CAPÍTULO OCHO
ENTRENAMIENTO PARTE 1
"Mi cuerpo se cubrió de moretones, pero descubrí que no eran las marcas las que dolían, sino la certeza de que mi niñez había terminado en aquella ladera nevada."
La sirvienta que reemplazaba a Angela me observaba desde la puerta en un completo silencio. No sabía su nombre, pero seguía allí, firme y ojerosa, con las vendas en las manos, como si esperara que dijera algo.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunté, sin apartar la vista del espejo.
Eldric había ordenado la cena anterior que debía vestirme como un soldado: calzas abombadas, botas con cordones, una camisa blanca y una hopalanda para cubrirme del frío. Seraphina, por supuesto, no dudó en oponerse ni un solo segundo y, como era de esperarse, estalló en rabia. Gritó desde las terrazas, maldijo a los sirvientes inocentes, llamó al gran duque traidor, y toda la noche montó una escena de escándalo.
«¿Acaso quieres hacerla ver como un hombre? ¿Qué pasará con todos aquellos pretendientes que se paran todas las mañanas en las grandes puertas del castillo? ¡Si el príncipe heredero no la elige, todos se burlarán de ella! No... no solo de ella y a esta gran casa... ¡Se burlarán de mí y mi incapacidad para formar una sola señorita! ¿Sabes lo deshonroso y doloroso que es eso para una mujer? ¡No, no lo sabes porque solo te interesas por ti mismo y tus estúpidos soldados de mierda!»
Me cubrí los oídos por unos segundos. Al escuchar una puerta estallarse contra la pared. Desde la noche anterior, las discusiones habían incrementado.
—¡Debes cambiar de opinión! ¡No estás en tus cinco sentidos!
—¡Silencio, mujer! —escupió finalmente—. He escuchado tus reproches y escandalosa voz desde que te juré matrimonio, ¡cállate de una buena vez! ¿Cómo te atreves a hablarle así a un gran duque? ¡No eres más que una mujer idiota, no tienes opiniones en estos temas! ¡Cierra la maldita boca!
Y de nuevo, el duque le alzaba la voz por segunda vez en el día.
Yo, en cambio, no gritaba. No se me daba el derecho. Estaba sentada en el taburete, miraba mi reflejo. En el espejo, la Wilhelmia que me devolvía la mirada era diferente. No era el joven campesino disfrazado. Ni la noble bien portada en los banquetes. Era otra cosa. Algo que no sabía si podía existir en este mundo.
—Margaris, señorita, Margaris Ferreniela. —dijo al fin, su voz temblorosa detrás de mí.
—Un gusto, Margaris Ferreniela —respondípasando a su lado; debía verme segura—. Sígueme y no te apartes de mi ladohasta que terminen los asuntos con el gran duque.
Cruzamos el pasillo lateral y bajamos las escaleras en dirección al ala norte. Eldric me esperaba junto con un par de soldados, incluidos Aldrich. Cuando me vio, el comandante palideció y tuvo que apoyarse en una pared para no caer.
Regresó esta misma mañana de la corte, donde había acompañado a Eldric y Seraphina a la corte real. Mientras él se encargaba de los soldados, nuestros padres lidiaban con asuntos políticos en el palacio.
Recuerdo escuchar su voz al despertar, buscando a Angela. Cuando un par de sirvientas le dieron la noticia, no dejó de maldecir a Eldric.
—¿Mina? —parpadeo—, ¿qué haces vestida así?
—Bien, salgamos —interrumpió Eldric—, debemos comenzar lo antes posible.
—¿Qué te sucede? ¿Sabes lo peligroso que es esto?
—Lo sé. —respondí sin mirarlo—. Y por eso debo hacerlo.
—Wilhelmia, mírame a los ojos —susurró—. ¿Crees que esto es un juego?
Caminábamos tras el gran duque cuando él giró la cabeza apenas, solo lo suficiente para que su mirada me aplastara. Me entregó aquella daga. Debía demostrar su filo. Su valía.
—Aldrich —lo detuve con un gesto—. Tú tienes un destino que cumplir: ser comandante supremo. El mío, obtener una corona. No interfieras.
Eldric asintió y retomó el paso hacia una ladera. Seguí las pisadas, dejando atrás a Aldrich y su expresión desconcertada, herida.
La nieve se hundía bajo mis botas con un crujido suave. Durante unos segundos, admirar los árboles teñidos de escarcha blanca fue casi un consuelo.
—Venda sus manos. —ordenó Eldric.
Un soldado joven obedeció, tomando las vendas de Margaris. Los ojos del joven no tenían expresión alguna. Una extraña cicatriz le cruzaba el rostro.
Eldric comenzó a ordenar armas de madera sobre una piedra.
—Te enseñaré a pelear, serás capaz de recibir golpes y luchar. Y después de que seas capaz... usarás un arco y una espada.
Solo así estaré a salvo de Seraphina. De todos.
Asentí.
El aire helado me quemaba los pulmones, pero el calor de la vergüenza y del miedo era peor que cualquier golpe. Eldric se colocó frente a mí, sus botas se hundieron en la nieve. Me observó sin parpadear como si fuera un recluta, midiendo cada defecto de mi postura.
Separó mis piernas con un movimiento brusco, inclinó mi torso y me forzó a alzar los puños hasta la altura de mis mejillas.
—Así. Nunca bajes la guardia. —Gruñó.
Al principio, comenzamos a girar en un círculo imaginario. Frente a frente. Ojo por ojo. Su primer golpe fue suave y lento; en mi hombro izquierdo logró hacerme tambalear, con la intención de poner a prueba mis reflejos. Pero pronto desvié la mirada a Margaris; los golpes no tardaron en caer, secos y repetidos.
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Editado: 07.04.2026