Sombras de poder

5

CAPITULO CINCO

LA CAPITAL

"Dentro de una biblioteca tan modesta y oculta,

me percate de lo pequeña que era mi jaula, y de cuanto ansiaba romperla."

La nieve se acumulaba en mi capa cuando avanzamos a caballo, saliendo de la mansión por una abertura secreta que, al parecer, Angela había hecho años atrás a mis espaldas después de que padre le negara ver a su abuela. Mylon no compartió ningún comentario bromista; se mantuvo en silencio hasta que evadimos a los guardias de la entrada, que ni siquiera se percataron de nuestra salida.

Tres horas de camino hasta la capital en carruaje se redujeron a tan solo una a caballo. La brisa invernal cortaba mi piel, pero el galope constante y el calor del caballo bajo mis piernas me mantenían firme, más de lo que deseaba.

Angela y Mylon, sin embargo, no compartían mi malhumor por el aire gélido. Reían, peleaban por cualquier tontería, rodeándose con los caballos, incluso tirándose bolas de nieve en pleno camino.

—¡Maldito campesino de pacotilla! —rugió Angela, sacudiéndose la nieve del rostro.

—¡No es mi culpa que seas tan lenta! —se burló Mylon, lanzándole otra bola de nieve.

Angela se inclinó en su silla, determinada a vengarse, pero perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer. El grito que soltó en el acto fue tan inesperado que solté una carcajada.

Me sobresalté al oírme reír. Era una risa real, no de compromiso ni apariencia. Una risa que me sorprendió tanto como el frío que me cortaba la piel. Tal vez era el alivio de estar fuera por fin, de escapar, aunque fuera por unas horas, de no ser la hija del gran duque ante los demás. O quizá... era verla así. Sonriendo como si nunca hubiera hecho nada malo. Como si no hubiera ocupado el lugar que me pertenecía. Como si no fuera la razón por la que me mandaron al matadero disfrazado de etiqueta y perfección.

Apreté los dientes y me obligué a guardar aquel instante en mi memoria. Su risa. Mi risa. La lamentable ilusión de que todo era simple. De que podía... quererla.

Aunque en el fondo supiera que no era cierto.

A lo lejos, las luces tenues de la capital titilaban en la neblina nocturna. Bajamos de los caballos y los guiamos por un sendero oculto entre los árboles, alejándonos de los caminos principales. Mis piernas estaban ocultas bajo la nieve.

—Los amarraremos aquí —dijo Mylon, acariciando el cuello de su caballo—. En los establos del mercado hay ladrones que venderían nuestros caballos por un pedazo de pan.

Angela bufó.

—Lo dices como si estos caballos fueran de gran calidad.

—Lo suficiente para llamar la atención. —Mylon amarró las riendas a una rama gruesa y se aseguró de que los caballos estuvieran bien atados—. Además, no queremos que los guardias del gran duque nos reconozcan.

Me deshice de la nieve de la capa y Angela se aseguró de introducir los cabellos sueltos dentro de la capucha.

—Suéltame —aparté sus manos—, no soy una niña y no estamos en el castillo. No tienes que fingir. Te recuerdo que puedo hacerlo.

Angela sostuvo mis manos, deteniéndome.

—Y yo te recuerdo que, aunque estamos fuera del castillo, te puedo seguir cuidando, hermanita. No estoy fingiendo ni un poco.

Apreté los labios, sintiendo un incómodo calor en las mejillas. Por supuesto que fingía, siempre había fingido. Con esa cara dulce y palabras medidas. Nunca tenía que esforzarse por tener que convencer a nadie. Y siempre que mis palabras se ahogaban, ella estaba allí para responder por mí, para hacerme sentir más pequeña. ¿Cómo no iba a fingir?

¿Por qué no lo haría?

El corazón comenzó a latirme con fuerza. Sacudí la cabeza, intentando apartar aquel pensamiento, y me di un par de palmadas suaves cuando por fin se alejó.

La silueta de la capital más allá de los árboles era maravillosa; los techos empinados cubiertos de nieve lograban hacer que los faroles titilando y el cielo estrellado me revolviera el estómago. Era tan bello que me daba náuseas.

Esta era la primera vez que pisaría la calle empedrada por mi cuenta y decisión, sin verla de lejos dentro del carruaje o rodeada de guardias ocultando mi vista.

Hoy sería un simple y común campesino, una persona más sin importancia en el imperio, alguien que no valía nada dentro de los nobles o castillos. Sonreí emocionada.

Angela me miró de reojo y se pegó a mi lado, como una rata molesta. Entrelazo nuestros dedos sin pedir permiso; mi sonrisa se desvaneció al instante.

—¡Suéltame! —susurré incomoda y avergonzada—. No estamos en el castillo. ¡Ya te lo dije!

Angela negó con la cabeza, tranquila.

—Si te suelto, te perderás.

—No me importa —bufé—. Voy a seguirlos igual.

Ella asintió soltándome y caminó despacio al frente.

—Está bien, pero no me hago responsable por las personas de la capital —canturreó—, no sabes lo crueles que pueden ser...

Apreté los puños, sintiendo cómo los nervios me subían al pecho. Tenía razón. Demonios, tenía razón. Cerré los ojos, conteniendo la vergüenza, y corrí tras ella. Sin decir una palabra, tomé su mano otra vez.




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