Sigue Las Estrellas

Capítulo 12 No… No Todas Las Letras Son Escarlatas

Alba contaba los pasteles que entregaría en la tienda Makinthon y los alrededores. Ciento cincuenta para ser exactos, pero se llevaría también los que estaban por salir. El negocio caminaba bien y, a ese paso, quizás en el futuro un pequeño local le fuese anexado como una bendición.

El señor Robin tomaba su lonchera dando las gracias a su esposa: arroz verde, pollo en salsa de vino, ensalada y patatas fritas. Eso sí, el postrecito, duraznos en almíbar. Alba sonreía al verlo partir. Después de tantos años casados, su marido portaba su lonchera con orgullo.

— Mi marido es todo un príncipe azul —

Tula hizo su aparición.

— ¡Cuñada, mira estos frasquitos! Los compré al mayoreo, hermosos, delicados y finos. Mis perfumes se verán llamativos. Ya tengo la marca: “Tú & Te”, mi inicial y mi apellido. ¡Soy una genio!

— Sí, lo eres. Qué bueno que estés tomando las riendas de tu vida, te da madurez y disciplina —

Tula se lanzó a los brazos de su cuñada. Por fin ella, una solterona que solo quería divertirse, encontraba vocación y el destino a seguir.

El señor Robin pulsó el timbre por segunda vez. Al cabo de tres minutos, una mujer de traje blanco y negro abrió la puerta.

— Señor Robin, le esperan en el estudio.

Caminaron por el amplio jardín. Al llegar al vestíbulo, la mujer le indicó la puerta.

— Señor Lanverde, muchas gracias por recibirme.

— Señor Robin, es un gusto verlo. Leí su propuesta, no le niego que es bastante atractiva, pero recuerde, soy ahora un escritor famoso, reconocido, mis lectores me dicen que... — Robin miraba los labios del señor Lanverde moverse, pero no lo escuchaba. Solo miraba cómo se paseaba y pavoneaba de las ventas en Emix, donde sus novelas digitales tenían números muy altos, y ni qué decir de su novela Amar y frenar. Un exitazo. Robin buscó en su celular: tres mil ventas. No era un exitazo, no era una mala cifra, pero la propuesta que él le ofrecía era realmente muy buena. Era un buen escritor, y era altivo, soberbio y arrogante, y eso a veces juega en contra.

— Como verá, señor Robin, no me ofrece algo digno de mí. Si quizás me dieran algo más atractivo...

— Señor Lanverde, la propuesta ofrece que su libro esté en las grandes librerías, en físico, talleres, charlas y cinco países donde usted podrá exponer y firmar autógrafos, además de un buen porcentaje de sus regalías, bonificaciones y sus dos próximos libros apadrinados por “Print Panther Book”. Nosotros le acercamos al público, y usted abre su corazón.

— Hoy en día en internet todo llega a donde uno quiera.

— Pero internet no da abrazos, pluma que firma, ni contacto real con sus lectores.

— No me interesa por ahora.

— Bien, no le quito más tiempo, perdone mi insistencia y le deseo muchos éxitos.

— ¿Se siente frustrado? — Lanverde miró con desdén.

— Oh, no, para nada... ¿Ha escuchado eso de “Dios escribe torcido en renglones derechos”?

Lanverde, con superioridad, levantó el dedo, como si diera cátedra.

— No. La frase real, en su idioma original, es “Deus escreve direito por linhas tortas”. Yo siempre la cito. Es pura.

Robin lo miró tranquilo, sin inmutarse:

— La conozco, pero piense: Él escribe torcido porque para nosotros el renglón está derecho. Pero cuando le das la vuelta, la escritura es perfecta, ordenada, y era el renglón quien estaba mal. Cambia algo “malo” en bueno... siempre sigo la luz.

El señor Robin se despidió y le dio un caramelo al señor Lanverde, quien se quedó observando al hombrecillo. Parecía hasta feliz, sin ningún rastro de amargura. Al parecer, él era el renglón chueco.

Robin tomaba su café después de un día de caminar, vender tres libros, dos diccionarios ilustrados y conseguir dos buenos clientes. Las gotas de lluvia caían. Suspiró.

"Las gotas de lluvia anuncian algo entre manos", eso decía su madre cuando era pequeño.

Mientras esperaba sentado en el banco de la parada del autobús, un chico se acercó. Su paraguas en mal estado y su bolso protegido por una bolsa azul llamaban la atención.

— Señor, permítame hacerle compañía, y de paso le sugiero una lectura, mire...

El chico extendió ante él un librito. Eran fotografías acompañadas de frases, no de esas que uno repite a diario y que hasta cambia cuando no las recuerda bien, eran de aquellas que tocan y se quedan. Al ver que sus ojos recorrían el librito, el chico extrajo una cajita.

— Mire, por hoy, por tan solo 12 dólares, seis hermosos cuentos. Yo los dibujé. Las historias animan a trabajar en equipo, como una gran familia, una comunidad, un barrio o sencillamente desconocidos dándose la mano.

Robin miró los libritos, la caja hecha de material reciclado, los tonos, las historias, miró el cielo... ¿acaso una línea empezaba a escribirse en un renglón aparentemente derecho?

Robin sacó su tarjeta y dijo sonriendo:

— ¿Deseas ser firma exclusiva?

Esa noche en casa, mientras cenaba algo ligero, narró la historia de Lanverde y el chico. Eran dos renglones muy diferentes. Alizza se puso de pie como un resorte.

— Papá, organicemos una feria y hacemos un stand con sus dos libros. Podemos pedirle a Rodfer que haga de DJ, mamá hará postrecito y yo haré las invitaciones. Del salón de eventos de la tienda yo me ocupo.

Todos asintieron. Por eso los días venideros fueron una locura. Alizza consiguió el salón, la matriarca Lucille apoyó la iniciativa invitando a clientes y amigos al lanzamiento. Robin, después de enseñar el libro y la iniciativa a sus jefes, logró que aprobaran imprimir tres mil copias de cuentos y el libro de fotografías, más las que llegarían a las librerías del país.

Robin llegó a casa esa noche, a un día del lanzamiento.

— Me siento renovado, la luz me acompaña donde voy.

Alizza asintió. Rodfer enseñaba la música que tocaría, y Alba y Tula tenían todo listo: decoración, bocadillos, bebidas y, lo mejor, reciclado y convertido en el mundo animado del chico Torrence.




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