Sombras de poder

4

CAPÍTULO CUATRO

EL ESCAPE PERFECTO

"No sabía que me pesaba más: el miedo a

ser descubierta o el deseo de ser libre."

El toque de queda impuesto por el Gran Duque comenzaba cada noche a las ocho. A esa hora, Aldrich y Eldric solían marcharse hacia la corte del rey, mientras la duquesa, Angela y yo permanecíamos en el castillo, encerradas entre muros que parecían estrecharse con cada segundo.

"Las mujeres no deben interferir en los negocios de un hombre", repetía el duque como si fuera una ley grabada en piedra cada vez que abríamos la boca.

Pero esta noche, lo rompería todo.

Esta noche, evadiría las reglas y conocería la capital que hasta entonces solo había observado desde la ventana de un carruaje. No sabía si era una buena idea. Ni siquiera sabía si era una idea mala o, quizás, la peor decisión de mi vida.

Estaba sentada sobre la cama, con las piernas ocultas bajo los muslos, como la señorita Lyra me había enseñado. La espalda recta, las manos sobre el regazo, cuidando cada detalle de postura. Quizá la duquesa podría aparecer en cualquier momento para corregirme, y lo haría sin dudar.

Angela, en cambio, estaba a mi lado sentada de forma completamente distinta: una pierna cruzada sobre la otra, el cuerpo relajado, despreocupado. Un gran libro descansaba en sus manos: La Gran Guerra y la unificación de Aldoria y Eldoria. Sus ojos recorrían las páginas en silencio, como si absorbiera cada palabra.

Desde la ventana, logré ver a Aldrich sacando dos caballos del establo.

La Gran Guerra... ese tema siempre había sido territorio prohibido. El comandante supremo había dejado claro que no era un conocimiento apropiado para una dama. No tenía sentido aprender sobre guerras si mi único deber era conocer reglas de etiqueta y prepararme para ser una buena esposa.

Y sin embargo... no podía evitarlo.

Angela, por otro lado, había vivido cerca de las fronteras de Eldoria. De algún modo siempre respeté su espacio y pasado, que siempre iniciaba en no recordar y terminaba en este castillo, pero cada vez que Aldrich mencionaba la guerra o hablaba de los refugiados en la mesa del comedor, Angela se incomodaba. Fingía hacer otra cosa. Se marchaba. Siempre con la misma expresión de horror.

Cuando la guerra y la unificación ocurrieron, Angela debía tener unos seis años. Yo apenas tres. No recordaba nada en lo absoluto. Pero Angela... ¿Lo haría?

—Angela —dije de pronto—. ¿Sabes lo que realmente sucedió en la guerra?

Angela se tensó. No fue visible en un inicio, pero lo noté. Aunque lo detestara, la conocía mejor que a mí misma. Sus hombros se elevaron apenas unos centímetros antes de relajarse en un suspiro.

—¿En la unificación? —repitió, sin levantar la mirada del libro.

De inmediato asentí, girando mi cuerpo hacia ella.

—Padre dice que no debo leer sobre eso... ni saberlo.

Angela dejó escapar un suspiro más largo, cerrando lentamente el libro. Sus dedos tamborilearon contra la tapa de cuero.

—¿Y por qué quieres saberlo? —preguntó con un tono ligero, casi burlón. Con un movimiento rápido, toco la punta de mi nariz—. Deberías seguir esa regla.

Fruncí el ceño, apartando la mano.

—Porque algún día... podría convertirme en princesa consorte. Debería conocer la historia real de mi reino. No solo rumores de heraldos y bardos.

La mirada de Angela se suavizó mientras dirigía la vista hacia el establo, envuelto en sombras. Su respiración se volvió más profunda, como si su mente hubiera abandonado la habitación.

—Fue... sangriento —murmuró, rozando el marco de la ventana con los dedos—. A veces extraño mi antiguo hogar... a mi hermana.

Mi corazón se paralizó. Angela jamás había mencionado una hermana.

—¿Tenías una hermana?

La pregunta salió sin pensar, y cuando lo noté, me percaté de que algo en la expresión de Angela cambió. Una frialdad súbita que atravesó sus ojos. Casi como si estuviera decidiendo si aquella inocente pregunta era simple curiosidad... o una amenaza.

—Tenía —dijo con voz seca, aclarándose la garganta y enderezando la espalda.

Angela rara vez hablaba sobre su pasado. Solo dejaba caer fragmentos, piezas sueltas que nunca encajaban del todo.

—Ahora solo vive mi abuela —añadió, apartando la mirada—. A veces la visito a fin de mes... para que vea que sigo viva.

Algo en sus palabras provocó un escalofrío que me recorrió la espalda. Sigo viva. No dijo "estoy bien" o "para que sepa de mí". No. Solo sigo viva. Como si eso fuera lo único que importaba.

El carruaje partió desde la entrada principal, llevándose la luz de las antorchas y la seguridad de la rutina.

Angela se apartó de la ventana y sonrió con ligereza.

—Basta de historias —dijo—. Tenemos un escape que planear, pequeña duquesa.

Intentar concentrarse en el plan fue inútil. No podía dejar de pensar en lo que acababa de escuchar. Por primera vez, comprendí que Angela no era simplemente una joven con un pasado difícil. Cargaba secretos. Secretos pesados. Secretos que no quería compartir. Y por primera vez, me pregunté: ¿Quién es realmente Angela Olivo?

—¿Lista? —preguntó Angela, deslizando el libro bajo la cama.

Tragué saliva, aún indecisa.

—Pero... no tenemos ropa de campesinos —señalé el aparador—. Solo tengo vestidos.

Angela negó con la cabeza, llevándose una mano a los labios.

—Lo he planeado —respondió, sacando dos prendas oscuras de detrás del mueble.

Por unos segundos, me quedé sin palabras. Mi mano derecha viajó por sí sola al pecho. ¿Cuándo había escondido eso ahí?

Angela repitió sus palabras con una sonrisa.

Extendió las prendas sobre la cama. El polvo se alzó en el aire. Camisas blancas, amplias, con mangas abullonadas, lo bastante holgadas para ocultar nuestras figuras. Calzas abombadas y gastadas, con costuras remendadas en las rodillas. Dos pares de botas de cuero, tan desgastadas que parecían haber pertenecido a otros antes.




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