¡ Socorro! Mí Jefe es el Papá

Capítulo 3: Una caja rosa en el fondo de un bolso

Hay objetos que pesan mucho más de lo que dice la báscula, y la cajita de la farmacia era uno de ellos.

Medía quince centímetros de largo, ocho de ancho y tres de grosor. Pesaba, según cualquier cálculo razonable, unos setenta gramos. Y sin embargo, desde el instante en que Paloma Hamilton la guardó en el fondo de su bolso, el bolso entero empezó a pesar como si lo hubieran llenado de ladrillos.

Lo notó en el hombro mientras cruzaba el pasillo del piso cuarenta y dos. Lo notó en la muñeca cuando levantó la mano para saludar a la recepcionista de planta. Lo notó, sobre todo, en una región indefinida del pecho, justo debajo del esternón, donde la caja parecía haberse instalado aunque en realidad estaba a metro y medio de distancia, bajo una agenda, tres paquetes de pañuelos y una barrita de cereales que ahora le daba un poco de asco.

—Buenos días, Paloma —dijo la recepcionista, que se llamaba Ingrid y tenía la costumbre de saludar a todo el mundo con una sonrisa de anuncio de dentífrico.

—Buenos días, Ingrid.

—Hoy llegas tarde.

Paloma se detuvo en seco. Se volvió muy despacio.

—¿Perdón?

—Que hoy llegas tarde. Son las ocho y cuarto, y tú sueles estar sentada a las siete y media. Me he fijado porque a las siete y treinta y cinco siempre me llega tu olor a champú de coco, y hoy no me ha llegado. Es muy raro.

—Ah. Es que me he entretenido —dijo Paloma, con una sonrisa que habría podido pasar por una mueca de dolor—. En la calle. Había una cola.

—¿Una cola de qué?

—De gente.

Ingrid asintió, como si esa respuesta tuviera todo el sentido del mundo, y volvió a su pantalla. Paloma aprovechó para escabullirse hacia su escritorio, con la sensación de haber salido de un interrogatorio policial sin cargos pero con una advertencia.

Se sentó. Dejó el bolso en el suelo, entre sus pies, pegado a la pata de la silla, de modo que pudiera sentirlo con el tobillo. Después se acordó de que no necesitaba sentirlo porque no se iba a mover, y lo empujó un poco hacia atrás con el pie, como quien aparta un perro dormido.

Encendió el ordenador. La pantalla tardó treinta y siete segundos en arrancar, y Paloma contó cada uno de ellos con los dedos entrelazados sobre el escritorio, mirando la pared, mirando el techo, mirando el reloj. Podía oír su propio corazón. No era una expresión: lo oía de verdad, un golpeteo sordo y regular en los oídos, como alguien llamando a una puerta muy lejana.

El ordenador se encendió. Apareció el escritorio con su fondo gris de empresa. Apareció el correo, con sus cuarenta y nueve mensajes nuevos. Apareció, en la esquina de la pantalla, el recordatorio de su propia agenda: Lunes, 9:00, reunión semanal de seguimiento con R. L.

Paloma cerró los ojos un momento.

Era lunes. Era el primer lunes de la nueva rutina, una rutina que consistía en actuar con absoluta normalidad delante del hombre que probablemente era el padre del niño que quizás, o quizás no, estaba creciendo dentro de ella. Una rutina muy sencilla. Cualquiera podía hacerlo.

—Cualquiera —susurró, y abrió el primer correo.

A las ocho y cuarenta y cinco Reid Lewis salió de su despacho.

Paloma lo supo antes de verlo, por el clic suave de la manija de la puerta, ese sonido que había aprendido a reconocer entre mil. Mantuvo la vista fija en la pantalla, donde un correo sobre las tarifas portuarias de Rotterdam le estaba diciendo algo muy importante que no entendía en absoluto.

Los pasos se acercaron. Se detuvieron frente a su escritorio.

—Señorita Hamilton.

Paloma levantó la vista con la calma de quien camina sobre una cuerda floja.

—Señor Lewis.

Él estaba de pie, con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo una carpeta azul. Llevaba una camisa blanca, sin corbata, con el primer botón desabrochado, y el pelo, normalmente tan ordenado, un poco revuelto, como si se hubiera pasado los dedos varias veces. Paloma tuvo que obligarse a no mirar el hueco de su cuello. Había una vena allí, justo debajo de la mandíbula, que latía despacio.

—Hoy ha llegado tarde —dijo él.

Ahí estaba. Segunda persona en menos de veinte minutos.

—Quince minutos, señor. Lo recuperaré durante la tarde.

—No he dicho que tenga que recuperarlo.

—Es lo correcto.

—Es la primera vez que llega tarde en dos años.

Paloma se quedó helada. No por el comentario en sí, sino por lo que implicaba: que él lo sabía. Que él, el hombre que nunca se fijaba en nada que no fuera un balance o una fusión, había llevado la cuenta de sus horarios.

—Lo sé —dijo, con la voz más pequeña de lo que pretendía.

—¿Ha ocurrido algo?

La pregunta salió de sus labios sin inflexión, sin ningún adorno, con ese tono neutro que él usaba para preguntar si un contrato estaba listo. Pero Paloma, que llevaba semanas observándolo con una atención de naturalista, vio algo en sus ojos grises, una sombra apenas, un parpadeo que no encajaba con el resto.

Estaba preocupado. Por ella. Un poquito.

Y eso era mucho peor que cualquier despido.

—Nada importante —respondió—. Un contratiempo personal. Ya está resuelto.

—Bien.

—Gracias por preguntar.

—No lo he preguntado por cortesía —dijo él, y luego se detuvo, como si se hubiera escuchado a sí mismo y no le hubiera gustado lo que oyó—. Quiero decir. La puntualidad del equipo es relevante para la empresa.

—Por supuesto, señor.

—La reunión es a las nueve.

—Lo sé. Tengo la sala preparada.

—Bien —repitió Reid, y se quedó un segundo más, mirando un punto indefinido por encima de su hombro, hasta que dio media vuelta y regresó al despacho.

Paloma exhaló el aire que había estado conteniendo. Se llevó una mano al corazón, que seguía golpeando con fuerza, y se dio cuenta de que le temblaban los dedos.

—Qué hombre más raro —murmuró.

Y debajo del escritorio, la caja rosa pesó un poco más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.