Siempre has sido tú

Cosas de la suerte

Cuando llegué al departamento después de haber rendido mi examen lo primero que hice fue dirigirme al refrigerador para comer el pedazo de tarta que había visto en la mañana antes de irme. Tenía una nota encima, donde Levi me deseaba buena suerte en mi prueba y solo eso bastó para que las mariposas despertaran dentro de mi pecho. Él sabía cuánto amaba ese postre y siempre apartaba un pedacito para mí. En ocasiones, incluso aunque no celebráramos nada, él llegaba y me sorprendía con una enorme tarta completa. En esos momentos lo amaba más.

No era de extrañar que últimamente subiera tanto de peso. Claro, no me comía los postres yo sola, Lev también ayudaba, pero él iba al gimnasio y yo no. Yo era un pelín floja. El único deporte que me gustaba practicar era el baloncesto y ya tenía mucho tiempo sin hacerlo. Me dije que debía empezar a cuidarme o muy pronto tendría que rodar en lugar de caminar.

No era vanidosa, no tenía razones para serlo. No era demasiado bajita como para provocar ternura ni tan alta como para causar admiración. Era una chica promedio, una más del montón. Mi piel no estaba bronceada ni tan blanca como la nieve. No era un palillo ni tenía curvas pronunciadas, solo lo justo. A mi parecer, mi mejor atractivo era mi rostro aniñado. De vez en cuando me decían que parecía de quince en vez de mis veintiuno. Tenía unas cejas oscuras y bien delineadas; unos ojos pardos rasgados y pecas repartidas por todo el rostro, cuello y pecho que no me molestaba en tapar con maquillaje; una pequeña hendidura decoraba mi barbilla y me daba un toque peculiar. Estaba a gusto conmigo misma, pero no me sentía como una modelo. Mis caderas eran redondeadas, pero tenía pancita y mis pechos eran pequeños. Una o dos tallas más no me habrían molestado en absoluto. No estaba acomplejada, pero sabía que había muchas cosas que podía mejorar.

Serví el pedazo de tarta en un plato y me senté en la barra para aprovechar el silencio y la tranquilidad que tanto me gustaban. Apenas había dado un par de probadas cuando la música explotó dentro de la habitación de Levi. Sonreí. Solo había una cosa que hacía a Levi poner a todo volumen el reproductor por las mañanas.

—¿Limpieza profunda? —pregunté al verlo entrar a la cocina.

Él me miró, sorprendido y entonces sonrió.

—Sí. Día libre. —Me encontró sentada sobre la barra meciendo los pies por la felicidad que me causaba comer tarta y se acercó con calma—. ¿Qué tal tu examen?

—Pan comido.

—¿Sí? Me gusta oír eso.

Le sonreí y él pasó un dedo por la superficie de mi postre. Se lo llevó a la boca sin despegar los ojos de los míos y enarcó ambas cejas, y mis labios se secaron al ver aquello. ¡A veces quería tanto besarlo! Me preguntaba cómo se sentiría su lengua contra la mía, cuál sería su sabor.

Carraspeé.

—Está bueno, ¿no?

—Mucho. Puedo ver por qué es tu favorito. —Elevó su mano hacia mi rostro y limpió una migaja que se aferraba a la comisura de mis labios. Volvió a llevarse el dedo a la boca y suspiré bajito—. Muy, muy bueno.

Se giró al tiempo que reía y sentí mis hombros relajarse cuando se alejó. Tenerlo tan cerca me ponía tensa, en el peor y el mejor de los sentidos. Lo vi acercarse al gran librero que teníamos y me bajé de la barra de inmediato al ver su deseo por acomodar los libros. Era otro de nuestros constantes pleitos. Yo amaba acomodar los ejemplares por altura —de mayor a menor— y él por color.

Lo vi retirar el primer libro y me puse nerviosa. Ambos éramos unos locos del orden, pero cada uno tenía sus peculiaridades. Yo, por ejemplo, no soportaba ver las diferentes alturas de los libros en desorden.

—¿No crees que se ve más bonito así? —pregunté cuando comenzó a retirar todos los libros rojos. Sentía que me iba a dar un mini ataque cardíaco.

—Por eso tenía la esperanza de que siguieras en la universidad —dijo, con la concentración puesta por completo en las repisas repletas de tomos—. Es más fácil cuando llegas y ves que está cambiado todo.

—No me queda más remedio que resignarme.

La comisura de sus labios se curvó al escucharme y yo fruncí el ceño. No era gracioso.

—Eres tan adorable cuando te enojas.

—¿Adorable? —clamé indignada.

Los conejitos eran adorables, yo no. Yo era... yo.

Levi giró al escuchar mi tono irritado, la sonrisa en su rostro se amplió, y asintió.

—Adorable —repitió.

Crucé los brazos sobre mi pecho y elevé la barbilla cuando él dio un paso más cerca. Solo así podía verlo directo a los ojos. ¿Por qué carajo tenía que ser tan alto?

—No soy...

—Lo eres —me interrumpió. Pellizcó mi nariz y lo alejé de un manotazo. Volvió a reír ante mi arrebato—. ¿Ves? Un minuto estás sentada sobre la barra balanceando las piernas y disfrutando de tu postre como una niña pequeña, y al siguiente eres como un gatito enfadado.

—Ay. Cállate, mejor —gruñí. Yo no quería ser adorable. Esa palabra me hacía sentir como una niña. Volvió a reír al darse la vuelta y continuar desorganizando mi adorado librero.

—Así me encantas —lo escuché murmurar sin dejar de mover los libros de lugar.

Aquellas palabras me hicieron parpadear confundida y preguntarme si no estaba volviéndome loca. ¿Levi acababa de decir que yo le encantaba? ¿Acaso había escuchado mal?

Una pequeña sonrisa tiró de mis labios al pensar que probablemente sí había oído bien y que tal vez, solo tal vez, estábamos a un solo paso de cruzar la última barrera de nuestra preciada y segura amistad.

 

c

 

El sábado desperté con el corazón desbocado y el cabello adherido al sudor de mi rostro. Acababa de tener un sueño demasiado intenso con mi compañero de habitación, y no podía dejar de temblar. Mi pecho se inflaba y desinflaba con cada respiración inestable que tomaba al recordar cada detalle. Miré la hora en mi celular y mascullé un improperio al ver que apenas eran las siete. Fijé los ojos en el techo e intenté conciliar el sueño de nuevo, pero me fue imposible; la imagen de Levi sobre mí volvía a repetirse en mi mente una y otra vez. Podía ver su boca entreabierta, el cabello humedecido que colgaba alrededor de su rostro, sus ojos entrecerrados, su torso desnudo... podía escucharlo respirar con pesadez cerca de mis labios, e incluso podía sentir su aliento acariciar mi rostro.




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