Tras la primera noche de la Desposesión, Varek regresó a sus aposentos convencido de que su organismo infernal apenas notaría la diferencia. Se equivocaba.
Aunque su sangre continuaba siendo una sustancia oscura y densa, pero por primera vez desde su conversión podía sentir el lugar exacto donde la había perdido. No era dolor, al menos no en el sentido en que los humanos utilizaban aquella palabra. Era una debilidad mínima, una sensación de vacío bajo la piel que persistía incluso después de que la herida hubiera desaparecido. Pasó varios minutos observándose la palma. No quedaba ninguna marca. Sin embargo, cuando cerraba los dedos, algo tiraba desde el interior.
Intentó ignorarlo. Se cambió de ropa, revisó los informes acumulados durante su ausencia y retomó las tareas que todavía le correspondían como guardián. Los registros exigían su autorización antes de ser trasladados a las cámaras inferiores, y Varek conocía cada procedimiento, habría podido completarlos sin apenas prestar atención. Aquella vez tuvo que releer dos veces el mismo documento. La sensación persistía. Era pequeña, casi insignificante, pero resultaba imposible de ignorar una vez que reparaba en ella. Su cuerpo había perdido algo. Y no estaba recuperándolo.
Cuando volvió a encontrarse con Morven, el archivista apenas necesitó mirarlo para comprender lo ocurrido.
—Ya lo notas.
—Es una molestia.
—Por ahora.
Morven cerró el libro que tenía delante y señaló un reloj de arena situado junto al círculo ritual. En el Averno no había amaneceres que permitieran distinguir un día de otro, así que había dispuesto que las pruebas se realizaran con intervalos de veinticuatro horas, medidos según el tiempo del mundo humano. Aquel reloj marcaba cuánto faltaba para cada nueva etapa.
—Tu sangre ha empezado a perder la obediencia que le impone tu esencia —explicó—. El cuerpo todavía puede repararse, pero tendrá que utilizar una parte de sus reservas para conseguirlo.
—¿Y qué ocurre cuando se agoten?
—Eso dependerá de cuánto consigas conservar hasta la séptima noche.
Varek miró los granos oscuros que descendían lentamente dentro del cristal.
—Podrías ser más específico.
—Podría. Pero tendría que mentirte. —Morven se levantó de la silla—. Tenemos que preparar el siguiente círculo.
Varek siguió su mirada. Sobre la piedra aguardaban siete cuencos de bronce. Cada uno contenía una llama distinta. La segunda noche estaba a punto de comenzar.
Morven había colocado los siete recipientes alrededor del círculo principal, separados por símbolos grabados directamente sobre el suelo. El fuego de cada cuenco procedía de una fosa diferente del Averno. Algunas llamas ardían de un rojo intenso; otras tenían reflejos azulados o desprendían un resplandor casi blanco. La última apenas levantaba unos centímetros sobre el borde del recipiente.
Uldred caminó alrededor de los cuencos con pasos lentos, contemplando el fuego con una curiosidad que no se molestó en disimular.
—Espero que no pretendas que se las trague —comentó con su habitual tono burlón.
Morven ni siquiera levantó la cabeza de los trazos de sal negra que estaba ajustando.
—Si no puedes permanecer callado, puedes esperar fuera.
—Estoy intentando comprender el procedimiento.
—Llevas toda la tarde haciendo preguntas estúpidas.
—Y tú llevas toda la tarde evitándolas. Empiezo a pensar que tenemos un problema de comunicación.
Su atención permanecía fija en las llamas. Había utilizado el fuego infernal durante siglos. Formaba parte de su naturaleza de una manera tan profunda que nunca había necesitado pensar en él. Bastaba con quererlo y aparecía. Su cuerpo reconocía el impulso antes incluso de que terminara de formularlo.
Morven se acercó al borde del perímetro grabado.
—Esta noche no vas a destruir las llamas.
—Has dicho que debía apagarlas.
—Y eso harás. Cada una está vinculada a una parte de tu fuego. Cuando las extingas, perderás el acceso a aquello que representan.
—¿Puedo elegir el orden?
—No.
—¿Por qué?
—Porque las siete deben apagarse desde la más superficial hasta la que sostiene tu núcleo. Si empiezas por la última, el fuego intentará regresar a su origen y te consumirá desde dentro.
Varek asintió despacio, grabando la regla en su memoria. Morven dio dos pasos atrás, dejando el espacio despejado.
—Empieza.
Varek extendió la mano derecha hacia la primera llama. Ni siquiera necesitó rozar el metal: el fuego se inclinó hacia su palma, sumiso y obediente, apagándose de golpe. Una ligera presión atravesó sus nudillos, pero no sintió nada más. La segunda llama ofreció algo más de resistencia; chisporroteó contra la piel de su mano y proyectó diminutas partículas incandescentes antes de tocar el suelo. Varek apretó los dientes, concentró su voluntad hasta que la llama cedió.
La tercera reaccionó de forma distinta. En cuanto intentó dominarla, el fuego se alzó de golpe y se introdujo en su pecho. Varek retrocedió tambaleándose mientras el calor le abrasaba los pulmones por dentro, obligándolo a doblarse sobre sí mismo. Tosió una bocanada de humo oscuro que le quemó la garganta.