Silencio

Capitulo 4

Los terceros

Enfundada en un vestido rosa pálido, con el cabello trenzado terminado en un moño y con el rostro debidamente libre de inmundicia me apresure a salir.

Pero antes de esto recuerdo que al entrar a mi habitación me encontré con un enorme desencanto.

—¿Cuándo aprenderás a escuchar, Teresa?— dije extenuada.

La joven testaruda que tenía por protegida no había acatado mi orden para esconderse. Cuando estuve, apresuradamente, caminando por el pasillo de salida de mi habitación y una vez entrado al salón —ya que este era el corazón de la casa y el que se conectaba con todas los pasillos y habitaciones—me percate de algo, un sonido en realidad. Desvié el rostro al balcón, el mismo en el que había estado más temprano con Jonathan.

Las cortinas que estaban corridas de par en par se extendían con una agitación calmosa, y mientras obstaculizaban la visón de lo que podría haber detrás, el carmesí de estas se unía con los renovados rayos del sol formando una coloración mansa y tenue.

Me acerque con sigilo, cuidando mis pisadas y movimientos pero justo antes de estar lo suficientemente cerca una risita, que bien conocía, me abofeteo llevándome a la realidad de las tantas precauciones que guardaba con respecto a la muchachita que tenía bajo mi cargo.

—¿Cuántos años dices que tienes?—pregunto Jonathan.

—Diecinueve, señor. —contesto Teresa.

—Aún eres una chiquilla.—comentó con en tono alegre—. ¿Por qué estás aquí y no donde una de diecinueve debería estar?

Ella trago, pero sin perder la confianza, añadió:

—¿Dónde debo estar, señor?

Él se encogió de hombros.

—Bueno, la variedad de pensamientos e ideales es desbordante en jóvenes como tú—dijo—¿Qué tal si me voy por lo cliché?

Ella asintió, esperando con un brillo impaciente a por su respuesta.

Jonathan pareció pensarlo y entrando en una nueva idea, se limitó a resoplar—¿No deberías estar con tu señora?—preguntó repentinamente dejando a Teresa confundida y parpadeante.

—Ohm, pues ella...

Agudice mi atención a lo que iba a decir pero, después de unos segundos de espera me lleve una decepción al ser consciente de que los segundos seguían corriendo. Ella no respondió.

Decidí acercarme más por lo que abrí una pequeña abertura entre la cortina por el lateral izquierdo. Cuando obtuve un excelente espacio de visión me encontré de frente con la imagen de Teresa mirando fijamente a mi hermano. ¿Era admiración o placer lo que se irradiaba en sus ojos? ¿Por qué humedecía sus labios, y por qué tanto afán en acomodarse el cabello? Negué con calma espantando inútilmente lo que acababa de ver y sospechar.

—Te felicito, esta excelente—dijo Jonathan honesto mientras masticaba, olvidando nuevamente lo que provocaba — ¿Quién te enseño a cocinar?

Una tímida pero flamante sonrisa invadió el rostro de Teresa.

—Me agrada que le guste—agradeció mientras el rubor cubría sus mejillas—. Aprendí a cocinar por mi cuenta, cuando vivía con mi abuelo.

El asintió de nuevamente desinteresado, opacando con este hecho el brillo de esperanza en los gestos de ella.

—Querida, niña, ¿Qué tal si haces el favor de limpiar el destrozo que tu querida señora ha hecho.—mando mientras fumaba y adoptaba una postura de arrogancia, dejando atrás cualquier indicio de interés o gentileza.

Suspire sintiendo pena por ella, sospechaba sus sentimientos y eso me en verdad me afligía.

—Ahí no hay esperanza ni beneficio pequeña inocente.—musite para mí.

No toleraba el inconsistente interés de Jonathan en ocasiones pero en ese momento ciertamente lo agradecí.

***

Al llegar a los establos busque a Julián por todas partes.

La hacienda de papá contaban con dos establos para caballos. Uno en uso por los eludidos y el otro, convertido con el pasar del tiempo en una clase de bodega donde poco a poco se fueron amontonando materiales de trabajo y madera, de las cuales éstas rebosaba en gran mayoría.

Sin contar por supuesto, que era un hermoso criadero de flores, de hierba sana y de mariposas. Similar a un cuento de princesas, parecía una choza encantada, rodeada de hierba y flores que escalaban las paredes formando una cortina de tupida vegetación.

Quizá, debido al flamante gozo en serenidad y abundante sosiego lo consideraba mi lugar favorito para meditar, para leer o escapar cuando sentía ahogarme bajo las flamas de las cuantiosas opiniones o correctivos de madre o cuando deseaba simplemente sentir el frescor de los atardeceres.

Con las ansias animando mis pies recorrí y avisté ligeramente los compartimientos vacíos dejando atrás los bebedores. Me apresuré a buscar ahí por el mero hecho de haber visto desde lejos a Mohamed saliendo de estos. Justo cuando me encontraba a punto de buscar al vigilante escuché mi nombre en una risa y luego en otra hasta no volver a escucharla.

Salí y rodee el lugar hasta llegar un lateral justo desde se podía apreciar las montañas en la lejanía, las pequeñas colinas circundadas por senderos y las grandes rocas que amurallaban cada camino grande o pequeño sin dejar espacio en ellos.

—Le envidio este pequeño gran rincón, señorita, Gretel.—murmuró de pronto esa tranquila voz. —. Es un paraíso.

Me giré de inmediato, encontrando a Julián sentado sobre una banca improvisada de dos pedazos de tronco lisos mientras se reclinaba sobre la pared del establo. Su cabello estaba más agitado que cuando se cayó del caballo. Su expresión era serena, el brillo de sus ojos denotaba calma al igual que su postura.

Súbitamente, una ola de nerviosismo me circundó, desfavoreciéndome. Nuevamente el mismo problema llegaba y me raptaba, colocándome en la misma situación.

La respetabilidad y mantener una imagen ligeramente desapercibida e intachable era para mí esencial, demasiado importante. Digamos que era parte de mí no tan fornido carácter. Pero, si esto no fuera así creo que de todas formas buscaría la manera de vestirme, caminar y comer de esto, puesto que mi señora madre no se molestaba en explotar sus párpados todo con tal de constatar orden respecto a mí.




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