Soledad

Soledad

SOLEDAD

¿Qué haces cuando pides ayuda y nadie acude al llamado?

Te sientes solo. Sin fuerzas. Sin saber cuánto tiempo más podrás resistir.

Créeme, lo he sentido. A menudo he caminado por ese camino. Hay momentos en los que uno simplemente se pregunta cuánto tiempo más podrá soportar todo aquello que lleva dentro.

¿Te ha pasado que disfrutas estar rodeado de personas, pero cuando llegas a casa vuelve ese vacío?

No piensas en nada más. Solo en ese peso que llevas dentro. No sabes si llamarlo ansiedad, depresión o tristeza. Simplemente no tienes ganas de comer, no tienes ganas de hacer nada y, poco a poco, empiezas a perder el interés por todo.

Y entonces aparece un pensamiento terrible: “Quiero que todo esto termine.”

Estoy pasando por eso. Y sé que muchos de ustedes, mis estimados lectores, también han pasado o están pasando por algo parecido.

Es duro.

Porque puedes estar rodeado de personas y sentirte más solo que nunca.

Puede aparecer un insomnio que ni siquiera sabes explicar. Piensas que simplemente estás cansado, pero en el fondo sabes que puede ser algo más. Sin embargo, no quieres aceptarlo.

Y mucho menos pedir ayuda.

Tal vez porque tienes miedo de que te juzguen.

Tal vez porque, si eres hombre, alguna vez escuchaste aquello de que “los hombres no lloran”, que deben aguantar cada golpe que la vida les da y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido.

Pero quiero decirte algo:

Los hombres también lloran.

Y llorar no significa ser débil.

A veces significa que todavía estamos luchando.

CUANDO NADIE SE DA CUENTA

Quiero escribir estas palabras con la esperanza de poder ayudarte.

Porque sé que muchas veces no sabemos pedir ayuda directamente.

Pedimos ayuda de otras maneras.

Nos reímos por cosas sin sentido. Hacemos bromas constantemente. Tratamos de hacer reír a los demás. Nos convertimos en el centro de atención.

Y todos creen que estamos bien.

Pero por dentro nos estamos hundiendo lentamente.

Queremos que los demás sepan que estamos ahí, aunque nosotros mismos sintamos que nadie nos ve realmente.

Guardamos el dolor dentro de nosotros pensando que algún día desaparecerá.

Pero el dolor que escondemos no desaparece simplemente porque decidamos ignorarlo.

Se acumula.

Como un volcán que permanece aparentemente tranquilo mientras debajo de la tierra aumenta la presión.

Y llega un momento en que todo aquello que hemos guardado durante meses o incluso años comienza a salir.

Una discusión.

Un problema en el trabajo.

Un despido.

Una ruptura.

Una decepción.

Una pérdida.

Una palabra que nos lastimó.

Algo que decidimos dejar pasar.

Una y otra vez decimos:

"No importa."

"Estoy bien."

"Ya se me pasará."

Hasta que llega un momento en que ya no sabemos qué hacer con todo aquello que llevamos dentro.

EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A CALLAR

Quizá por eso algunos nos volvemos más fríos.

Nos acostumbramos a estar solos.

Incluso llegamos a preferir la soledad antes que estar rodeados de personas.

Vamos a una fiesta y sonreímos.

Celebramos.

Hacemos bromas.

Intentamos disfrutar.

Pero cuando regresamos a casa, vuelve el silencio.

Y con el silencio regresan nuestros pensamientos.

Entonces comprendemos algo:

No siempre estar acompañado significa sentirse acompañado.

A veces puedes estar en medio de una multitud y sentir que nadie conoce realmente lo que sucede dentro de ti.

Por eso quiero decirte algo que quizá necesitabas escuchar desde hace mucho tiempo:

No tienes que fingir que estás bien todo el tiempo.

No tienes que ser fuerte cada segundo.

No tienes que cargar tú solo con todo lo que te está destruyendo por dentro.

LA NOCHE MÁS LARGA

Te cuento algo.

Hubo una noche en la que estaba en mi cama.

Eran aproximadamente las nueve de la noche.

Después llegaron las doce.

La una.

Las dos.

Las tres de la madrugada.

Y yo seguía despierto.

No podía dormir.

Mi mente no encontraba descanso y mi cuerpo parecía pesar demasiado.

Había llegado a un lugar dentro de mí al que jamás pensé que llegaría.

Por un momento sentí que ya no podía continuar.

No sabía qué hacer.

No sabía a quién acudir.

Y entonces ocurrió algo que todavía hoy me cuesta explicar.

Mi cuerpo simplemente no respondió como yo esperaba.

No pude levantarme.

Me derrumbé.

Y lloré.

No lloré como cuando un niño se lastima.

Lloré desde un lugar mucho más profundo.

Lloré por todo lo que había callado.

Por todo lo que había acumulado.

Por todo aquello que no había sabido decir.

Lloré hasta sentir que ya no tenía fuerzas.

Y quizá fue precisamente en ese momento, cuando sentí que había llegado al límite, que ocurrió algo dentro de mí.

Sentí que no estaba solo.

CUANDO YA NO QUEDA NADA

Puedes creerlo o no.

Puedes llamarlo Dios.

Puedes llamarlo fe.

Puedes llamarlo una fuerza superior.

Puedes incluso interpretarlo de otra manera.

Pero yo creo que hay momentos en los que, cuando sentimos que ya no podemos más, algo dentro de nosotros sigue buscando una razón para permanecer.

Yo lo llamo Dios.

Y aquella noche llegué a la conclusión de que, si todavía estaba allí, quizá Él también estaba allí conmigo.

No puedo demostrarlo científicamente.

No pretendo hacerlo.

Solo puedo contarte lo que significó para mí.

Porque cuando sentí que ya no tenía fuerzas para continuar, encontré algo dentro de mí que todavía quería hacerlo.

Y comprendí que quizá el espíritu es el último en rendirse.

CUANDO DIOS LLAMA




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