CAPÍTULO UNO
VIDA PERFECTA
"El amor de un padre no se mendiga,
pero a veces, el corazón insiste en
esperar lo imposible."
Año 4672, época IV. Segundo ciclo
de invierno. Año maldito trece
del reinado de su majestad,
el Alto rey Curvus.
Trece años de edad.
Son los vivos quienes dejan las heridas que más duelen... y sus fantasmas, los que más pesan. Mi padre es uno de ellos. No estaba muerto, pero tampoco presente. Con una mano en una copa de vino rojizo. Con la mirada fija en la nada.
En todo, menos en mí
No soy invisible. No lo soy. Pero él me hace desear serlo.
La chimenea crepitaba en la enorme sala del castillo, llenando el aire con un calor sofocante que apenas lograba eliminar el frío mortal, que se filtraba por los ventanales. La nieve caía por el exterior, cubriendo la tierra y pasto de blanco.
Mantenía la espalda recta y las manos firmemente apoyadas sobre el regazo, tal como la señorita Lyra, la institutriz, me lo había indicado. El vestido celeste bordado con hilos dorados me pesaba sobre el cuerpo, tan incómodo que sentía la piel arder bajo el camisón. Apenas podía respirar.
Pero no me moví ni un poco. Si lo hacía, sería reprendida por tal incompetencia. No debía quejarme.
La voz de la señorita Lyra resonaba en mi cabeza. «Una dama debe ser impecable. El decoro lo es todo. No debe hacer ruido. No debe interrumpir. No debe ser vista. Solo debe guardar silencio».
Y, sin embargo, yo quería ser vista. Quería gritar al mundo todas mis ideas y deseos. Pero el mismo mundo me lo impedía.
El gran duque de Caerion y comandante supremo de Aldoria, mi padre, estaba sentado en la cabecera de la larga mesa de roble, bebiendo tranquilamente de su copa de vino. A su lado, Seraphina Montrevo de Caerion. La duquesa más respetada de Aldoria, mi amada madre. Mantenía la cabeza baja; cabellos castaños rebeldes sobresalían de la malla que le atravesaba la nuca; tenía los dedos entrelazados sobre el regazo. La expresión en su rostro era serena, tan tranquila. Era como una muñeca de porcelana cuidadosamente colocada.
A su lado, la silla vacía parecía tan sola. Mi querido hermano aún no regresaba del frente; el gran duque Eldric siempre lo repetía, era su deber como comandante del imperio. El deber que él mismo le cedió.
Al otro lado de la mesa, Angela, la joven plebeya que había endulzado los ojos de los duques, reía suavemente ocultando sus labios con una mano, intentando ser elegante. El gran duque la miraba con aprobación, con una sonrisa que nunca me dirigiría a mí.
—Eres una buena niña, Angela. —Su voz era firme y clara. La voz de un padre orgulloso.
Angela bajó la mirada con modestia. Vestida de doncella, no hacía más que enfatizar la furia absurda en mi interior. Sentada en una de las sillas, disfrutando del calor, la comida, conviviendo con ellos, como si fuera un pequeño juego. ¡Qué ironía!
Cerré los ojos conteniendo el temblor en los labios.
Cuando tenía apenas cinco cortos años. Angela Olivo llegó a nuestras vidas justo cuando Eldoria moría lentamente, envuelta en mantas rojas mugrientas, forradas de hojas de abedul. Era la hija de un simple plebeyo, amigo del gran duque, caído en batalla contra el reino enemigo, Mosra; su esposa era buscada por supuesta traición al reino, asesinando así a todos los hijos de la familia Olivo. Según los rumores, Angela logró escapar antes de la llegada de los soldados reales.
Con anterioridad a su llegada, el gran duque hablaba con admiración de la hija de los Olivo: una niña educada, amable y perfecta. Siempre que podía, me reprendía, comparaba y echaba en cara lo que yo no podía hacer.
Pero cuando apareció bajo las grandes puertas del castillo, tras haber sido buscada por nobles y plebeyos durante días —quizá semanas—, los duques la aceptaron sin rechistar. La bañaron y la alimentaron.
Eldric fingió ante el mundo que aquella chiquilla de ojos azules y rizos castaño claro, llena de tierra y vergüenza, compartía su sangre. Como si fuera la única heredera digna del ducado. Y a mí... dejaron que la penumbra me tragara. En el octavo día desde su llegada, el gran duque organizó un baile en su honor. Yo estaba en las escaleras, preparándome para mi esperada entrada, cuando lo escuché decir:
—Al fin tengo una verdadera hija digna.
No hablaba de mí
He vivido bajo la sombra de ella durante tantos años... y, sin embargo, esperaba. Esperaba que él girara la cabeza y me dijera lo mismo con comprensión y ternura. Que su mano grande y áspera se posara sobre mi cabello y lo revolviera con cariño como hacía con ella.
Pero no lo hizo. ¡Ni siquiera me miró!
Y aun así, a pesar de los constantes intentos de Eldric por mantenernos separadas, Angela y yo nos volvimos inseparables...
Nos buscábamos en los pasillos oscuros del castillo, compartíamos mantas cuando el invierno se colaba por las paredes de piedra, y ella —siempre ella— partía su pan en dos y lo dejaba junto a mi puerta sin decir una palabra. Me cubría los hombros cuando fingía ante todos no tener frío; jamás reclamaba reconocimiento por ello. Angela tenía ese brillo natural que atraía a todos.
Incluso el gran duque le ofreció una vida noble, llena de lujos y comodidades; sin embargo, no la tomó por completo; prefirió quedarse a mi lado, sirviendo a la casa Caerion como mi doncella, y algunas veces, cuando el rey o los nobles se hacían presentes, se convertía en una dama noble.
Pero yo... yo no era como ella.
La admiraba. Pero más que eso, la envidiaba con una intensidad que me avergüenza confesar. Ansiaba su presencia, su facilidad para ser amada, esa manera tan natural de encajar en un mundo que a mí siempre me pareció ajeno. Quise tanto ser como ella que la seguí, la imité, intenté moldearme a su reflejo, con la desesperada esperanza de que, algún día, al mirarme, él viera en mí lo que veía en ella: a una hija digna.
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Editado: 07.04.2026