Sombras de poder

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CAPÍTULO 2

FAMILIA

"Las únicas personas a quienes puedo llamar

familia tienen una daga bajo el cuello si son vistas a mi lado."

El rechinido de botas me hizo girar. Mylon estaba parado firme contra la pared, soplando un mechón rojo rebelde que le tapaba la vista. Llevé los dedos a los labios, conteniendo la risa, ocultándola. Años atrás, una inocente risita con Angela me había costado seis latigazos en la espalda.

—Mejoraste mucho, Mimi... —preció susurrar. Saqué la punta de la lengua, y él bufó rodando los ojos en respuesta.

—¿Puedo retirarme? —pregunté con suavidad. Eldric me observó con esa familiar mirada fría.

Bajó la barbilla hasta mi plato, donde solo había dos patatas cocidas. No había comido ni una, debido a que, por órdenes de la duquesa, debía bajar de peso, ser aún más delgada que todas las damas de la corte, y mi única ración de manzana ya la había devorado al amanecer.

La duquesa parecía torturarme día con día, ordenando un festín en la mesa, pidiendo mis comidas favoritas. Obligándome a verlos comer cada tarde y noche.

—Vete. —respondió el Gran Duque con frialdad.

De inmediato me levanté, sujetando el vestido por los bordes, inclinándome ante el duque y su esposa, bajando la cabeza, tal como dictaba la tradición. Lyn dejó la jarra en una mesita, inclinándose de igual manera ante ellos, y se retiró a paso rápido. Angela no esperó, y me imitó con una suave sonrisa, intentando suavizar el incómodo silencio.

—También me retiro. Buena noche, mi duque, mi duquesa.

Seraphina respondió con una sonrisa agitando la mano derecha; era la primera sonrisa que veía en su rostro en todo el día. Eldric, por su parte, se despidió con un asentimiento de cabeza, acariciando el cabello liso que caía por la espalda de Angela.

Por unos segundos, observé los rizos negros que rozaban mis mejillas. Eldric odiaba el color negro azabache en mi cabello; era tan distinto a todos en la familia Caerion. Yo era un defecto que no se podía reparar.

Antes de que lográramos decir una palabra, nos retiramos rápidamente. Mylon nos siguió por detrás, igualando el paso. Angela pasó una mano alrededor de mi brazo derecho.

—Tiene excelentes modales, mi señora. —murmuró Angela, bajando la cabeza. Mylon se adelantó hincando una rodilla.

—Increíbles, diría yo.

Las risas escaparon más alto de lo prudente, rebotando en las paredes de piedra, hasta que la figura del viejo Albert, el servidor de cámara, las apagó con su sola presencia. Desde el ventanal, distinguí las siluetas temblorosas de Tom y Simón. Mis amigos secretos.

Se aferraban a sus espadas mientras vigilaban la lejana entrada a los calabozos.

—Buena noche, señorita. —Saludo, el viejo Albert, inclinando la cabeza con el respeto que nunca perdía, incluso cuando llevaba dulces escondidos. Deposito tres dulces de leche en mi palma antes de marcharse.

Tragué con dificultad. El viejo Albert, que a veces se arriesgaba, deslizaba comida a escondidas bajo mi puerta cuando la duquesa era demasiado severa. Pero para mí, todo eso estaba prohibido. Mylon, sin preocuparse por tales cosas, atrapó uno de los dulces y exclamó con una sonrisa:

—¡El viejo Albert es increíble!

—Cállate, Mylon —respondió Angela arrebatándole uno de los dulces—. Vete a jugar al soldadito, tenemos cosas de damas que hacer.

Mylon arrugó la nariz ante el gesto, y con un bufido le robó el dulce entre los dedos. Angela chilló y le jaló los cabellos rojos sin piedad. En segundos, ambos chocaban contra las paredes del pasillo entre risas y empujones hasta que me planté en medio como un muro, pero Angela —con el peinado hecho un desastre y la mirada encendida— no lo pensó dos veces, y le clavó los dientes a Mylon en el brazo.

—¡Eres un glotón! —El grito me alertó; sin embargo, ya lo sabía, el gran duque lo pasaría por alto.

Mylon cayó al suelo y se llevó el otro dulce a la boca con una risita triunfante mientras huía al final del pasillo, sacando la lengua. Angela bufó cansada.

—Estoy harta de ese... indómito; ojalá caiga en un pozo y se pierda. —Llevó ambas manos al cabello, como si el encuentro la cansara.

No pude evitar reír; observé el dulce en mi palma y consideré devorarlo al momento; sería el único alimento en horas, pero al ser el dulce favorito de Angela, lo replanteé, y estiré el brazo, ofreciéndole el dulce.

También lo haría por mí.

Los ojos de Angela se cristalizaron, tomando el dulce como una ofrenda, apretando mi cuerpo contra el suyo.

Sonreí a medias. Una sonrisa real y genuina.

El regreso al ala sur me parecía interminable: pasillos oscuros, sirvientas chismosas y miradas obscenas

El regreso al ala sur me parecía interminable: pasillos oscuros, sirvientas chismosas y miradas obscenas. Había convivido con tantas personas en el castillo que los mismos gestos y acciones me eran aburridos.

Caminar a todas horas con un vestido apretado apenas ayudaba. No había comido bien en días, y ese familiar nudo en el estómago me hacía querer correr a la cocina y devorar todo a mi paso. Mylon nos esperaba en las escaleras, en dirección a mis aposentos, pero no quería repetir el mismo día y acabar en la cama, cansada y aburrida.

Deseaba desaparecer en algún rincón, donde no existieran reglas, ni títulos u obligaciones. Lo deseaba tanto como subir al balcón y lanzarme en picada. Suponía que tal vez, y así, Eldric se preocuparía por mí.




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