Siete Formas de Sobrevivir

#28 - Un Fantasma en el Pasillo

El enemigo, desesperado, intentaba fundirse con las últimas sombras, pero la linterna del británico lo seguía como un faro implacable guiando a un barco al desastre. Cuando el viejo se separó lo suficiente de Alan y Aiko, Artie abrió fuego. El disparo impactó limpiamente en una de sus piernas; el Duende cayó con un grito seco, privado de su agilidad. En segundos, Artie se abalanzó sobre él y logró someterlo contra el suelo húmedo.

Lucía intentaba ocultar su frustración, pero la sangre que le recorría la frente era un rastro imposible de ignorar. Cuando Alan se reincorporó, evaluó la situación rápidamente; al ver que Artie tenía todo bajo control, fue directo hacia ella.

—¡¿Lu, estás bien?! —preguntó Alan, con la voz cargada de una preocupación genuina.

Lucía lo apartó con un movimiento brusco y, sin decir una palabra, se puso de pie lentamente, evitando su mirada.

—¡Bien hecho! Hicimos un muy buen trabajo —celebró Aiko, apoyando las manos en sus rodillas para recuperar el aliento.

El británico le colocó unas esposas reforzadas y le realizó un torniquete de emergencia al objetivo.

—¡Es hora de irnos! —ordenó Artie. Su voz volvía a ser firme y calmada, recuperando esa flema inglesa que lo caracterizaba.

—¿Qué vamos a hacer con él? —preguntó Alan, mirando al hombre encogido.

—Para mí, lo liquidamos acá y decimos que fue un daño colateral —respondió Aiko con una frialdad que hizo que Alan se estremeciera.

—Che, no me hagan nada... ¿No hay justicia acá? —preguntó el viejo de repente. Todo el pelotón se quedó paralizado. El "monstruo" hablaba, y lo hacía con un marcado acento salteño.

—Así que el enanito sabía hablar —comentó Aiko, recuperando su sarcasmo habitual.

—No podés pedir justicia después de lo que hiciste —sentenció Artie.

—No fue todo mi culpa. Había gente que en serio quería deshacerse de mí. Me llamaban "Pomberito" —respondió el viejo, agitado por el miedo.

—Si querés justicia, empezá por decir tu nombre —dijo Alan, intentando contener el enojo.

—Me llamo Mario. Me decían Don Mario —respondió el Duende. Explicó que tipos raros, gente que nunca había visto, lo habían obligado a dejar su hogar y venir a las minas.

—¡Suficiente! Le contarás eso a los científicos de la OTAN —interrumpió Artie, empujando al prisionero hacia la salida.

Alan buscó la mirada de Lucía. Ella los seguía en un silencio absoluto, con la mirada perdida. Cuando intentó acercarse, una corazonada —una especie de muro invisible— le advirtió que era mejor dejarla sola. Los brazos de Lucía temblaban bajo su chaleco táctico, pero su rostro era una máscara de piedra.

Al salir a la superficie, los pocos militares y el personal de apoyo estallaron en vítores. Habían capturado a la pesadilla de Salta.

—¡Excelente trabajo! Parece que realmente son un equipo —los recibió Samantha con una sonrisa de alivio.

Alan la ignoró. Buscó de inmediato al Dr. Mikhail, preocupado por el golpe en la cabeza de Lucía.

Cuando llegaron a un pueblo cercano para conseguir más comida y bebida y mientras el médico revisaba nuevamente a Lucía por precaución, los ciudadanos de los pueblos cercanos, que habían sufrido los robos y ataques, se acercaron con agradecimiento. Les entregaron ponchos de lana de vicuña tejidos a mano, pequeñas estatuillas de piedra volcánica y bolsas de cuero con hojas de coca de primera calidad. Alan aceptó los regalos con una sonrisa invomoda, mientras veía a Lucía mirar la escena desde lejos, como si ella fuera un fantasma que no pertenecía a ese triunfo.

En el aeropuerto, subieron a Don Mario al avión. Iba con la cara cubierta por una capucha de tela gruesa, custodiado por soldados armados hasta los dientes. De regreso en la cabina, el silencio era denso.

—Ey, Artie. ¿Qué va a pasar con nuestro "pasajero VIP"? —preguntó Alan, tratando de romper el hielo.

—Los científicos del Búnker Cero le harán estudios. Es curioso que diga que lo obligaron. Alguien más está moviendo las piezas —respondió el británico, mirando hacia la zona de carga.

Alan se giró hacia Lucía. Ella miraba a través de la ventanilla, donde las cumbres áridas de Salta empezaban a desdibujarse en la distancia. No hubo quejas, no hubo llanto; solo una lágrima solitaria que recorrió su mejilla antes de perderse en el cuello rígido de su uniforme. Se sentía profundamente impotente. En su mente, ella era quien casi había arruinado la misión, un estorbo que sus compañeros —por lástima o por profesionalismo— simplemente ignoraban mientras festejaban a su alrededor.

El viaje de regreso pareció dilatarse en el tiempo. Lucía sentía que las paredes del avión se cerraban sobre ella; no pertenecía a ese grupo de élite, no pertenecía al búnker, y la brecha entre ella y las personas que la acompañaban parecía ensancharse con cada kilómetro de vuelo.

Una vez que aterrizaron y cruzaron las pesadas compuertas del Búnker Cero, el ambiente era de euforia contenida. Casi todos se dirigieron a la cafetería improvisada para celebrar la captura con algo de comida real y un descanso merecido. Las risas de Aiko y la satisfacción silenciosa de Artie llenaban el pasillo, hasta que Alan notó el vacío a su lado.

Lucía no estaba. No había ido a dejar el equipo, ni a comer, ni a recibir las felicitaciones de los diplomáticos.

Alan, ignorando el hambre y el cansancio, se alejó del bullicio de la cafetería. Sabía exactamente dónde encontrarla. Caminó por los pasillos asépticos hasta detenerse frente a la puerta del cuarto donde estaba la joven federal.

—¿Lu? ¿Estás bien? —preguntó Alan, con la voz cargada de una preocupación que no había desaparecido desde la mina.

—Sí. ¿Por qué no te vas a festejar con tu equipo? —respondió la voz de Lucía desde el otro lado, con un tono cortante que intentaba, sin éxito, ocultar su fragilidad.

—Porque faltás vos para completar mi equipo —respondió Alan, abriendo la puerta despacio.




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