Silencio

Capitulo 8

Indila

Sentí unas manos darme de palmaditas en la espalda mientras expulsaba retazos de saliva y aire. En ese momento vi aparecer a Rosa desde la mesa de enfrente, su rostro priorizó en el mío y luego en el de Julián. Lo observó y por espacio de unos escasos segundos su rostro se iluminó de conocimiento.

Me dieron a beber el poco café que quedada y luego un vaso con agua. Cuando sentí la garganta libre respiré a profundidad, me quede tranquila por unos segundos para después limpiar las lágrimas derramadas.

—¿Mejor?—preguntó Julián preocupado.

—Sí, lo estoy. —respondí sin mirarle, sin embargo, le lance una significante mirada a Rosa, ¿cuál? Pues una que decía con obviedad que se fuera, ¡pero que vana fue mi petición!—. Rosa puedes traerme más café, te lo agradecería en verdad, ahora.

En lugar de irse y permitirme privacidad, ella con toda maldad se quedó y usando esa sonrisa sugerentemente coqueta el cual la caracterizaba en momentos para socializar o mostrar un especial interés en alguien, se acercó a mi lado y sentándose dedicó toda su atención a Julián.
Ante el acto, en mi interior se enardeció algo el cual no pude evitar y tampoco dejar de animar.

—¡Ay, querida! Cuando uno ve el paraíso no debe paralizarse sino correr a él—insinuó Rosa lanzando una mirada traviesa a Julián y luego a mi.—. Las oportunidades se cazan y no se dejan ir, ni perder.

Sin responderle enseguida, opté por beber todo lo que quedaba de agua en el vaso y una vez terminado lo acerqué a su mano y con voz absoluta agregué lo siguiente:

—No caería mal otro vaso de agua, Rosa, así que haz el favor y trae bastante—ordené impasible y seria—, y si no es mucho molestia desearía que fuera ahora mismo.

Con cinismo captó mi indirecta y arrugando el entrecejo asintió.

—Claro querida, sus órdenes son para mí una preciada ley. —expresó condescendiente mientras se ponía en pie. —pero ¿querrá algo el caballero?

Busqué a Julián con la mirada y al hacerlo lo descubrí observándome, algo intrigado y un poco sorprendido.

—Señor, Julián ¿desea algo?—le pregunté.

Él parpadeo como si hubiera salido de una burbuja el cual no entraba el ruido.

Asintió—Lo mismo que la señorita, por favor. —le indicó a Rosa.

—Bueno, creo que el ayuno se quiere volver costumbre —río y al ver a Julián en silencio y todavía puesto en pie se apresuró a mostrar de su cortesía—¡Pero que pésima anfitriona soy! ¡por favor siéntese, caballero!—animó Rosa sonriente mientras retiraba una silla frente a mí para él.

—Se lo agradezco, señorita—dijo Julián comedido mientras se sentaba.

—Rosa Miranda para usted, pero en confianza y si así lo desea, dígame Rosa. —declaró haciendo una reverencia con la cabeza.

Sin mostrar signo de placer o comodidad él aceptó a su oferta a lo que Rosa se cernió satisfecha y gozosa.

—Mucho gusto, Rosa—saludó gentil pero circunspecto.—Permítame presentarme...

Ella rápidamente extendió la mano restando importancia a su palabra.

—Julián Bracho, lo sé, el abogado de la capital.

—¿Me conoce? —inquirió serio mientras un brillo incrédulo se posaba en sus ojos. —. Estoy consciente del empeño puesto en mi profesión pero, no estoy sabido de fama o eco que vaya de ida y venida gritando mi nombre al viento.

Ella bufó con la más atractiva sonrisa que podía poseer.

—No hace falta tener multitud para poseer fama, Julián—negó con convicción—, basta con una alma admiradora y sincera a sus pies para sustituir un gentío.

Aunque ya no miraba el rostro de los que conversaban, sino que con ansia veía hacia la ventana, sin prestarles atención podía sentir el escrutinio caer en mi dé vez cuando, ¡Por todo lo bueno! ¿Qué trataba Rosa de hacer con ese sugerente tono?

—Si usted lo dice.—dijo Julián.

—No lo digo yo, me lo dijeron unos ojos preocupados por usted.

—¿Ah, sí?—inquirió con la voz ligeramente afectada.

—Sí, mi señor.

—Entonces, bendita esa fama.

—Bendito ese eco—Rosa suspiró y se alejó

Cuando los pasos de ella desaparecieron me sentí libre de tensión, puesto que sus palabras, su tono y su descarada actitud me habían resultado de lo las chocante y mal educado. Si mi madre hubiera visto en mi lo que yo vi y escuché de Rosa, sin duda su mano se hubiera estrellado sobre mi rostro sin contemplación.

No se jugaba con los hombres ni se podía insinuar o atreverse a mostrar debilidad física por él. Una buena porción de cordura, de buenos modales, sensatez y dureza de gestos era lo único que podía llamarse armadura en el juego entre un hombre y una mujer apenas conocidos.

—Señorita.

—¿Señor?—contesté sin volverme.

—Me disculpo con usted por la conducta discordante que he adoptado durante el resto del camino hasta aquí.

—¿Discordante, señor?

—Si.— Afirmó sin duda.

—¡Por favor! Si usted apenas si ha hablado conmigo, con dificultad he podido chocar miradas con usted en el trayecto. —le reproché sin mostrar enojo en los gestos.—. Somos extraños y quizás deban existir pequeños espacios de incómodos silencios debido a nuestra falta de relación pero, su reserva me descolocó al punto de no querer verle la cara.

—Me consuela su enojo. —declaro saciado.

—¿Ah, sí? Pues vaya que he fallado, porque no es lo que pretendo provocar en usted.

—¿Y que desea provocar?

—Una respuesta, señor—aclaré anhelosa—una que me excluya de sus extraños gestos de pensamiento y reflexión angustiosa.

Inalterable, guardó silencio y echándose hacia atrás se apoyó sobre el respaldo de la silla, se cruzó de brazos y atento a mis palabras no se animó proferir palabra, sino que con detenimiento estudio  cada uno de mis gestos y palabras como si se tratara de un sospechoso o un testigo.

—He visto su mirada, una mirada perdida y algo...—conté afanosa sin poder hallar palabras certeras para poder expresarme como quería—algo del cual no sé si puedo afirmar con seguridad—respire profundo antes de añadir—. Señor Julián, vi impotencia y una tristeza surcar sus ojos cuando el vigía discutía con esa mujer.




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