Siete noches de sangre

CAPÍTULO 9: EL TIEMPO QUE TENEMOS

Durante los meses siguientes, la precaución de Varek se convirtió en una obsesión asfixiante. No dejaba que Elara diera un solo paso en el parque sin antes revisar cada sombra y cada rincón del lugar. Algunas noches abría la grieta en callejones oscuros y apartados para recorrer el perímetro a pie; buscaba el más mínimo rastro infernal, un cambio sutil en el aire o cualquier señal de que Uldred o algo peor hubiera descubierto el camino de regreso hacia Cernunnos.

Elara no tardó nada en darse cuenta. Al principio le dio por protestar, entre indignada y divertida, al ver la imagen tan surrealista de un demonio de alto rango revisando los arbustos con la rigidez y la paranoia de un guardaespaldas.

—No me sigas cuando estoy sola —le dijo una noche, deteniéndose en mitad de la grava con los brazos cruzados.

—No puedo garantizar tu seguridad si no controlo el entorno.

—Entonces no te quejes cuando empiece a lanzarte cosas.

Él se detuvo y la miró fijamente. Elara sostuvo la mirada con una seriedad tan absoluta que, por primera vez en su existencia, Varek decidió que aquella amenaza debía tomarse en consideración. No por el daño físico que una mortal pudiera causarle, sino porque comenzaba a comprender algo que durante siglos le habría parecido un absurdo inútil: proteger a alguien no significaba necesariamente decidir por ella. Así que asintió con lentitud y dio un paso atrás.

Uldred, por su parte, cumplió estrictamente las condiciones del pacto. No volvió a dejar su impronta en Cernunnos, no intentó acercarse a Elara ni utilizó la información que poseía para ponerla en peligro. Varek conocía los límites de sus propias facultades, pero desconocía lo único que verdaderamente importaba: qué pediría Uldred cuando decidiera cobrar la factura.

El tiempo fue pasando sin que nadie pudiera detenerlo. La nieve que se había acumulado terminó convirtiéndose en un barro frío, y poco a poco llegaron las lluvias suaves de la primavera. Luego aparecieron esas noches húmedas y pegajosas del verano. En esos meses de calor, Elara dejaba el abrigo en casa, y Varek se daba cuenta que no sabía qué hacer con sus manos cuando ella llevaba los brazos al descubierto. Más tarde, el otoño llegó y pintó el parque de tonos cobrizos, cubriendo los caminos con hojas secas que crujían bajo sus pasos.

Con la llegada del nuevo frío pasó algo para lo que el demonio no estaba nada preparado: el tiempo, de repente, se volvió algo que podía sentir. No ese tiempo raro y eterno del Averno, sino el otro. El de aquí. El humano.

—Hoy es mi cumpleaños —dijo Elara sin previo aviso.

Varek giró la cabeza tan deprisa que el movimiento rozó lo inhumano, haciendo que ella sonriera. Estaban sentados en el mismo banco de madera, bajo la luz amarilla de la farola que los había acompañado durante tantos meses. Elara sostenía un termo metálico entre sus manos.

—¿Sabes qué es un cumpleaños?

—Una celebración anual del nacimiento.

—Entonces sabes lo que significa.

—Sé lo que significa la palabra —aclaró Varek, con su voz grave—. Lo que no entiendo es por qué me lo dices.

Elara cerró los ojos un instante, soltando un suspiro exasperado que se convirtió en una nube blanca.

—Dios. Eres realmente terrible en esto.

—¿En qué?

—En ser una persona.

—No soy una persona.

—Ya —murmuró ella.

Destapó el termo sin prisa y vertió un poco de café en la tapa de plástico. El vapor se alzó entre los dos y se deshizo enseguida en el aire helado de la medianoche.

Varek la observó en silencio. Con el paso de los meses había aprendido que Elara era capaz de sonreír y estar profundamente triste al mismo tiempo, así como también había descubierto que hacer preguntas directas no siempre le garantizaba una respuesta honesta. Aun así, lo intentó.

—¿Te he molestado?

—No.

—Has cambiado la expresión.

—Porque a veces olvido que tú y yo vemos ciertas cosas de manera muy distinta.

—Eso ocurre constantemente.

—Gracias por hacerlo sonar tan romántico.

—No pretendía que lo fuera.

—Ya. Ese también suele ser el problema contigo.

Varek frunció apenas el ceño, sin terminar de comprender qué había cambiado entre ellos. Elara negó suavemente con la cabeza, como si quisiera restarle importancia a la tensión que se había instalado entre ambos.

—Da igual. Coge el paquete de mi bolso.

Él obedeció sin decir nada. Metió la mano en el bolso de Elara y sacó una pequeña magdalena, cuidadosamente envuelta en papel transparente. En el centro habían clavado una diminuta vela roja.

—¿Qué hago con esto?

Elara lo miró, incrédula, sacando un pequeño mechero del bolsillo de su abrigo.

—Dámelo.

Encendió la mecha con un chasquido metálico. La llama diminuta tembló bajo la brisa invernal. Varek fijó su atención en el fuego.

—¿Esto forma parte del cumpleaños?

—Sí.

—Parece poco eficiente.

—Es una vela, Varek.

—Precisamente.

—Mi madre insistía mucho en estas cosas —murmuró con la voz suavizada.

Aquella mención bastó para que Varek apartara los ojos de la vela y se concentrara enteramente en ella.

—¿Ella lo celebraba contigo?

—Todos los años. Decía que los cumpleaños no servían simplemente para celebrar haber sobrevivido otro año.

—Eso es exactamente lo que celebran.

Elara soltó una pequeña risa resignada.

—Yo decía lo mismo.

—Entonces tenías razón.

—Tenía ocho años.

—La edad no invalida un razonamiento correcto.

—No sabes dejar ganar a nadie, ¿verdad?

—No si están equivocados.

Elara lo miró de reojo, negando suavemente con la cabeza antes de retomar el hilo de su pensamiento.

—Mi madre decía que servían para recordar que el tiempo había pasado y que todavía quedaban cosas por hacer antes de que se agotara.

Varek volvió a mirar la llama tambaleante.En las profundidades del Averno, nadie medía la existencia en minutos, meses o años. Allí el tiempo se contaba de otra forma: en eras, guerras abisales, coronaciones y caídas. Los demonios no celebraban haber sobrevivido un año más porque, para una criatura inmortal, un año apenas significaba nada. Existían hasta que algo más poderoso conseguía destruirlos o borrarlos por completo. No envejecían. No contaban inviernos. Los humanos, en cambio, parecían llevar el peso del tiempo en la piel: en la fragilidad de los huesos que se rompen fácil, en el desgaste lento de la piel que se arruga sin que te des cuenta, y en esa llama corta que se apaga enseguida sobre un trozo de pan dulce.




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