Sigue Las Estrellas

Capítulo 13 La Señora Dilcy No Es Loba, Pero Duerme En Armario

Y nuevamente, un apagón dejaba la casa Trenton a oscuras. No por falta de pago, por falta de fusibles nuevos.

Alba fue la primera en notarlo. Robin dormía a pierna suelta, Tula hablaba dormida y Rodfer, con su selección de lluvia y truenos para lograr un sueño profundo, ni cuenta se había dado.

— Qué efectivo tratamiento para el problema del sueño — pensó Alba al echar un vistazo y cerrar la puerta de su habitación mientras caminaba linterna en mano.

Mientras ponía el agua para el café, música country a volumen moderado, por suerte la bocina la había cargado el día anterior. Alan Jackson, para ser exactos, su amor platónico del cual colgaba un afiche enmarcado en la pared de la cocina vintage, acompañaba su faena mañanera. Mientras horneaba, seguía la voz de su amada estrella con pasos de baile y movimientos dignos de toda una señora profesional en la materia. “Livin' on love, buyin' on time” Excelente canción para iniciar el día y hornear pasteles.

Alizza caminaba por el pasillo rumbo a la reunión de personal. Borlando, con sus consignas y frases de político en campaña, lanzaba sus anuncios:

— ¡Tenemos Bazar de precios para todos tus gustos!

Soledad hizo tres aplausos, Lucy se levantaba con el puño en alto.

— ¡Oh, amén, recibido! ¡Bazar de luz y constelaciones de estrellas!

Teresa aplaudía como loca, Tayjili revisó la lista lanzando un:

— ¡Objeción!

Y Olivita Olivares se retocaba el labial, acomodando sus mechones. Otros seis más aplaudían a medida que Borlando nombraba más productos, y Estela sorbía su cajita de juguito.

Alizza suspiraba. De fondo sonaba, imposible de ignorar: “Sigilosa al pasar, sigilosa al pasar, esa loba es especial, mírala caminar caminar” moviendo sus dedos al ritmo.

Recordó que a las dos y media de la mañana, al despertar y mirar por la ventana, una lucecita se movía de un lado a otro en la casa diagonal a la suya. Era precisamente en el ático, de esos que todas las casas de esa zona tienen. Se encendió tres veces, se deslizó cinco y volvió a repetir, luego se perdió.

Y mientras Borlando arengaba al grupo con su:

— ¡Tropa Makinthon unida, repitan conmigo, jamás será... vencidaaaa!

Lucy encendía su vara de incienso lanzando la suya:

— ¡Aleyuyaaa... tropa amiga, abrazo, luz y familia!

Soledad rociaba con su spray de manzana tropical cerca de la varita con olor a canelita. Y una Alizza distraída armaba la escena de una luz en un ático a esas horas, encendiéndose y apagándose, mientras caminaba rumbo a su sección. Y la melodía, con las palabras exactas, retumbaba por los altoparlantes: “Una loba en el armario tiene ganas de salir…”

En casa esa noche, sin luz, pero con filetes a la plancha, papas al vapor y ensalada, Alizza comentaba sus sospechas y teorías. Rodfer lanzó una idea: vigilar esa noche y planear lo siguiente.

Robin meneó la cabeza, pero tenía razón Alizza. ¿Y si algo estaba pasando en la casa de los extraños vecinos?

Por eso, esa noche Rodfer y Alizza se quedaron al pendiente. Y nuevamente, esta vez con mayor insistencia, la luz se movía por la pequeña ventana del ático. Se agitaba haciendo círculos, prendía y apagaba.

Rodfer miró a Alizza y tomó un sombrero de su habitación. Alizza alumbró con su pequeña linterna.

— ¿Qué haces? — preguntó ella.

— Ya sabes, iré a echar un vistazo, al estilo... churururú... Inspector Gad, churururú... uh uh — dijo Rodfer mientras se colocaba el gabán negro de su hermana, el sombrero y los lentes para dar una ronda.

En el desayuno familiar, Alizza les comentó a sus padres lo de la luz y Rodfer contó que había estado espiando. Le pareció extraño ver al señor Drum regando el jardín a esa hora con la radio encendida. La casa estaba a oscuras y una persona había encendido la luz del ático, el reflejo en la pequeña ventana se veía bien.

— Robin, estuve mirando nuestra agenda — dijo Alba —. En esa casa viven los Sterling, la señora Dilcy. Hace días que no riega el jardín, pero este siempre está podado. El pequeño farol lo encienden en punto de las siete, los chicos salen a tomar el autobús escolar y las rosas del costado de la casa están marchitas, sin podar. Algo no cuadra.

— Bien, entonces vayamos a vender libros. Alista mi caja de cuentos y colores y todo lo que podamos — dijo Robin.

Rodfer asintió. Irían con todo, hasta llegar al fondo de aquel asuntillo. Robin y Alba, con su cartapacio de sabiduría, averiguarían.

— Mamá, me uno al plan, iré con mi hermano y trataremos de subir por la parte posterior del jardín. Ustedes serán los vendedores estrellas - dijo Alizza, consultando su reloj. Enviaba un mensaje a Borlando, el cual respondía que se le rebajaría un no sé cuántos por ciento de algo. Alizza apagó el teléfono, se calzó sus tenis, jean y camisa de cuadros.

La familia salió rumbo a sus roles. Robin tocaba la puerta, Alba con su carrito lleno de libros y Tula con su mapamundi. Después de tocar tres veces seguidas, un hombre con cara de pocos amigos abría la puerta medio misterioso. Robin lanzaba su primer eslogan:

— ¡Usted es nuestro cliente afortunado!

Alba sacaba rápidamente libros y colores y de todo lo que había en su carrito, y Tula lanzaba papel de fiesta, lo que hizo al hombre abrir la puerta y pedir que no lanzara más. Dos chicos tímidos y asustadizos asomaron y, con agilidad, Alba exclamó:

— ¡Oh, miren qué lindos chicos, tenemos descuentos en libros para pintar y también traigo colores!

Sin más ni más los tomó del brazo, Tula tiraba más papel de fiesta y el hombre discutía que no tenía idea de ningún sorteo sorpresa ilustrado, o como diablos se llamara, aparte de estar invadiendo su casa. Alba sacó un silbato que dizque estaba de regalo con un librito, mientras los hermanos hacían lo suyo: trepar y meterse en casa ajena por un espacio del patio trasero y colarse por fin en el misterioso ático.




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