RESISTIRNOS AL OTRO
Elena
Hace 2 años
Otoño de 2024.
Murgia, Álava (País Vasco)
El mes de octubre llega y la rutina me invade. Siento como si todo de repente encajara y la verdad es que vivir aquí en el pueblo me está gustando mucho. Me siento acogida, valorada y los niños son todos maravillosos.
Dejo al último de los niños con su padre y camino de vuelta a mi clase. Al llegar a mi clase recojo las cosas que los niños han dejado sin colocar, rotuladores mal puestos, papeles en el suelo, los libros de la biblioteca mal colocados… Borro la pizarra con las sumas con llevadas que hemos estado trabajando durante el día y apago el ordenador y la pizarra digital.
Termino de guardar mis cosas en mi bolso cuando mi móvil vibra. Lo cojo y veo que me han mandado un mensaje.
“¿Cómo te ha ido la mañana con los pequeñajos?”.
El mensaje de Unai me saca una sonrisa. Desde las fiestas me manda todos los días un mensaje de buenos días y de buenas noches. Prácticamente hablamos a todas horas. Se ha empeñado en que volvamos a retomar la relación de amistad y aunque no soy de muchas palabras, porque aún me cuesta, siempre consigue que sonría.
“Muy bien. Hoy hemos estado repasando las sumas con llevadas y hemos trabajado los animales terrestres. Tú idea les encantó”.
Dejo el móvil encima de la mesa, me pongo la chaqueta y cuando estoy cerrando la puerta me llega otro mensaje de él.
“Me alegro un montón. Seguro que se lo han pasado genial. ¿Qué planes tienes para esta tarde?”.
Camino por los pasillos hasta la salida mientras leo su mensaje. Voy bajando las escaleras de la entrada escribiéndole, pero antes de darle a enviar miro hacia arriba, por si hay alguien en la calle con el que pueda chocarme.
Al hacerlo me encuentro a Unai apoyado en la barandilla de las escaleras, con los brazos cruzados y con la mirada puesta en mí.
Me quedo a medio camino en las escaleras, sorprendida por su presencia. No me lo esperaba encontrar aquí. ¿Qué está haciendo aquí? Al ver mi cara sonríe ampliamente.
Se incorpora de la barandilla y sube las escaleras que faltan para pararse a mi lado. Inclina su cabeza y deja un beso sobre mi frente.
—Hola, pequeña —me susurra.
—Hola —consigo decir aún sin poder creerlo—. ¿Qué haces aquí?
Unai no me contesta, en cambio, me acaricia la mejilla con un dedo y planta sus ojos en los míos.
—¿Te he sorprendido? —me pregunta y yo solo consigo asentir—. Bien, quería darte una sorpresa. ¿Tienes planes para esta tarde? —vuelve a preguntar lo mismo que por mensaje.
—No —respondo esperando ver cuáles son sus intenciones.
—Perfecto, pues ya tienes —me coge el bolso del colegio del hombro y se lo cuelga él.
—¿Qué? —lo sigo bajando las escaleras—. ¿No tendrías que estar en Bilbao? ¿No tienes que entrenar?
—No y no —me responde a las dos preguntas—. Tengo el finde libre.
—¿Y has decidido pasar el fin de semana aquí? —consigo ponerme a su altura, pero se para para mirarme.
—Sí —dice con esa sinceridad brutal que últimamente le caracteriza—. Te echaba de menos.
Me deja descolocada por sus palabras y él sigue caminando. Tras unos minutos, lo sigo.
—¿A dónde me llevas? —dejo el otro tema aparcado porque no puedo lidiar con eso en este momento, no sería capaz de conectar dos ideas coherentes, por lo que inicio una conversación que sea más fácil de llevar.
—Primero a tu casa a dejar todas tus cosas y después, no sé, nos perderemos por ahí, como hacíamos siempre.
Sonrío ante sus palabras, esos siempre eran nuestros mejores planes.
***
Terminamos con un picnic junto al río. Al principio el silencio era nuestro compañero, pero después Unai se tumba en la hierba y todo cambia. La conversación fluye, me pregunta por el trabajo, por las clases de baile, hablamos de su familia, de la mía, de los entrenamientos…
Casi siento que éramos otra vez nosotros y que todo lo que había ocurrido durante los últimos diez años no había ocurrido, que todo estaba bien.
Después de un rato me tumbo en la hierba, junto a él y miro al cielo, a las estrellas. Una brisa helada nos pega fuerte y por instinto me pego a su cuerpo, buscando calor. Unai pasa su brazo por encima y me abraza, pegándome a él.
—¿Tienes frío? —me pregunta cuando siente que tirito por el frío.
—Estoy bien, tranquilo.
—¿Seguro? —pregunta girándose para mirarme—. Nos podemos ir si quieres.
—No, me gusta estar aquí y ver las estrellas.
—A mí también —su voz es baja y grave provocándome un cosquilleo por todo el cuerpo.
Se pega aún más a mí y deja un beso sobre mi pelo. Nos quedamos así, abrazados, mirando a las estrellas.
***
Unai me acompañó hasta casa y después se marchó a la suya. No insistió, no habló del tema, no tuvimos esa tensión de las últimas veces. No hubo nada. Respetó lo que le pedí, pero ahora, tumbada en la cama echo de menos esos momentos.
***
Unai se quedó todo el fin de semana y para mi sorpresa no fue su persona lo único que trajo. A la mañana siguiente de esa tarde-noche me encontré con Ane sentada en mi cama, mirándome fijamente, esperando a que me levantara. Los tres pasamos un fin de semana increíble, sobre todo Ane, le encantaba pasar tiempo con sus tíos como siempre nos decía. Y los dos… No tuvimos otro momento para los dos solos, pero no nos importó, pasar el tiempo con la renacuaja nos daba vida a los dos.
Cuando el domingo se marcharon me dejaron un vacío dentro. Prometí a Ane que la visitaría pronto y en cuanto a Unai… Me dio un abrazo largo, posó sus manos en mis mejillas y depositó otro beso en mi frente.