¡ Socorro! Mí Jefe es el Papá

Capítulo 2: El arte de fingir que no pasó nada

La primera semana, Paloma descubrió que fingir amnesia es un trabajo de tiempo completo, con horas extras y sin vacaciones.

Había que fingirla en el ascensor, donde Reid Lewis entraba a las nueve menos diez con su abrigo oscuro y su café de la cafetería de abajo, porque el de ella, evidentemente, no era el único café de su vida. Había que fingirla en las reuniones, donde ella tomaba notas sentada a su derecha, con el bolígrafo temblando apenas, mientras él hablaba de fusiones y márgenes con esa voz grave que, de pronto, ya no sonaba a una orden sino a algo mucho más peligroso. Y había que fingirla, sobre todo, en el despacho, a las seis de la tarde, cuando la luz naranja del atardecer entraba por los ventanales y a Paloma le costaba muchísimo no mirar cierto escritorio de nogal.

—Señorita Hamilton.

—Dígame, señor Lewis.

—El contrato de Rotterdam. ¿Lo tiene?

—Sobre su mesa, señor. Hace veinte minutos.

Reid bajó la vista. Efectivamente, ahí estaba, justo delante de su nariz, con una pestaña amarilla marcando la página donde debía firmar. Paloma notó cómo él apretaba la mandíbula, solo un poco, un gesto casi imperceptible.

—Gracias —dijo, rápido y bajo.

Y Paloma salió del despacho con la dignidad de una reina destronada, cerró la puerta con suavidad y caminó los siete pasos que separaban esa puerta de su escritorio contando mentalmente, porque contar la ayudaba a no pensar.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete.

Se sentó. Respiró. Abrió el correo.

Tenía cuarenta y siete mensajes sin leer. Ninguno decía "Paloma, anoche besé a mi secretaria y no puedo dejar de pensar en ello". Una lástima, pensó con una amargura que no supo explicarse.

Marisol, de contabilidad, fue la primera en notar que algo andaba mal.

Se plantó frente al escritorio de Paloma el jueves a la hora del almuerzo, con dos ensaladas de plástico en las manos y la cabeza ladeada, como un detective de serie.

—Estás rara.

—No estoy rara.

—Llevas bufanda desde el dos de enero. Estamos a nueve de enero, Paloma. Hace veintidós grados en este edificio. Alguien va a pensar que tienes una enfermedad tropical.

—Me da frío.

—No te da frío. Te da vergüenza. Y quiero saber de qué.

Paloma agarró la ensalada que su amiga le tendía y se puso a pinchar un tomate cherry con una concentración quirúrgica.

—No pasa nada.

—Paloma.

—No pasa nada, Marisol.

—Paloma Hamilton, te conozco desde que ambas éramos becarias y nos escondíamos en el cuarto de archivo para comer galletas. Sé cuándo mientes. Te tiembla el ojo derecho.

Paloma se llevó la mano al ojo, instintivamente. Marisol sonrió con triunfo.

—¿Ves? Te tiembla.

—Es una contracción muscular.

—Es una mentira con patas. Dime ahora mismo qué pasó en la fiesta. Te vi bailando con alguien, pero luego me perdí por culpa de un chico de logística que se empeñó en enseñarme su colección de monedas, y cuando volví ya no estabas.

—Me fui pronto —dijo Paloma, con la voz más aguda de lo normal—. Me dolía la cabeza.

—Mentira.

—Es verdad.

—Dos mentiras en menos de un minuto. Eres un desastre. No sé cómo sobrevives a esta empresa.

Y entonces, desde el fondo del pasillo, se oyeron pasos. Unos pasos lentos, firmes, que ambas conocían perfectamente.

Marisol se enderezó como si le hubieran tirado de un hilo. Paloma se quedó inmóvil con el tenedor en el aire.

Reid Lewis pasó junto a ellas con una carpeta bajo el brazo, hablando con dos directivos de aspecto asustado. Ni siquiera giró la cabeza. Su mirada resbaló sobre el escritorio de Paloma como el agua resbala sobre una piedra, y siguió camino hacia la sala de juntas.

Cuando desapareció tras la esquina, Marisol se inclinó hacia delante y susurró con los ojos muy abiertos:

—Dios mío.

—¿Qué?

—Él te miró.

—No me miró.

—Te miró. Un milisegundo. Pero te miró. Y luego apartó la vista como si se hubiera quemado.

—Estás inventando cosas.

—Paloma, llevo cuatro años en esta empresa. Reid Lewis no aparta la vista de nada. Es un halcón. Si algo se mueve en este edificio, él lo sabe. Y acaba de apartar la vista de ti como si fueras el sol.

Paloma sintió cómo le subía un calor ridículo por el cuello, justo hacia la bufanda.

—Come tu ensalada, Marisol.

—Hay algo que no me estás contando.

—Hay mucho que no te estoy contando. Es lo que se llama vida privada.

—Ajá —dijo Marisol, sin creerse una palabra, y se fue masticando una hoja de lechuga con aire de quien ya tiene su teoría y piensa investigar hasta el final.

Esa misma semana, Reid Lewis también estaba teniendo problemas.

No se los habría contado a nadie. Reid Lewis jamás contaba sus problemas, entre otras cosas porque la lista de personas a las que se los habría contado era exactamente cero. Pero ahí estaban, con su traje impecable y su expresión de acero, en forma de una molestia constante, persistente y absurda, que lo seguía a todas partes como un perro callejero.

El problema se llamaba Paloma Hamilton.

No era que ella hiciera nada raro. Al contrario, hacía todo bien. Demasiado bien, de hecho. El café llegaba a las nueve y cinco, caliente pero no hirviendo, con su cucharadita de azúcar. Los informes aparecían sobre su mesa antes de que los pidiera. La agenda estaba ordenada con una precisión matemática. Las llamadas se filtraban con el tono justo de amabilidad glacial. Era la mejor secretaria que había tenido jamás, y llevaba dos años siéndolo, y él nunca había pensado demasiado en ello.

Hasta ahora.

Ahora, cada vez que ella entraba al despacho, él notaba cosas. Cosas absurdas, innecesarias, completamente fuera de su campo de interés. Notaba que se mordía el labio inferior cuando estaba concentrada. Notaba que tenía una pequeña cicatriz en la muñeca izquierda, de algo que debía de haberse hecho de niña. Notaba que cuando él decía "gracias", ella levantaba apenas la cabeza, con una expresión de sorpresa que intentaba disimular y no conseguía.




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