Silencio

Capitulo 14

No soy un santo

Involuntariamente dirigí la vista hacia el espejo quien me devolvía el reflejo de una mujer erguida con más color y más fuerza. Podía andar y suspirar con libertad, no me aprisionaba la congoja de ahogarme ni desfallecer.

Me sentía excelente físicamente en comparación a los dos anteriores días. Pensé en esos dos días, los cuales fueron para mí de alboroto y cansancio, así como de encuentros deseados, lágrimas y visitas angustiosas.

Mi padre no había llegado cuando nosotras lo hicimos. Pero al momento en que caminaba por el sendero de la fuente un bullicio de caballos a nuestra espalda provocó que cediéramos el paso.

Cuando me di la vuelta miré a tres jinetes llegando a cierta distancia de la entrada de los muros de piedra. Me paralicé de entusiasmo, uno que solo pude demostrar en total mutismo y agitada respiración.

Mamá intentó seguir hacia adentro jalándome de la muñeca pero me resistí soltándome. Conforme aquellos jinetes se acercaban yo avanzaba de igual forma a ellos. Caminé todo lo veloz que pude absorbiendo con fuerzas aire.

A mi espalda la voz de mi madre resonaba con enfado, no la escuché. Estaba demasiado ansiosa por verlo y sentir el confort de sus brazos sobre mí.

Me detuve antes de la entrada y esperé a que me reconocieran.

Me abracé sumida por los nervios y traté de guardar la calma. Sentí un calor abrazador en el rostro mientras las lágrimas se aflojaron de mis ojos.

Reconocí a los jinetes y éstos me reconocieron a mí justo cuando notaron una ansiosa figura en la entrada. Sus expresiones fueron de un vivo reflejo de asombro y aceleración.

Mohamed se quitó el sombrero y suspiró rezagando su paso.

Jonathan continuo a paso lento, demasiado inexpresivo sin quitarme la mirada de encima.

Papá por otro lado tras verme se apeó del caballo de un salto y se apresuró hacia a mí.

Elevé los brazos hacia él un segundo antes de que me aprisionara en sus brazos y me besara. Sentí su temblor, la tribulación con que había estado viviendo, pero todavía mas la rudeza de su fuerza y voluntad. Y esto lo noté cuando enmarcó mi rostro en sus manos y me miró a los ojos, tan cristalizados como los suyos pero con una irreprensible valía y convicción.

Lloré y él secó mis lágrimas con sus pulgares. Mi padre ciertamente amaba y se desvivía por sus hijos. El me consoló con cariño mientras me yo aferraba a su presencia con calma y suspiro.

—Me has tenido rezando y pidiendo por ti— me dijo una vez estuve en mi cama, acobijada y vestida con ropas nuevas—. No me mates, hija, no así, preferiría a un hombre pidiendo tu mano a no verte jamás

—¡Ay papa!—lloré con la mirada gacha.

—¡Debilidad de los padres son los hijos...

Temblé impotente cerrando los ojos.

— ... pero sin duda una bendición de Dios.

Sentí como su dedos tocaban mi barbilla y me hacían verlo. Sus ojos cafés, dulces y tan llenos de paciencia hicieron que algo dentro de mí se removiera, algo que producía consuelo y me hacía estar confiada.

Las arrugas de su rostro me confirmaron la preocupación de horas tumultuosas. Su entrecejo estaba marcado con una línea firme y las de sus ojos demandaban desvelo y cansancio.

Los cayos de sus dedos fueron a mi piel como suave tela de lino delicado. Sus manos duramente trabajadas, colmadas de texturas ásperas despedían un suave correr de cuidado y mimo.

—Si pudiera volver el tiempo, papá, yo...

—Rsh... no hija— negó sellando mis labios con el indice—, no vale la pena pensar en lo que pudo o no ser, es precioso el ahora; es precioso temer a mi hija de vuelta.

—Lo amo padre— gemí con la voz entrecortada.— . No me casaré nunca, estaré a su lado siempre... por siempre y siempre.

Él me dedicó una tierna mirada escéptica para después romper a reír con gracia.

—Sabes que no me gusta hablar de promesas imposibles.

— No lo considero imposible.

—¿Quién no querría arrancarte de mis brazos?— tomó mi mano.

—He de resistirme, papá.

Él negó con convicción.

—No prometas algo que no podrás cumplir, hija.

Él se quedó conmigo hasta que logré por fin quedarme dormida esa tarde.

No recuerdo cuanto había pasado desde que cerré los ojos y me fui en picada en un sueño profundo pero, sí que había sido largo y tan terriblemente efímero, y esto último debido a la brusquedad con la que desperté.

Abrí los ojos asustada con el corazón agitado.

Lo primero que vi fue a mi protegida, con una expresión cautelosa y alerta. Ella escondía una mano detrás de la espalda y con  la otra se sujetaba el cuello, nerviosa.

— Teresa...— carraspeé la garganta.—¿Qué haces? ¿ Por qué me despiertas?

Extendí la mano hacia ella para que se acercara hacia mí. Ella miró la puerta por un segundo y luego, con desmesurada parsimonia, tomó mi mano. Cuando estuvo sentada a un lado de mí, suspiró y habló a modo de secreto.

—Quería decirle en cuanto la vi pero estaba usted dormida y cansada y lo único que he podido hacer fue aguantarme.

—¿De qué hablas?— pregunté

—Ayer llovió fuerte y pensé que ya no vendrían hasta cesar el agua...

—¿Vendrían?—dije perdida en confusión.

—El agua no cesó y usted no volvió pero poco rato después él apareció empapado de agua, con una cara muy rara, Gretel...

—¿De quién hablas?

— Pues, pues...— chasqueó los dedos tratando de recordar— pues con ese hombre con quien se fue ayer en la mañana a caballo, ¡el abogado!

—¿El abogado?— Teresa asintió. Me quede pensativa por un momento hasta que la sorpresa espanto la somnolencia de mis ojos. ¡Dios mío! Abrí los ojos atónita  entendiendo entonces— . ¡El señor Julián! ¡Dios Santo, Teresa! Me he olvidado de él por completo, pero que dejada soy...

La miré espantada.

—Teresa, has dicho que lo viste.




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