El fin de semana por fin llegó, y como siempre, las noticias no tan buenas llegan más rápido que cartero con nota en mano. La abuela Trenton llegaba a las ocho y media en punto.
Alizza, Rodfer y Alba se quedaron mirándose las caras, el reloj de cocina marcaba las siete y media de la mañana.
— Mamá… ¿y esa era la noticia buena de hoy? —bostezó Alizza.
Porque su día libre ya tenía destino: ir con la abuela de compras, mercar, hacer galletas, lavar cortinas, sábanas, cubrecamas y de paso ponerse a cocinar, como si fueran a alimentar un batallón, ir a la iglesia al día siguiente, buscar su viejo himnario “Semilla Preciosa” y, como si fuera poco, soportar preguntar por el bueno para nada de Tomy. Hasta era capaz de invitarlo a cenar. Y rematar con paseo familiar el domingo.
El paseo era costoso, pero con aires de pobreza obligada.
Rodfer bebió su tercera taza de chocolate en leche, después de varios meses.
— Mamá, creo que estamos como la casa de Fernando.
— ¿Y quién es ese… dónde vive? —Alba ingenuamente pensaba en un señor vecino.
— La casa de Fernando es donde todos van entrando y a quedarse de largo.
— Ay, Rodfer, no lo digas en voz alta.
Alizza miró su reloj, siete y media, hora de bañarse y arreglarse cual estrella. La abuela revisaría y criticaría hasta el último rincón de casa, y ya sabemos que toda casa tiene ese último cuartito, el de recolección de todo y nada en servicio. Robin gritaba desde el patio.
— Volemos, mamá dice que en cuarenta minutos ya está en casa.
Alba relajó sus hombros.
— Qué bueno que anoche limpiamos con Tula, vístanse bien, y llévenle la cuerda.
— O sea, ¿la abuelita le gusta hacerse la loquita?
— No, le gusta hacerse la pobrecita… aunque es rica. Todos corrieron a vestirse cual familia de porta retrato.
El taxi hizo su arribo, la abuela vestida de pies a cabeza con un traje de dos piezas, sombrerito café, estola y cinco maletas, un neceser y dos cajas, agitaba su mano. La primera en aparecer fue Alba, vestido rosa pálido, moño impecable, maquillaje tenue, zapato de medio tacón, Alizza, un pantalón de vestir rojo, blusa tejida negra, zapatillas y cabello acomodado, nada revolucionario, Rodfer con pantalón negro de pana, camisa manga larga beis, reloj, zapatos de vestir de cuero. Robin, pantalón de gabardina azul oscuro y camisa azul cielo, zapatos de domingo, brillantes relucientes, y por último Tula, vestido amarillo, zapatos negros y cartera en mano. La abuela los apreció uno por uno, como en cámara lenta, observando cada detalle. Y después de su rápida revisión:
— Ay, qué lindos, déjenme verlos de cerca, Robin ayuda con el equipaje, mijo, tu madre ya es una anciana sin fuerzas, las enfermedades no llegan solas.
— Pero si no sufres de nada, mamita Loly.
— ¿Cómo qué no? Tengo problema del corazón, la hipertensión, el hígado, el páncreas que se me recuesta sobre el bazo, la vista, los huesos, ¿cómo que no tengo nada?
Alba la tomaba de la mano.
— Madre, venga, le tengo su desayuno listo.
La mujer lanzaba un ¡Huuuuu! La queja empezaba y eso que apenas pisaba suelo Trenton.
La mesa con sus individuales de cena de prestigio, solo para eventos familiares de caché, varios panecillos de jamón, palitos de queso llenaban la cesta, llegaron huevos rancheros con salchicha alemana, de las que la abuela comía, y chocolate en leche.
— Ay, falta un juguito de naranja, y unos panqueques estarían bien, a Robin le fascinan, ¿y es que no tienen mermelada?
— Claro, mamá, tenemos de fresa —exclamó Tula.
— Lástima que no hay nada más en esta mesa.
— ¿Y qué sería ese más, abuelita? —dijo Rodfer.
— Pues… tacita con cereal, el yogurt es ideal para la salud, ustedes deben desayunar muy mal, fruta, no veo ni un banano negro, al menos tengan una mandarina, un frutero para poner recibos. Qué horrible se ve eso.
— Cómo crees, abuela… sí compramos fruta, pero justo anoche me la comí —apuntó Rodfer a punto de reír, Robin lo miró, no era buena idea.
— Pero les falta comprar, miren, no hay pan de centeno, no sirven ni un cafecito… a mí me gusta mi taza de expreso en la mañana. Con tostadas con dulce de leche.
Robin contuvo la respiración, Alba se levantó de la mesa.
— Mamita, le haré su taza de café, compré ayer un café colombiano, es exquisito.
— ¿Y la máquina? ¿Vas a hacer un café tan fino como ese, en agua y ya?
— Claro… no tengo máquina de esas que dices, el café lleva agua.
— Robin, compra una buena cafetera, esa está vieja. Alizza tú que trabajas en semejante empresa tan grande, y ni una máquina de café le regalas a la mamá, a ahorrar esos bonitos, hijita —Rodfer le servía más chocolate.
— Ay, no deberían gastar tanta leche, en agua es rico.
Tula le colocaba las tostadas, y comentaba de lo rico que olían las rosas.
— A mí no me gustan las rosas, me gustan las magnolias, son hermosas.
— Madre, ahora que salgamos le consigo un ramo.
— Lirios, son lindos también, si no pueden no se pongan en gastos. No se molesten por mí… no quiero parecer cansona…
— Cómo cree, madre… Usted es… la reina —dijo Robin, sonriendo, mientras Alba extendía la sonrisa de oreja a oreja.
Robin corría por otra taza, y Alizza se imaginaba a la abuela como la villana Cruella De Vil… malvada hasta la médula, exigiendo cual hotel cinco estrellas.
Y el resto del día fue falta esto y lo otro, mientras recorrían centros comerciales, todas las tiendas y la zona de floristerías, compras del súper, placita y demás, se pasaron del presupuesto. En la noche quería brochetas de res con pimientos y cebollas, botella de vinito y papas francesas con alguna ensalada. En la noche llamó a Alizza y Alba para que limpiaran con ella la cocina y dejaran un bizcochuelo hecho. El cansancio fue tal que Alizza se lanzó sobre la cama con todo y ropa y pasó de largo, sin nota de diario, pero es que ¿quién tiene ganas de escribir después de semejante trote y sin freno?
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Editado: 08.10.2026