Sombras de poder

6

Advertencia de contenido:
Este capítulo contiene descripciones explícitas de violencia y abuso que pueden ser perturbadoras para algunos lectores. Se recomienda discreción al proceder con la lectura.

CAPÍTULO SEIS

CASTIGO

“Por la noche me convertí en un joven campesino,

pero al amanecer volví a ser la hija del gran duque y futura

princesa consorte, la vergüenza de mi madre.”

Angela apoyó una mano en mi hombro.

—No hay más tiempo para esto. Debemos irnos antes de que nos descubran.

Asentí. Mylon nos lanzó una mirada de advertencia, asegurándose de que el callejón estuviera despejado.

Dejamos la biblioteca atrás.

El mercado seguía bullicioso, pero el ambiente comenzaba a cambiar. Los comerciantes desmontaban sus puestos, sacudiendo la nieve de las telas. Nos detuvimos junto a una fogata donde un grupo de niños se arremolinaba en torno a un anciano que tocaba una flauta de madera. Los niños reían y cantaban una melodía extraña, que no parecía recordar. Las pocas personas que pasaban susurraban sobre el canto.

—Corre, corre, el ojo te ve, en la hija del caos la sangre florece. Caos y ruina, viene la mujer, la sangre ardiendo, ¡corre o te va a comer…! Duerme, guerrero, en sangre y fango; si susurras su nombre, ella te escuchará…

—¿Qué es eso que están cantando? —pregunté en voz baja, sin apartar la vista de los niños.

Angela, a mi lado, se quedó en silencio por un largo momento, con los brazos cruzados, observando a los niños.

—Es una canción antigua —dijo finalmente.

—¿Sobre qué?

Mylon a mi lado soltó un resoplido dejándose caer en la nieve.

—Sobre el bosque prohibido.

—¿Bosque prohibido? —fruncí el ceño, girándome hacia él—. Nunca he escuchado sobre eso.

Angela bajó la mirada a la fogata, como si dudara si debía responder.

—Porque no deberías —murmuró Mylon—. En la corte, según sé, nadie menciona el bosque prohibido. Es un tema vetado. Pues a los nobles no les importa en lo mínimo otras cosas más que las ganancias e inversiones.

—Pero aquí, en los pueblos de la capital, los ancianos aún cuentan historias —añadió Ángela—. Dicen que es un bosque que los dioses crearon para los humanos. Un lugar donde la magia aún respira, y quien sube sin ser elegido, se vuelve loco... —dijo lo último en un susurro.

—¿Y tú qué crees?

Angela me miró.

—Creo que hay algo ahí dentro… que aún vive.

El fuego crepitó en la fogata. Los niños seguían cantando.

Entonces, recordé las veces que Aldrich callaba a las sirvientas cercanas, o cuando solía observar los ventanales de la sala de estudio con la señorita Lyra, y siempre ocultaba las montañas con su presencia. ¿Acaso era eso?

Había tantas cosas que no sabía. Y ahora, aquí, en la capital, rodeada de campesinos y mercaderes, comenzaba a darme cuenta de que mi mundo era más pequeño de lo que pensaba. El gran duque había controlado cada información que llegaba a mí, moldeando mi realidad. Volviéndome ignorante.

Mylon carraspeó, intentando aligerar el ambiente.

—Deberíamos seguir.

Angela asintió y me tomó del brazo, alejándome de los niños. Pasamos las siguientes horas explorando lo que quedaba del mercado, entrando a lugares extraños y comprando cosas pequeñas sin sentido. Como guantes de lana para mí, un par de aretes baratos para Angela y una bolsa de nueces trituradas que Mylon insistió en que debíamos probar.

Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí… libre.

Libre de reglas, libre de la mirada crítica de la duquesa, libre de los susurros de las sirvientas. Por unas horas, no era la hija del gran duque. No era la futura princesa consorte. Ni siquiera la hermana del comandante.

No era nada. Y ser nada fue increíble. Pero el tiempo es traidor, y corre veloz cuando quieres detenerlo.

Nos encontrábamos en un pequeño claro fuera de la plaza central cuando Mylon se dejó caer de espaldas en la nieve con una sonrisa de satisfacción.

—¡Demonios, hace frío! —se quejó, pero no se levantó.

Angela bufó, pero no tardó en hacer lo mismo, dejándose caer junto a él, extendiendo los brazos sobre la nieve. Dudé un instante. Pero luego, lentamente, me arrodillé y me acosté junto a ellos.

El cielo oscuro estaba despejado, con las estrellas titilando sobre nosotros como pequeñas velas.

—Nunca había hecho esto —murmuré, sintiendo la nieve derretirse bajo mi peso.

—¿Tirarte en la nieve? —preguntó Mylon.

—No... mirar el cielo así.

Angela se giró hacia mí con una sonrisa.

—Pues prepárate, porque no hemos terminado.

Y antes de que pudiera reaccionar, una bola de nieve explotó en mi cara.

Solté un grito ahogado y parpadeé rápidamente cuando el frío me golpeó la piel. Angela estalló en carcajadas y Mylon, sin dudarlo, se unió al ataque, lanzándome otra bola de nieve al brazo.

—¡Oh, por los dioses! —grité, incorporándome—. ¡Van a pagar por eso!

Tomé un puñado de nieve y lo lancé contra Mylon, golpeándolo en la nuca. Angela gritó a carcajadas y rodó por la nieve para esquivar mi próximo ataque. La risa nos envolvió, el frío desapareció, el mundo dejó de existir por un momento.

Jugamos hasta que nuestros dedos se entumecieron y nuestros cuerpos temblaban de tanto reír. No quería que terminara.

Sin embargo, en medio del juego, vi algo que me congeló por completo. El cielo ya no era oscuro. Un resplandor azul y dorado comenzaba a teñir el horizonte.

El alba. Mi corazón se detuvo.

—No…

Angela y Mylon se detuvieron de inmediato al ver mi expresión.

—¿Qué pasa? —preguntó Mylon, aún sin aliento.

—El sol está saliendo —susurré.

Angela parpadeó, luego miró el horizonte. Y entonces, su expresión cambió a puro pánico.




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