Siete noches de sangre

CAPÍTULO 13: LA ORDEN FALSIFICADA

No había dado diez pasos por el corredor de piedra cuando sus pies se detuvieron. El eco de sus botas se apagó contra las paredes húmedas. Uldred continuó unos metros antes de notar el silencio a sus espaldas. Se giró, entrecerrando los ojos.

—¿Ahora qué?

—Has mencionado mis firmas.

—Una observación razonable, considerando que revisan los registros de tránsito —replicó Uldred, encogiéndose de hombros.

—¿Qué registros?

—Los de los últimos quinientos años. Ya te lo dije.

—No —interrumpió Varek, dando un paso al frente—. ¿Qué registros han requisado exactamente?

Uldred perdió la sonrisa y su mandíbula se tensó.

—Los de las cámaras orientales —admitió en voz baja—. Los libros de acceso, las autorizaciones de traslado y las ejecuciones extraordinarias.

Varek permaneció inmóvil. Aquellos documentos no formaban parte de una revisión de rutina; eran archivos reservados, ajenos a cualquier inspección administrativa.

—¿Quién autorizó la inspección?

—Kael, por supuesto.

—¿Quién la dirige?

Uldred dudó un instante antes de responder.

—El Señor Malachar.

Una punzada de inquietud recorrió a Varek. Conocía ese nombre a la perfección: Malachar llevaba siglos al frente de las investigaciones internas del Averno; era una criatura antigua y desprovista de compasión, con rango suficiente para interrogar a comandantes de alto nivel y ordenar disoluciones provisionales cuando consideraba que una investigación corría peligro. No era un enemigo declarado de Kael, pero tampoco era un servidor cuya lealtad pudiera darse por supuesta; respondía únicamente a la preservación del orden.

—Malachar no debería tener acceso a esos registros —murmuró Varek.

—¿Por qué?

Varek no respondió. El silencio entre ellos se tensó. El otro demonio suspiró.

—Ah. Ahora sí que me estás preocupando.

Varek desvió la vista hacia el pasillo sombrío que conducía a las galerías superiores.

—Necesito comprobar algo.

—¿Qué cosa?

—Si las órdenes proceden realmente de Kael.

—Eso sería una acusación grave.

—Todavía no he acusado a nadie.

—Pues procura que siga siendo así hasta que sepamos qué ocurre —advirtió Uldred en voz baja.

Varek se puso en marcha por el corredor sin esperar más.

Los archivos de tránsito ocupaban una de las galerías más antiguas de la fortaleza, un entramado de bóvedas de piedra negra cubiertas de polvo. Varek conocía el lugar mejor que nadie. Durante siglos había usado esos registros para alterar rutas de patrullas y ocultar operaciones confidenciales ordenadas por Kael que jamás se registraron oficialmente. Otras, las más recientes, habían servido para borrar el rastro de sus viajes a Cernunnos, el mundo mortal.

Solo Varek conocía la diferencia entre el deber reservado y la traición. Si alguien revisaba los documentos sin las instrucciones secretas de Kael, encontraría irregularidades suficientes para justificar una ejecución inmediata.

Al llegar a la entrada del archivo, dos inquisidores de la división de Malachar le cortaron el paso.

—Comandante.

Varek observó los sellos de bronce oscurecido que llevaban prendidos sobre el pecho; pertenecían sin duda a la división judicial de Malachar.

—Necesito consultar los registros de las cámaras orientales.

El inquisidor situado a su derecha vaciló un instante antes de dar un paso al frente.

—Fueron retirados por orden del Señor Malachar. Nadie puede acceder a ellos sin autorización.

—Soy responsable de parte de esos traslados.

—Precisamente por eso, comandante, debo pedirle que solicite una autorización.

El silencio se volvió incómodo. En otro momento, Varek lo habría apartado por la fuerza. Pero las tres primeras noches de la Desposesión le habían arrebatado el fuego y las sombras; su sangre ya no respondía con ferocidad y el esfuerzo le provocaba una presión punzante bajo las costillas. No podía permitirse llamar la atención ni desatar un enfrentamiento.

—¿Quién firma las autorizaciones? —preguntó.

—El propio Malachar.

Varek asintió lentamente, asimilando la trampa. Si Malachar controlaba los documentos y decidía quién los consultaba, cualquiera que apareciera en ellos quedaba a su merced.

—Entendido.

Dio media vuelta. Descendió por una escalera secundaria hasta una sala de comunicaciones subterránea y desierta donde se conservaban copias parciales de las órdenes de la fortaleza. Encontró dos gruesos libros abiertos sobre una mesa de piedra: las autorizaciones de Kael y las órdenes de Malachar.

Varek comparó ambas listas línea por línea. Las primeras entradas coincidían. Siguió bajando con el dedo hasta que se detuvo ante una discrepancia.




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