Cuando Varek regresó al Averno, el pensamiento que había intentado apartar en Cernunnos cruzó la grieta con él. Esta vez, ni la ceniza suspendida en el aire ni la densidad sofocante de la fortaleza no fueron suficientes. La abertura se cerró a su espalda y el calor seco del Infierno volvió a envolverlo como una mortaja conocida. Los corredores de piedra negra permanecían exactamente como los había dejado: antorchas que ardían sin consumirse en las paredes, arcos de roca tallada donde el humo parecía petrificarse en filamentos oscuros y, a lo lejos, el sonido amortiguado de un grito que ascendió desde las cámaras de castigo antes de perderse en el laberinto de pasadizos. Nada había cambiado en la fortaleza de Kael.
Caminó sin detenerse, oyendo sus propias pisadas retumbando en la piedra. Ya no quería detener el tiempo de Elara. Tampoco pretendía conservarla intacta en un altar de cristal, condenándola a soportar una eternidad amarga y ajena que jamás había pedido. Después de aquella noche en el parque, empezaba por fin a comprender que la mortalidad de ella no era una falla que a él le correspondiera corregir.
Había otra opción. Una fisura escondida en todo lo que creía saber sobre sí mismo. Una respuesta que no dependía de nadie más que de él: su propia eternidad. Durante siglos la había aceptado sin cuestionarla. Era parte de su naturaleza. Nunca se le había ocurrido imaginar algo distinto. Ahora no podía dejar de hacerlo. Pensar en seguir existiendo mientras Elara se convertía poco a poco en un recuerdo apagado le revolvía el alma. No necesitaba regalarle más años a ella. Necesitaba quitarse los suyos. Quería cambiar. Deseaba la capacidad de cambiar, de envejecer, de alcanzar el final inevitable y cruzarlo a su lado si la vida se lo permitía. Sonaba absurdo. Era una idea absurda, tal vez un impulso suicida, pero la palabra imposible había perdido peso hacía tiempo. Y Varek conocía el único rincón del Averno donde terminaban las preguntas que nadie debía formular.
Los archivos inferiores de la fortaleza no aparecían en ningún plano oficial. Kael conocía su existencia, al igual que el resto de los Señores del Averno, pero todos preferían ignorar su presencia guardando un silencio sumamente conveniente. Allí, en la penumbra más profunda y olvidada, se custodiaban los conocimientos demasiado peligrosos para permanecer al alcance de cualquiera, pero demasiado valiosos para ser destruidos por completo: rituales prohibidos, pactos redactados antes de las jerarquías actuales, métodos de invocación extintos y nombres de criaturas que habían sido borradas deliberadamente de los registros.
Varek solo había descendido a aquellas profundidades una vez. Habían pasado casi dos siglos desde que Kael lo envió a recuperar un documento de contabilidad álmica antes de ejecutar a su propietario. Aún recordaba el peso de la puerta, la humedad pegajosa del corredor y sobre todo la presencia del demonio que custodiaba aquel pozo de olvido.
Morven no era exactamente un archivista, ni tampoco un prisionero; era una de esas criaturas demasiado útiles para permitirles morir, pero demasiado incómodas para concederles la libertad.
Varek descendió cinco niveles por debajo de las cámaras de tránsito, allí donde el aire se volvía más pesado a cada tramo. Luego recorrió tres niveles más a través de una escalera en espiral que solo se reveló cuando pronunció una palabra de mando frente a un muro de piedra aparentemente macizo. Al final del pasadizo encontró la enorme puerta de piedra negra, cubierta por símbolos de contención que seguían allí, desgastados por el tiempo pero latentes. No había guardias custodiando el umbral; no eran necesarios, pues la mayoría de las criaturas capaces de llegar hasta aquel nivel poseían también el sentido común suficiente para no intentar abrirla.
Varek apoyó los nudillos contra la piedra y llamó. Esperó unos segundos antes de volver a intentarlo, esta vez con más fuerza.
—Si eres un condenado, vuelve a tu fosa —dijo una voz áspera al otro lado.
—No lo soy.
—Si eres un ejecutor, ya estoy muerto.
—Tampoco.
—Eso deja pocas posibilidades agradables.
La puerta se abrió con un gemido de bisagras oxidadas. Morven era pequeño para los estándares demoníacos, absurdamente delgado, con la piel gris y aferraba a sus huesos casi humanos. Sus dedos largos estaban manchados de tinta negra y dos cuernos cortos e irregulares se inclinaban hacia atrás desde su frente.
El archivista fijó sus ojos oscuros en Varek y echó un vistazo rápido al pasillo desierto.
—Varek.
—Morven.
El archivista entrecerró los ojos, midiendo la presencia del visitante con cautela.
—Han pasado ciento ochenta y siete años.
—Ciento ochenta y nueve.
—Detesto que recuerdes mejor que yo.
—Necesito información.
—Claro —resopló, dándose la vuelta—. Nadie baja ocho niveles solo para preguntar cómo estoy.
El demonio se adentró en la estancia y Varek cruzó el umbral. Había libros apilados en columnas inestables por todas partes, pergaminos atados con hilos metálicos, fragmentos de piedra cubiertos de inscripciones antiguas y astillas de hueso utilizadas como marcadores de páginas. Sobre la mesa principal, una mandíbula humana servía como pisapapeles para mantener abiertos unos mapas astronómicos.