Sigue Las Estrellas

Capítulo 11 Alizza, Y El País De Los Makinthon

Alba miró el reloj mientras daba las últimas puntadas en su máquina de coser. La tía Tula colocaba los detalles en pedrería que le daban ese toque majestuoso. Un vestido en tonos azules, la falda en capas caía elegantemente. La señora Alba se había lucido. Todo un derroche de talento, clase y belleza.

—Este vestido quedó hermoso, mucho mejor que el que el viento se llevó.

—Esperemos que a Alizza le encante, y gane muchos premios esta noche.

Alba se persignaba.

—Que pasen los ángeles y digan amén.

Tomando la bolsa especial de cierre, lo empacaba con las zapatillas, el estuche de joyería y el perfume de Tula.

—Doblemos los dedos y que la suerte la acompañe —dijo la tía Tula.

—Que el destino confabule a su favor —dijo Alba, tomando el paquete en sus manos. Rodfer llegaba a tiempo. Un viaje en moto a la tienda, sería cuestión de minutos.

La tan esperada fiesta de Makinthon había llegado y las emociones explotaban. Se arreglarían en los vestidores y contarían con dos maquilladoras y estilistas, y té de tres sabores, cortesía de Borlando.

Alizza miraba su reloj.

—Creo que mi madre llegará a tiempo.

Lucy suspiraba.

—Siento mucha armonía y paz interior en tu ser. Qué lindo que tengas esa energía tan potente.

Soledad y Estela se miraron por largos segundos.

—Querida Lucy, esta noche en la fiesta no comas hongos ni cosas raras, quédate en la mesa junto a nosotras, y menos se te ocurra andar con ese frasquito de esas cosas verdes… Mantén esos chakras en su puesto.

—Ay, qué cosas tan chistosas que dices. Mis frasquitos están en buena onda, relájate, hermana, es solo una fiesta.

—No es una fiestecita, es todo un derroche... de belleza —dijo Tayjili, llegando con su vestido en la bolsa, recién aterrizado de la lavandería.

— Soledad, ¿y tú qué vas a lucir esta noche?

—Un vestido común y corriente... este... —abriendo la bolsa, las miradas se posaron en él.

—Siento como que te oscurece tu aura, te quita luz, hermana. Créeme.

—Será porque es un vestido oscuro —Soledad frunció el ceño.

Una voz del exterior llegaba a ellas.

—¡Seño Alizza, seño, su madrecita la busca! —anunció Homir, uno de los chicos de seguridad.

Alizza suspiró. Por fin su tan esperado traje estaba en sus manos.

Teresa sonreía.

—Bien, chicas, les ayudo con los peinados. Soledad, una moña antigua te quedaría perfecta.

—Yo quiero una, pero moderna —Lucy extendía sus manos mientras formaba corazones e invitaba a todas a dar mucho amor. Estela la miraba. Sinceramente, la chica estaba de terapia, o eso parecía.

Después de hora y media, el grupo salía rumbo a El País de los Makinthon, el cual no quedaba en un mapa. Quedaba en la avenida principal, con alfombra roja, luces que parecían de Hollywood y un letrero que decía: “Aniversario 50 – Brillando con esplendor, Makinthon es tradición”.

Alizza llegó en taxi. No en carroza, en taxi, porque el bono se había ido directo a la refacción de casa. Y llevaba el vestido mamahija. Una moda inventada por su madre. Manga tres cuartos, estampado en los bordes como dijo Alba, falda en capas que al caminar hacía fshhh, fshhh, cosido con la vieja máquina que habían sacado de debajo de la cama. Y Alba, la diseñadora estrella de la familia Trenton.

En la puerta, Borlando las revisó como si fuera aduana. Tomaba lista y ordenaba al grupo.

—Alizza Trenton... sección Luces... ¿esa tela es...?

—Es estilo mamahija, jefe. Patentado por mi madre.

—Interesante... muy... artesanal. Pase, pase, que la matriarca Lucille Makinthon ya está por aparecer.

Adentro, el País de los Makinthon era otro mundo. Gente con copas, vestidos que costaban lo de la remodelación completa de la casa Trenton, meseros con bandejas que no se caían y, al centro, una tarima con tres maniquíes vacíos para los tres mejores atuendos. Premio: bono doble, foto con la matriarca y mención en el catálogo anual. El vestido ganador, en vitrina principal y un regalo sorpresa.

Lucy apareció corriendo, vestida de verde cobalto, con sombrero y todo.

—¡Alizza! ¡Hermanita de luz! Mira, yo me puse mi vestido de jardinería con poder. Le puse romero para espantar a Borlando. Amén.

—Lucy, te ves como si fueras a vender el jardín entero —exclamó Teresa.

Al llegar a la mesa reservada para ellas, Tayjili dijo entre risas:

—Es que hoy no vendemos, hoy soñamos.

Soledad llegó detrás, con su esferita de nieve en la cartera.

—Tengo sed —su mano atrapaba una copa de vino.

—Por nosotras, las fieles vendedoras, las estrellas, las luces, las damas Makinthon —Teresa chocaba su copa con la de sus compañeras.

Las luces bajaron. Un redoble. Y apareció la familia Makinthon en toda su elegancia.

—Ay, miren qué lindos, qué bellos, todos lucen vestidos Coqui Chanel, y aquel es un Versace, y la abuela... vestida con CH... me siento como Alicia en el país de las rebajas...

Sus compañeras la miraron al mismo tiempo.

—Relájate, toma un vinito y haz silencio, el evento va a empezar. No digas nada, y sonríe, como maniquí de feria.

Alizza le tomaba la mano. Era mejor estar al pendiente o les haría perder la cabeza.

Los vestidos elegidos hicieron su desfile por la alfombra. Alizza, cual modelo parisina, con donaire. Lucy ondeaba su falda con ramitas de romero, algunos lo encontraron chistoso, y no era para menos. Soledad, fría como la noche, oscura como casa sin luz, sin ton ni son, a su ritmo. Teresa y su vestido tigresa con capa y abrigo parecían salidos de un safari. Tayjili con traje Brasil, “lalala, lala, lala... en nota musical”. Estela, traje a rayas blanco y negro, sombrero de copa y cartera roja, podía hacerle competencia al sombrerero loco. Y claro, otras tres vendedoras más que desfilaron sin dejar de sonreír. Entre ellas Olivita Olivares, con un traje que, madre mía, pesaba tanto que por poco se iba de costado.




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