Sigue Las Estrellas

Capítulo 15 Tengo Magnolias Y Puntillas De Acero

Alizza tuvo que correr esa mañana varios metros. El autobús por poco la deja. De paso, alcanzó a pedirle al conductor si podían llevar a la abuela.

El conductor dijo que no tenía problema alguno, pero ojo, que Rolando Borlando De Carlo no se diera cuenta.

Teresa, con su pantalón fresa y el sombrero debajo del sobaco, sonreía y aplaudía.

—Ay, qué linda la abuelita, es tan rosa, tan wassy, como yo.

Estela repicó:

—¿Qué es eso de wassy? Suena a Masagua... o algo que por ahí anda.

Teresa soltó toda una metáfora sacada de sus inventos:

—Ay, es una forma de decir... Wuatafay, abuela, sos la sensación Yepica.

Soledad fruncía el ceño mientras apartaba la mirada del folleto El Descanso Al Mejor Estilo Pluss Premium.

—Es épico. Yepica es una distorsión —dijo y volvió a su lectura.

—Ay, hermanas, no importa mucho las palabras, lo importante es la personalidad... lo vi en el súper programa de bendiciones, donde juntan el amor y la soledad... es como un universo de felicidad... Abuelita, eres una constelación de años sabios, amén —se inclinó haciendo su ya conocida reverencia.

—Ay, qué chica tan dulce. ¿Tu madre es asiática o eres hija de...?

—Mi madre es descendiente de luminares y papá es todo un galán, con su órbita de color y amor... Oh, sí, aleluya, estamos en las alturas.

La abuela le susurró a su nieta:

—Ten cuidado, esta chica creo que no está bien de la cabeza. Tu madre diría que le faltan algunos tornillos.

Alizza y la abuela se miraron y exclamaron al tiempo:

—¡Tornillos de acero, que nunca te falten y siempre te impacten!

Tayjili subía en aquel preciso momento y, al arrancar el autobús, cayó sobre Olivita Olivares que, más que acomodarse el mechón, parecía un loro copetero.

Lucy saltó de su asiento gritando eufórica:

—¡Ay, qué lindo día para atraer cosas universales! ¡A tu disposición, luz, paz, trayectoria, victoria! ¡Amén, amén!

Soledad respiró, Teresa aplaudió, Estela tosió y Tayjili saboreó su mango biche con tajín y limón.

En casa Trenton, Alba contaba y ordenaba billetes y monedas, Tula se engullía una buena rebanada de pan de maíz, en tanto que Rodfer colocaba sobre la mesa un sobre blanco.

—Mamá, este es mi aporte, las últimas tres bonificaciones, y mira, un picatodo eléctrico.

—Oh, qué lindo, hijo, y lo de los bonitos viene bien, la remodelación de la casa no puede esperar más.

—Totalmente, cuñada, un día de estos la cocina va a colapsar.

—Ni lo digas... toca madera y que todo siga en su lugar.

Robin ingresaba para tomar su lonchera, termo y portafolio.

—Cariño, hoy tengo un día de visitas, llegaré pasadas las ocho. Por cierto, el chico Torrence, el de los cuentos, lanzará su nueva novela en dos meses.

—Ay, querido, qué bueno, tu chequecito se verá más agrandadito. ¡Qué fortuna buena que tienes!

—No, es la luz que me guía... no olvides, Alba, sigue la luz.

Alba acompañó a su marido a la puerta, se despidieron de abrazo y beso. Alba suspiró. Tula se acercó.

—¿Y ahora qué haremos, Alba?

—Lo mismo de todos los días, Tula... tratar de ganarnos la vida.

Tomando su carrito, lentes y bolso en mano, feliz anunciaba al salir:

—¡Pasteles ricos caseros! ¿De qué sabor lo prefieres?

Tres días después, Alba y sus hijos platicaban en la cocina antes de que la abuela se despertara.

—Aprovechemos que Alizza tiene dos días de descanso, así que, manos a la obra, vamos a desocupar la cocina. Eso sí, les pido un favor, no me vayan a botar las puntillas, son de acero y cuestan caro. Además, uno nunca sabe cuándo necesite una.

Los chicos se miraron. Mamá ya empezaba a reciclar cuanto puntilla, clavito, cablecito, ollita y trastico viera, pero la remodelación requería una profunda maquinación Trenton, sacar un montón de trebejos y cosas sin usar. Una feria de garaje sería una opción.

Alizza habló con la tía Tula, ella clasificaría y marcaría todo, armaría la carpa y se encargaría de todo, mientras su padre haría la refacción de las paredes y dos ayudantes cambiarían las tejas viejas por nuevas.

La abuela dormía profundamente. Alizza reía divertida, la valeriana en té de menta hacía sus buenos efectos. Trabajarían mejor y sacarían tanto trasto de la casa, sin pretextos.

Unos iban y otros venían, los dos ayudantes, Robin y Rodfer en lo suyo, Alizza mezclando la pintura y lijando, Tula en la feria familiar Trenton y Alba reciclando, con su frasco en mano, sacando las puntillas de acero de las paredes y guardando que si esto y aquello.

Después de asegurar sus puntillas y clavos, se fue al jardín a limpiar. Las cestas de los helechos listas para trasplantar los nuevos, las macetas con rosales pequeños y, claro, las favoritas, sus magnolias. Había preparado las grandes macetas, la tierra y hasta la medida justa de luz solar. El vivero Trenton al fondo, con nuevos tonos terracota, las maderas lisas y las sillas azules bronce, se veía hermoso, acogedor y de reunión familiar.

Alizza y Robin, con rodillo en mano, le daban la tercera capa de pintura a la cocina. Las paredes, por suerte después de resanar, habían quedado como nuevas. Rodfer reparó los muebles de cocina, cambiando chapas, agarraderas, cajones, puertas y dándoles un nuevo tono. La estufa, con hornillas y parrillas nuevas, quedaba brillante y reluciente. La abuela, al despertar alegando bullicio, se marchó al spa, con peluquería incluida y una parada para comer en el camino.

Tula, al frente de las ventas, era toda una estrella de las ofertas y las cosas parecían funcionar, la aspiradora, la caña de pescar que jamás capturó ni un gusano, dos mesas guardadas para nada, un molino sin uso, un sofá cama donde nadie durmió, vajillas guardadas dizque para cuando hubiese boda en casa, jarras de cristal, cajas de copas de mamá, de esas que te compras por oferta y descuento adicional, y así pare de contar. Al final la buena venta arrojó ingresos.




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