CAPÍTULO NUEVE
ENTRENAMIENTO PARTE 2
"Sí ganaba la batalla, tendría las libertades que
siempre soñé, pero sí perdía, volvería a ser nada."
Se acercó a la ladera de piedra y me lanzó una espada de acero. Pesaba más de lo que esperaba, pero la sujeté con ambas manos, liberándome de Aldrich; sus labios se movían, pero por alguna razón... no podía escucharlo. Los soldados se acomodaron alrededor, apostando un gran tarrón de vino a que ganaría el gran duque.
Eldric tomó otra, más grande y pesada.
—Los hombres no temen las palabras de una mujer —dijo con voz grave—. Pero temerán de tu espada si la sabes usar.
Levante la espada con fuerza, colocándome en posición. Cerré los ojos y agité la cabeza. Había roto tres espadas de madera, luego de usar árboles y trincheras como enemigos durante quince noches, mientras usaba los ataques que Eldric me había enseñado. Incluso había luchado con unos de los nuevos reclutas y, por supuesto... con los soldados recién regresados de la guerra. Podía hacerlo.
Dejé salir el aire en un suave suspiro y lo miré a los ojos.
—Si gano esta batalla... me dejará estudiar toda la historia de este reino y los que lo complementan, así como estrategia de batalla. Y... me dejará salir y explorar el reino... —murmuré, borrando la sangre que se escapaba de mi nariz.
—Oh, pero qué petición tan absurda —dijo el gran duque, burlándose al respecto—, podrías pedir no participar... ¿Por qué esa tontería?
Apreté los labios.
—¿Qué importa si pido no participar? Se me obligará de todas formas.
—¿Y qué gano yo de esta batalla? —inquirió, ladeando la cabeza; desde hace días que no me reprende al contestarle de tal forma.
Alcé la barbilla, respirando hondo, resistiendo el temblor en mis brazos. Tres meses de entrenamiento no hacían de nadie una campeona, pero sí marcaban la diferencia entre una presa y una contendiente.
—Gana la certeza de que su hija no lo avergonzaría en la gran final obteniendo la corona que tanto anhela. Le daré ese lugar que desea cerca de la realeza.
Eldric torció el rostro y su mandíbula se tensó.
—Gana la corona, y tendrás todo lo que has deseado.
Eldric comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Observándome como un felino, miré a un punto fijo, entre los árboles, escuchando sus pisadas, el crujir de la nieve, la respiración lenta.
Nos imagine a ambos en ese mismo lugar. Yo estaba de pie, sobre la nieve, sosteniendo la espada con firmeza; lo veía moverse detrás de mí, lo había observado durante demasiado tiempo para leer sus movimientos. Sabía que siempre toca la empuñadura con su pulgar dos veces antes de atacar y gira el torso ante la dirección a hacerlo... y esta vez, no fue diferente.
Con su pulgar golpeó el plomo. Uno. Dos. El giro comenzó.
Con un paso lateral me lancé hacia la izquierda, anticipando la estocada que había previsto segundos atrás. El filo silbó en el aire donde había estado mi cuello en solo un parpadeo.
Las risas y vítores de los soldados se encendieron con más fuerza.
El sonido del acero chocando contra acero retumbaba en mis oídos. Apenas lograba resistir sus ataques, pero con cada golpe, mis brazos se volvían más firmes.
—Bien. —murmuró Eldric, sin sonreír.
Yo tampoco lo hice. Tomé la empuñadura con más fuerza y giré sobre el talón para encararlo de nuevo. Esta vez, fui yo quien avanzó. El primer golpe fue torpe, desviando su defensa, pero lo obligué a retroceder. El segundo lo tomó por sorpresa.
Eldric movía la espada con rapidez, observándome en silencio, y por un instante creí ver orgullo en sus ojos. Luego habló, como si quisiera dejar sus palabras marcadas en mi piel a fuego vivo:
—Recuerda, Wilhelmia: la corona no se sostiene con gracia ni belleza. Se sostiene con la fuerza de tus puños y el filo de tu voluntad.
El eco de las estocadas resonaba como truenos en la ladera nevada. Cada impacto me obligaba a retroceder, y aunque, de alguna forma, lograba bloquearlos, el temblor en mis piernas era insoportable. La espada pesaba más de lo que mi cuerpo podía sostener; sin embargo, me aferraba a ella como si fuera la última cuerda que me mantenía con vida.
—¡Más firme! —gruñó—. ¡Si un hombre logra arrebatarte la espada, estarás perdida!
El duelo se volvió despiadado. Ya no contenía su fuerza: la espada golpeaba como un martillo, brutal y preciso. Pero yo no cedía. No podía. Luchaba por algo más que una victoria... luchaba por mi libertad.
Eldric me lanzó un golpe descendente. El impacto me hizo caer de rodillas. La nieve me quemó a través de las vendas húmedas. El filo enemigo estaba a centímetros de mi cuello, mientras me aferraba a la empuñadura de mi espada con ambas manos, deteniéndolo.
Levanté la mirada: los ojos de mi hermano estaban llenos de rabia, pero no contra mí... sino contra la crueldad de nuestro padre.
No era hábil, aún no, pero sí obstinada. Aguantaba. Le respondía. Mis pies se adaptaban al nuevo terreno; la nieve ya no era un enemigo, sino una aliada: resbalé a propósito para que su espada chocara con el árbol trasero, esquivando un tajo, y desde el suelo, girando, golpeé su pierna.
—¿Una patada? —dijo mientras trataba de sacar la espada del tronco, en un tono desagradable. Apreté mi estómago; me ardían las costillas.
—Nunca dijo que habría reglas. —Sonreí de lado.
Con un grito seco, logré levantarme; él ya había liberado la espada, planeaba contraatacar, pero yo ya había visto la intención en sus ojos y escuchado los dos toques en la empuñadura.
Cuando elevé la espada y se lanzó hacia mí, me giré a mi derecha desviando su ataque. Levanté mi espada con ambas manos y la estampé contra la suya en un golpe seco, torciendo el ángulo en su muñeca. Eldric retrocedió un paso, pero su peso volvió de inmediato al frente. Era rápido, demasiado. Hasta el punto de lanzarme puñetazos al rostro y ganchos a la mandíbula.
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Editado: 07.04.2026