Sombras de poder

3

CAPÍTULO TRES

HERMANOS

"La noche es el único momento en que las reglas

no existen, y por una vez, decidí que yo tampoco"

El sonido de taconcitos resonaba en el camino de piedra mientras regresábamos a mis aposentos. Cuatro sirvientas que no reconocía caminaban detrás de nosotras, cuchicheando. El encuentro fuera de las escaleras nos tomó por sorpresa; sin embargo, las sirvientas, jóvenes y nerviosas, accedieron a guardar silencio. Angela caminaba a mi lado; las veía de reojo, acallándolas con una sola mirada.

Subimos las escaleras con lentitud; al fondo, en la habitación más alta, se encontraba una puerta de roble, mis aposentos; apenas podía verla en la penumbra de las escaleras.

La sirvienta más vieja del castillo de Caerion ya esperaba de pie en la puerta con una vela encendida. Un calorcito reconfortante ardió en mi pecho.

—Bienvenida de vuelta, señorita. —La mujer habló con voz quebrada, como hojas secas frotándose entre sí. Asentí con una leve sonrisa.

—Pueden retirarse. —dije en voz alta, acallando los murmullos mientras la puerta se abría para mí. Las sirvientas con expresiones avergonzadas bajaron la cabeza haciendo una reverencia.

Angela pasó a su lado con pasos rápidos hasta lanzarse en el aire; su cuerpo rebotó en la cama.

—Hace calor aquí arriba, Teodora... —dijo refiriéndose a la sirvienta mientras se acomodaba en las sábanas, cruzando las piernas mientras hacía girar una moneda de oro en los dedos. Teodora dejó salir un pequeño suspiro mientras retiraba las prendas, deshaciéndose del corsé que me ahogaba, la faldilla que ofrecía más volumen y el exquisito vestido de terciopelo celeste bañado en bordes de oro.

—Se ve más... delgada —susurró Teodora; sus ojos recorrieron mi estrecha cintura, las costillas demasiado marcadas para una jovencita de mi edad.

—Es inaceptable que te hagan bajar aún más de peso. —añadió Angela. A pesar de la lejanía, logré sentir cómo su mirada se clavaba en mi nuca, una presión muda que me empujaba a la vergüenza.

Instintivamente traté de cubrirme. Mis brazos buscaron las mangas de la camisola, cualquier cosa que pudiese ocultar lo que quedaba de mí, pero fue demasiado tarde. Teodora, en un intento por ayudarme, rozó mi espalda.

Un simple toque. Y todo se desmoronó.

Mis rodillas se doblaron en el aire hasta caer en el suelo antes de que pudiera respirar. Las palmas golpearon la alfombra con un sonido sordo. El mundo se cerró a mi alrededor, bloqueando mis sentidos; fue entonces cuando las voces llegaron de inmediato, un eco dentro de mi cráneo, desgarrando el mismo silencio.

"¡Fue tu error! ¡Tu error! ¡Tu error!"

La penumbra envolvía mi cuerpo, arrastrándome hasta el recuerdo más profundo y retorcido, obligándome a llevar ambas manos a los oídos, presionando las sienes con fuerza. ¡Intentando romper el eco, matarlo! Pero, no importaba lo que hiciera, no se callaba. Las voces nunca se callaban.

Los gritos rebotaban dentro de mi cabeza, con la familiar voz chirriante de la duquesa, evocando las manos ásperas, sus uñas enterrándose en mis brazos. El látigo, los golpes, los gritos ahogados, el aliento amargo en mi cuello.

Las cicatrices en mi espalda ardieron, como si hubieran sido abiertas otra vez, como si estuviera ahí... No podía hablar... mi respiración... se volvió errática. Mi corazón golpeaba demasiado rápido, demasiado fuerte... parecía estallar.

Ella no está aquí.

Ella no está aquí.

Me obligué a repetirlo.

Abrí los ojos en un intento de volver a la realidad, como tantas noches lo había practicado, pero lo que vi no eran mis aposentos. Era el salón helado de mi infancia, las tormentosas cortinas azules ondeando mientras oía aquel látigo caer al suelo.

Entonces, sentí la voz de Seraphina, con una suavidad envenenada, susurrarme al oído. "No me importa si me llevan a las mazmorras. Yo te he dado la vida, yo te la puedo quitar".

El aire se volvió más pesado; mis brazos cedieron.

Ella no está aquí, repetí en mi mente, una y otra vez, aferrándome al presente, a mi realidad, aun cuando las cicatrices ardían, quemándome la espalda, recordándome que nunca podría escapar.

Brazos arrugados y suaves envolvieron mi cuerpo por completo como una manta suave.

Me dejé caer contra ese pecho como si fuera el único lugar seguro que me quedaba, y las voces pararon. En ese instante, el peso de los recuerdos y las cicatrices se desvanecieron por un breve momento; aquel contacto cálido parecía quemar los recuerdos de la violencia y el miedo. No hubo palabras, ni siquiera preguntas; solo la protección silenciosa de unos brazos que me envolvieron como si fuera su misma sangre, permitiéndome respirar sin temor a revivir el pasado.

Al alzar la vista, borrosa y distorsionada, logré ver a Angela al pie de la alfombra, de rodillas. Tenía una mano en el suelo y la otra en su cuello. Sufría. Parecía sufrir.

Los labios le temblaban con todo el peso de lo que jamás se atrevería a decir, palabras que suplicaban salir, pero morían en su garganta como tantas veces. Sus ojos azules, inmensos, se clavaron en mi rostro, tanto que sentí que mirarme pudiera atravesar la distancia, sostenerme y pedirme perdón por un acto que no cometió. Pero no podía tocarme. No podía alcanzarme.

Porque había algo más cruel que cualquier juicio del mundo que se interponía entre nosotras: lástima.

Su mirada era una daga silenciosa que me atravesaba el pecho, y me dejaba desnuda, humillada, frente a ella.

La mano de Teodora cubrió mis ojos, en un gesto que parecía querer protegerme del mundo. Pero el daño estaba hecho. Las miradas sucias de las sirvientas, el desdén de la duquesa, las palabras como cuchillos del gran duque, los años aguantando con los dientes apretados... Todo eso volvía a caer encima, ahora, reflejado en los ojos de Angela.




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