ojos se encontraron por primera vez. Por un momento pareció desconcertado, aunque casi de inmediato una sonrisa cálida destelló en su rostro logrando que sus ojos color chocolate se arrugaran en las esquinas.

—Hola —saludó, amable—, soy Levi. Tú debes ser Lucy.

Extendió la mano con seguridad, ignorando cómo las mías temblaban.

—Lucette —corregí—. Uh, sí. Hola.

Tomé su mano y, tras una rápida sacudida, la solté. Vick dio una sonora palmada.

—Bueno, chicos, mi parte está hecha. Luce, llámame si necesitas cualquier cosa. Y Levi… Pórtate bien, no le hagas pasar un mal rato.

Puse los ojos en blanco ante esa advertencia innecesaria. No necesitaba ser protegida, pero mi amiga no parecía creer lo mismo. La sonrisa de Levi creció al escucharla.

—Para nada.

—Bien, entonces los dejo para que se conozcan y para que descanses, Ette. Ha sido un largo día. —Vick se acercó a besar mi mejilla y susurró—: Ya sabes, si necesitas cualquier cosa…

—Te llamo, lo sé —sonreí—. Cuídate y saluda a Erica de mi parte, ¿sí? Gracias por todo.

—No hay de qué, yo le mando tus saludos. —Me dio un rápido abrazo—. Cuídate, Madsen —dijo a Levi.

—Tú igual.

Luego ella se fue y me dejó con mi nuevo compañero de piso. Cuando Levi volvió a mirarme con esos ojos cálidos que parecían sonreír, me dije que todo estaría bien, no tenía por qué suponer un problema para mí. Era atractivo, sí, pero eso no significaba que iba a enamorarme, ¿cierto?




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