CAPÍTULO SIETE
LAS PRUEBAS.
“Sí me enfrentaba a muerte a otras señoritas tendría la corona,
pero si no lo hacía… nunca sería libre.”
He despertado en el suelo, envuelta en una manta delgada. El suave amanecer se filtra por la ventana. He de confesar que la ausencia de Angela, de alguna forma, hace que mi corazón duela. He llegado a aceptar que ella fue la culpable; fue quien insinuó nuestra huida secreta, dijo que se haría responsable ante una reprendida. Y, sin embargo, nada fue verdad.
Me mintió. Fui tan ingenua, tan desesperada, que le creí.
Quizá lo que más dolía no era que me dejara sola... sino que lo hizo después de prometerme que nunca lo haría.
En mi primer día sin ella, lloré en este mismo lugar, preguntándome si la duquesa lo había hecho porque he sido una hija inútil e insignificante, como me ha llamado miles de veces. Me quito a Angela sin dejarme siquiera la opción de despedirnos.
No recuerdo con exactitud en qué momento comenzaron a arrastrarla por el patio. Peleamos frente a los sirvientes; le dije cosas hirientes, la llamé plebeya usurpadora. Hasta que Seraphina nos separó, me golpeó con uno de sus látigos preferidos.
La nieve caía despacio, cruelmente hermosa, como si el cielo ignorara lo que estaba ocurriendo. Recuerdo cómo mi rostro ardía, pero no sabía si era por aquel golpe o la nieve que se aferraba a mis mejillas.
Tenía la cara en su falda, cansada y adolorida. Horas atrás me habían humillado, golpeado y tocado unas completas extrañas solo para confeccionarme un nuevo vestido. Ahora estaba en el suelo, sollozando como un bebé, aferrándome a las piernas de Angela.
—¡No la toque! ¡No más! —gritó Angela. Su voz se rompía—. No lo haga…
—Angela… —susurró la duquesa—. ¿Por qué la defiendes? Ha cometido un error. Debe ser castigada.
—¡No! —se puso de rodillas, ocultándome con su cuerpo—, si ha de castigar a alguien… castígueme a mí. Fue mi idea escapar por unas horas; ella no quería hacerlo.
—¡Silencio! —dio un pisotón a la nieve. Angela se estremeció y apretó una de mis manos con fuerza.
El cuerpo de mi doncella se comenzó a levantar con suavidad sin soltar mi mano, obligándome a ponerme de pie.
—No volverá a tocarla, no le volverá a poner un dedo encima.
Un estruendo me hizo flaquear. Cuando alcé la vista, el rostro de Angela se había ladeado. Ya no existían aquellos ojos aguados con los que siempre me observaba desde la oscuridad.
Había algo en ellos que me hacía ponerme de rodillas.
—Angela… —La duquesa farfulló, dejando caer el látigo.
—No la volverá a tocar. —repitió.
La sombra del gran duque detrás de Seraphina movilizó a los soldados; se movieron con rapidez, levantando la nieve en el acto, separándome de Angela.
—Llévensela. —ordenó Eldric.
Dos soldados altos la sostenían por los brazos; no con violencia, sino con aquella falsa delicadeza con la que todos la veían. No sabían si tratarla como noble o como una simple sirvienta.
Ella no se resistía, pero sus ojos… esos malditos ojos me buscaron como siempre lo hacían. Suplicando.
Tragué duro, intentando alejar a los soldados que me forzaban a subir por las escaleras y entrar al castillo.
—¡Déjenme hablar con ella! —grité.
Una de las sirvientas intentó detenerme, pero me solté de un tirón, sintiendo las manos sudadas y frías. Seraphina, que se había mantenido cerca de la gran fuente, observando a los soldados arrastrar a Angela a un carruaje, se giró en el último escalón; su silueta, que siempre era alta y firme, se tambaleaba.
—Déjenme… —susurré; las palabras murieron en mi garganta.
—No necesitas a esa niña para convertirte en princesa —dijo Eldric—. Aprenderás a estar sola. Eso te hará más fuerte.
Angela intentó zafarse, pero el capitán de guerrilla le susurró algo al oído. Su pecho se tambaleó y soltó un breve sollozo, mordiéndose el labio.
Me detuve a mitad de las escaleras. Los soldados hacían un muro frente a mí. Estaba a solo unos metros de distancia. Solo unos pasos más, y podría alcanzarla.
Pero no lo di.
Angela me miró, como tantas veces lo hizo en la oscuridad de mi infancia, cuando su pequeño cuerpo bloqueaba la puerta de mis aposentos para que Eldric no entrara. Cuando ponía hielo sobre mis costillas golpeadas y cantaba hasta que me dormía en sus brazos.
Sus labios temblaron. Su mano tembló.
Y entonces, se la llevó a la oreja derecha. Una sola vez.
El gesto fue suave y lento, como si temiera que la descubrieran. Como si esperara que yo respondiera.
Pero yo no me moví.
Mis dedos se clavaron en la barandilla hasta doler. El corazón latía con fuerza. Gritaba por dentro. ¡Demuéstrame que de verdad no quieres irte! ¡Di que te obligan! ¡Corre hacia mí! ¡Haz algo!
Sin embargo, Angela solo me miraba. Esperaba. Creía en mí de alguna forma. Como si yo aún pudiera ser la niña que se escondía entre sus brazos.
Y cuando el carruaje comenzó a moverse, sus labios se abrieron una última vez. Tres palabras. Apenas las leí en sus labios: “Te salvaré, hermanita.”
Tres días en esta mansión han sido una tortura; Eldric se marchó con Seraphina junto a Aldrich hacia el palacio por asuntos de la corona. Todos los soldados se han ido con ellos. He mirado a la chimenea apagada, esperando que alguna ceniza respondiera mis preguntas. No lo han hecho.
Tres malditos días me bastaron para comprender algo: no fue ella quien se fue. Fui yo quien no la siguió.
Toda mi vida he sido la que sobra. La que puede esperar. La que puede sacrificarse. Y, aun así, sigo preguntándome qué hice tan mal para que nadie me eligiera sin condiciones.
Cada noche regreso al mismo recuerdo, no para culparla al irse, sino para castigarme por no haber sido lo suficientemente valiente como para seguirla. Eldric me dijo que estar sola me haría más fuerte, pero nunca me explicó cómo se supone que se vive… cuando lo único que querías era que alguien se quedara.
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Editado: 07.04.2026