Silencio

Capítulo 16

Sorpresa y Vergüenza

Me tomó alrededor de treinta minutos tomar un baño y vestirme después de haber entrado a hurtadillas casi de puntas a mi habitación con Teresa a mi espalda.

Si Teresa no hubiese estado cerca quizás me hubiera hallado en la indecisión de como vestirme o peinarme. Al final terminó eligiendo todo por mí. Un sencillo vestido blanco con mangas ligeras, me recogió el cabello en un moño trenzado en la nuca, luego me calzó los pies y se retiró para que así yo pudiera observar mi reflejo.

En verdad me hallaba nerviosa, absurdamente ansiosa.  El día anterior había estado viéndome con galantería y buen animo, pues me sentía mejor pero ahora no podía decir lo mismo. Aparte de estar nerviosa aun no lograba sacarme el sabor amargo que me llevé con Jonathan en el boscaje y el tremendo susto en el rio.

Ay, Dios mío, ¿de verdad fue mi imaginación? ¿Realmente no aluciné producto de la cólera o la sordera que me producía la calma de ese lugar? O estaba quedando loca o de verdad mis ojos si habían visto algo real.

Y Jonathan.

Tragué con fuerza saliva mientras me veía consternada a través del espejo. Recordé su voz cuando habló  a mi espalda, ésta había destilado odio y decepción, no podía sacarla de mi mente y de mi corazón.

Ojala nunca me hubieras ido a buscar…

—¿Se encuentra bien?—preguntó Teresa quien había estado observándome en el reflejo del cristal.

Me limité a asentir y obligarme a no pensar en la congoja que me producía el nombre de mi hermano.

—Teresa, ¿tú sabías que ellos vendrían?—dije girándome para verla.

Ella negó enérgicamente.

—No. Yo brinqué del susto cuando los vi que aparecían andando y lo primero que pensé fue que venían a verla —contó con expectación mientras se alisaba la el delantal del vestido.—. Imagínese el segundo susto que me llevé al ver que usted no estaba, la busqué por todas partes disimulando que estaba calmada.

—Discúlpame, yo…

—Por cierto, ¿donde estaba?—se cruzó de brazos expectante a por mi respuesta.

—Yo...—No supe que decir y lo último que deseaba era hablar sobre lo ocurrido en el boscaje. —. Tuve un deseo repentino de ir a los establos y a los cercados, caminar...

—¿A los establos, establos o al viejo establo?

Bien sospechaba que sabía mi lugar favorito para leer, la descubrí. 

—Quería ver la reses, Teresa—respondí, volviendo a verme al espejo queriendo evadir miradas—deseaba verlas y  caminar un poco.

Ella arqueó la cejas.

—Que deseos repentinos, ¿verdad? Surgen así en un ¡zas!—Ella río, queriendo disimular así el escepticismo que teñía con claridad su voz.

—¿Algún problema, Teresa?—Endurecí mi voz y me enderecé mientras 

Ella dudó antes de contestar precipitadamente.

—No, claro que no, es solo que—Se rascó la cabeza como hacia siempre cada vez que se daba cuenta que había metido la bota en terreno equivocado.—los establos de las reses quedan algo lejos y pues, se me hace algo raro que diga que fue hasta allá cuando a usted nunca le ha gustado caminar.

Traté de serenarme ante la insolencia de la muchacha.

—Algo raro—repetí en una breve exhalación—. No te sorprendas de mí, Teresa, puedo llegar hacer cosas de las cuales te sorprenderías.

Deslicé los dedos sobre mis sienes y me masajeé. Me dolía un poco la cabeza tal como los últimos tres días anteriores desde que caí de Sol. Éstos eran leves pero no se iban. En ese momento ese pequeño dolor de cabeza se lo atribuía a Jonathan y a sus espinosas palabras y por supuesto a la carrera cuesta arriba en la que me vi sin remedio.

—¿Se encontró con Mohamed en las barracones? —preguntó Teresa mientras arreglaba las sábanas de la cama.

—No, ¿por qué?—dije desinteresada.

—Porque no lo vi en la cocina—dijo pensativa—, se me hizo raro, Mohamed madruga, y lo hace todos los días para devorar la comida de Juanita.

—Aparte porque es su trabajo, Teresa.

—Eso es verdad pero…

Me giré de pronto y alcé la palma de la mano a la altura de mi rostro y la miré mientras en silencio la animaba a callarse de una vez. No deseaba seguir escuchando cosas que no venían al caso.

Me acerqué a la puerta y tiré de ella. Antes de poder salir ladeé la mirada y busqué a Teresa.

—Deseo mas que nunca que hoy sea un día tranquilo.

—¿Por qué no lo sería?—preguntó la muchacha con inocente preocupación.

Sonreí y asentí para mi misma, luego, salí de allí y caminé con paso seguro por el pasillo antes de bajar las escaleras.

 Hubiera elegido bajar la escalera secreta que conectaba al salón, una  la cual estaba escondida tras una puerta quien a su ves yacía cubierta por una gruesa cortina marrón con las siluetas de lo que parecía ser nuestra familia.

Y después me hubiera dirigido a la sala desde allí mismo pero, lo pensé mejor. En casa estábamos acostumbrados, si así lo deseábamos, a aparecer de pronto por la puerta del salón y no por la principal. Ellos no lo estaban así que decidí ahorrarme un disgusto y una sorpresa y entrar por la entrada principal.

Mis pasos resonaron ligeramente sobre el piso de madera barnizado. Mientras avanzaba por el estrecho pasillo hacia la sala, fugazmente contemplé los cuadros expuestos en las paredes.

Algunos ejemplares eran de Jonathan y éstos inducían a mantener la mirada por mucho mas tiempo que en los demás, ya que exponían paisajes un tanto grises e irreales. Los demás eran retratos,  paisajes y animales, nada del otro mundo.

Cuando por fin estuve frente a las puertas gemelas de la pequeña sala, respiré hondo y toqué la puerta. Un “pasa, hija” de la voz de papá me hizo tomar el pomo de una y empujar hacia dentro.

Tras dar un paso dentro y levantar la mirada, que fugazmente había llevado a mis zapatos, me encontré con miradas  conocidas y cálidas de rostros que una vez habían sido extrañas. Los dos caballeros visitantes se pusieron en pie y con una leve inclinación de cabeza me dieron la bienvenida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.